El Profesor que me enamoro

Capítulo 7: Un Cuento de Ensueño

Narra Ifigenia

 

"Todo fue solo un juego..."

 

Esas palabras resonaban en mi cabeza, y no quería escuchar más. Salí corriendo, pero mi torpeza hizo que hiciera ruido y James me alcanzó rápidamente, sujetándome de la cintura.

 

- ¿A dónde vas, nena? No quiero que te vayas - dijo con tristeza en su voz.

 

- Me voy, te odio. No puedo creer que haya caído en esta mierda, en este juego. Para ti, esto es solo un juego - respondí, sin poder contener las lágrimas que caían por mis mejillas.

 

- Nena, por favor, no digas eso. Tú no eres un juego, eres mucho más que eso - me dijo mientras me abrazaba. Empecé a llorar en sus brazos, sintiéndome como una niña, y él me consolaba.

 

- Hermosa, tú no eres un juego. Terminé con Hannah el día en que nos viste besándonos. Ella vino a decirme que se había acostado con su mejor amigo, y fue en ese momento que terminé con ella. Lo que le estaba diciendo era que todo lo que pasó entre nosotros fue un juego - explicó, con lágrimas en sus ojos. - No quiero que te vayas, quiero que te quedes. Quiero estar contigo pase lo que pase.

 

- No, no, no. ¡Mentira! Estás mintiendo. ¿Quién podría quererme? Mírame, soy fea. ¿Quién podría fijarse en mí? - dije, llorando desconsoladamente.

 

- Tú eres hermosa, Ifigenia. Eres la única que cree lo contrario - dijo, levantando mi rostro con delicadeza para que nuestras miradas se encontraran. - Te amo - declaró, y lo abracé.

 

Quiero estar con él, y si él quiere estar conmigo, entonces estaremos juntos. No importa lo que pase, estaremos juntos.

 

- Por favor, princesa, quédate - suplicó James.

 

- Sí, James, querido profesor. Quiero estar contigo - le respondí, besándolo.

 

Nuestro beso se volvió más intenso. Nos detuvimos sin separar nuestros labios. Sentí sus manos acariciando mi cuerpo y no quería que se detuviera. Quería ser suya. Pero de repente, él se detuvo.

 

- Vamos, nena. Sé que quieres ver a dónde te lleva el camino de rosas - dijo, y tenía razón. Quería descubrir a dónde me llevaría ese camino. Al comienzo del camino, había un cartel que decía:

 

"En cada pétalo de rosa, guardo un deseo para ti".

 

Continuamos caminando, y yo sonreía al leer esas palabras.

 

A mitad del camino, encontramos otro cartel que decía:

 

"Eres la melodía que siempre he buscado en el silencio".

 

Estaba a punto de llorar con esas dulces declaraciones. Todo era perfecto. Le susurré al oído y él respondió con un beso.

 

Al llegar al final, había una gran manta blanca que no dejaba ver qué había al otro lado. En letras rojas, decía:

 

"Si cruzas esta línea, estás aceptando ser mi compañera de vida. No importa lo que enfrentemos, juntos lo superaremos".

 

- Tú decides si cruzas la línea, hermosa - dijo, mirándome a los ojos. - ¿Quieres ser mi compañera de vida?

 

- Sí, sí, sí - respondí emocionada, saltando para luego besar sus labios. No lo soltaría por nada del mundo. Nos besamos, nos acariciamos, y varios gemidos escaparon de mis labios mientras cruzaba la manta. James empezó a acariciar mis muslos, haciendo que los rodeara con sus caderas. Luego, bajó sus besos a mi cuello, y pude ver lo que había allí.

 

Una cama llena de pétalos de rosa azul, con velas que iluminaban el camino hacia el amor eterno. Mantas rojas cubrían cada centímetro de la cama, creando un santuario de pasión y ternura. Había una nota que decía:

 

"En este lecho de amor, se escribirá nuestra historia juntos".

 

No había duda, estaba completamente enamorada, sin límites. Me asustaba un poco, me sentía insegura, pero James era un hombre maravilloso.

 

Es soltero y dice que aún no ha encontrado a su media naranja. Se ha enamorado varias veces, pero la indicada no ha llegado. Me contó que Hannah le fue infiel, pero una parte de mí tenía miedo de que todo esto fuera solo un juego para él.

 

Mis pensamientos internos necesitaban salir, y esos besos que me daba hacían que las mariposas en mi estómago despertaran.

 

- Gatita, eres la dueña de mi corazón - dijo James, besándome.

 

Sus palabras fueron dulces.

 

- James, tú robaste el mío desde la primera vez que te vi - respondí sin dejar de besarlo.

 

- ¿Te gusta la sorpresa, nena? - preguntó James, mordiendo mi oreja.

 

- Sí, todo es hermoso... James, quiero pedirte algo - dije con dulzura.

 

- Dime, nena, lo que quieras - respondió, besando mi cuello.

 

- Quiero que me hagas tuya. Hoy, esta noche, aquí. Quiero que tú seas el primero y el último - le pedí.

 

- Tus deseos son órdenes - dijo él, con una sonrisa pícara.

 

Narra James

 

Mientras abrazaba a Ifigenia, mis pensamientos se agolpaban en mi mente. No podía evitar sentirme afortunado de tenerla en mis brazos, pero también sentía la necesidad de expresar mis sentimientos más profundos.

 

- ¿Cómo pude ser tan ciego? - me preguntaba a mí mismo. Durante mucho tiempo, había estado buscando a alguien especial, a mi media naranja, y ahora estaba frente a mí. Ifigenia era esa persona, la que había estado esperando sin siquiera saberlo.

 

La forma en que ella dudaba de su belleza me partía el corazón. Para mí, Ifigenia era la personificación de la belleza interior y exterior. Cada vez que la miraba, me maravillaba de su encanto y su luz única. Quería que ella lo supiera, quería que se viera a sí misma a través de mis ojos.

 

- Te amo, Ifigenia - susurré en su oído mientras la abrazaba más fuerte. Quería que esas palabras resonaran en su corazón y disiparan todas sus dudas. Quería que supiera que ella era mi princesa, mi todo.




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