El PrÍncipe Y La Prostituta

El temor de Molina

Armando comprendió que ya no podía permitirse perder ni un segundo. La noticia de que Alejandro era el príncipe heredero lo golpeó con una fuerza devastadora, y el miedo comenzó a apoderarse de él al imaginar las consecuencias de haber ordenado su secuestro. Intentó conservar la compostura frente a Edmund, pero en cuanto los soldados se dispersaron por los pasillos, los establos y las construcciones de la propiedad, aprovechó la confusión para apartarse del vestíbulo. Caminó a paso acelerado hasta encontrar a Leonardo, su hombre de confianza, y lo condujo a un corredor apartado, lejos de los oídos de los criados.

—¡Tienes que hacer exactamente lo que te ordene y no puedes cometer ni un solo error! —susurró Armando, sujetándolo del brazo con desesperación—. Alejandro es el príncipe heredero. El rey ha enviado a sus tropas para encontrarlo y, si descubren lo que hicimos, estamos perdidos.

Leonardo palideció al escuchar aquellas palabras, incapaz de comprender cómo el hombre al que habían tratado como a un simple criado podía pertenecer a la familia real. Armando no le permitió formular preguntas y se acercó más a él, con la mirada encendida por el temor.

—Ve a la vieja celda donde lo encerraron y libéralo de inmediato. Quiero que lo saques de allí antes de que esos soldados lleguen hasta él —ordenó el duque, apretando la mandíbula—. No me importa cómo lo hagas, pero debes asegurarte de que nadie te vea y de que Alejandro no mencione nuestros nombres.

Leonardo asintió apresuradamente y se dispuso a marcharse, aunque Armando volvió a detenerlo antes de que pudiera alejarse.

—Escúchame bien, no puedes dejar ninguna prueba que nos relacione con su desaparición. Si el príncipe regresa al palacio y habla con Edmund, todo habrá terminado para nosotros —advirtió, intentando disimular el temblor de su voz.

Leonardo entendió la gravedad de la situación y abandonó el corredor por una salida lateral, decidido a cumplir la orden antes de que los hombres del rey descubrieran la verdad. Armando permaneció unos segundos a solas, respirando con dificultad, hasta que los gritos de los soldados que registraban otra zona de la propiedad lo obligaron a regresar al vestíbulo. Debía fingir tranquilidad, colaborar con la búsqueda y evitar que Edmund sospechara de él, aunque en su interior solo podía pensar en una cosa: Alejandro tenía que salir de aquella celda antes de que fuera demasiado tarde.




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