El PrÍncipe Y La Prostituta

El frío de la muerte

Sin embargo, cegado por el miedo y la desesperación, Armando Molina no se detuvo a pensar en un detalle que podía condenarlo: Alejandro ya conocía sus secretos. El príncipe había descubierto la clase de hombre que se escondía detrás de su título y sus modales refinados, un hombre capaz de vender a su propia sobrina, entregándola a personas despiadadas que se aprovecharon de su vulnerabilidad, y de utilizar su posición para cometer toda clase de abusos y actos de corrupción. Armando creía que el encierro y las amenazas bastarían para silenciarlo, pero ignoraba que Alejandro no solo tenía motivos personales para enfrentarlo, sino también el poder de llevar sus crímenes ante la justicia del reino. Ahora, con las tropas reales registrando cada rincón de sus dominios, el duque intentaba ganar tiempo para liberar al príncipe sin comprender que, aunque consiguiera sacarlo de aquella celda, no podría borrar lo que Alejandro sabía ni deshacer el daño que le había causado a Elisa. Y cuando ambos volvieran a encontrarse, Armando tendría que responder no solo por la desaparición del heredero, sino también por los oscuros secretos que durante años había mantenido ocultos bajo su propio techo.

Alejandro, por su parte, se encontraba al borde de la muerte. El frío extremo de aquella celda había consumido sus últimas fuerzas y la hipotermia avanzaba sin darle tregua, debilitando su cuerpo hasta impedirle siquiera incorporarse del suelo. Tirado sobre las piedras húmedas, con los labios amoratados y la respiración cada vez más débil, apenas conseguía mantener los ojos abiertos. El dolor de los golpes que había recibido ya parecía lejano, perdido entre el entumecimiento de sus extremidades y aquella sensación de cansancio profundo que lo empujaba a cerrar los párpados. Sabía que necesitaba resistir, que debía mantenerse despierto si quería tener alguna posibilidad de salir con vida, pero su cuerpo ya no respondía a sus órdenes. La muerte se acercaba silenciosa, dispuesta a arrebatarle todo aquello que todavía deseaba vivir, y ni siquiera las súplicas que intentaba formular en su mente conseguían devolverle el calor que abandonaba lentamente su piel.

En medio de aquella oscuridad, solo Elisa conseguía mantenerlo unido a la vida. Pensó en su rostro, en la dulzura de sus ojos y en la manera en que ella pronunciaba su nombre cuando creía que nadie más podía escucharlos. Recordó la intimidad que habían compartido, las promesas que todavía no había tenido oportunidad de cumplir y aquella mañana en la que estuvo a punto de confesarle su verdadera identidad. Ahora, Elisa seguramente lo odiaba, convencida de que la había engañado y de que se marchó después de robar las supuesta joyas de su madre. Alejandro quiso imaginar que algún día podría explicarle la verdad, demostrarle que nunca jugó con sus sentimientos y que cada instante a su lado había sido sincero, pero el pensamiento se desvaneció al sentir que ya no conseguía controlar los temblores de su cuerpo. Una lágrima resbaló por su mejilla y se perdió entre la suciedad de su rostro. No temía a la corona que quizá nunca llegaría a ocupar ni a las responsabilidades que lo aguardaban en el reino; temía morir sin volver a ver a la mujer que amaba, sin escuchar su voz y sin poder decirle que, a pesar de todas las mentiras que otros habían tejido a su alrededor, su amor por ella jamás había sido una de ellas.

—Elisa... —susurró, con un hilo de voz, intentando levantar una mano que apenas se movió sobre la piedra—. Perdóname. No quería dejarte sola.

Sus palabras se perdieron en el silencio de la celda. Alejandro cerró los ojos, incapaz de luchar por más tiempo contra el agotamiento, y su respiración se volvió tan tenue que apenas podía distinguirse. Afuera, el viento golpeaba la vieja construcción sin que nadie acudiera en su ayuda.




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