Si alguien me hubiera dicho, hace algunos años, que algún día tendría una vida tranquila, probablemente me habría reído en su cara.
Después de todo lo que había vivido, lo último que esperaba era despertarme una mañana sin que alguien intentara matarme, secuestrar a mi gata o destruir el mundo mágico.
Pero, contra todo pronóstico, aquí estaba.
Casada con Leo.
Con un trabajo estable.
Una casa tranquila.
Y, sobre todo, sin hacer magia.
Sí. Yo, Nara, había conseguido algo que durante mucho tiempo pensé que era imposible: una vida normal.
Mis mañanas eran bastante sencillas. Me levantaba, preparaba el desayuno, discutía con Leo porque él siempre decía que no tenía hambre y cinco minutos después estaba comiéndose la mitad de mi plato.
—No tengo hambre —decía.
—Entonces deja mi tostada.
—Solo estoy probando.
Llevábamos años casados y todavía no había descubierto qué significaba exactamente “solo estoy probando”.
Después de eso, cada uno se iba a trabajar y la casa quedaba en manos de Luna.
Y digo “en manos” porque esa gata siempre había tenido claro que aquella casa era suya.
Luna era una gata negra, inteligente, descarada y con una capacidad impresionante para meterse en problemas.
Aunque, debo admitirlo, últimamente se había tranquilizado.
O eso creía yo.
Hasta que una mañana desapareció.
—¿Dónde está Luna? —preguntó Leo.
—Durmiendo, supongo.
—No está en su cama.
Fui a buscarla.
Nada.
La llamé.
Nada.
Revisé la cocina.
Nada.
Debajo de la cama.
Nada.
Y entonces vi la ventana abierta.
—No puede ser...
Luna había escapado.
Durante tres días no tuvimos noticias de ella.
Hasta que una noche escuché unos maullidos en la puerta.
Abrí.
Y ahí estaba.
Luna.
Con una expresión de absoluta inocencia.
Y acompañada por un gato callejero.
La miré de arriba abajo.
—Luna...
Ella levantó una pata, como si quisiera detener mi interrogatorio.
—Antes de que digas algo, puedo explicarlo.
—Eso espero.
Miré al gato.
Luego a Luna.
Luego otra vez al gato.
—¿Te escapaste con él?
—¡No!
—Luna.
—Bueno... técnicamente sí.
—¿Y dónde estuviste tres días?
Luna levantó la cabeza con dignidad.
—Fui víctima de un hechizo.
—¿Qué?
—Ese gato me hechizó.
El gato callejero soltó un maullido.
Luna lo miró indignada.
—¡Tú cállate! ¡Esto es entre adultos!
Yo me llevé una mano a la frente.
—Luna, ¿me estás diciendo que te fuiste de casa porque un gato te lanzó un hechizo?
—Exactamente.
—¿Y no pudiste resistirte?
—¡Era magia poderosa!
—¿Qué tipo de magia?
Luna se quedó pensativa.
—La del amor.
Leo apareció detrás de mí.
Miró a Luna.
Miró al gato.
Y después me miró a mí.
—¿Tenemos que preocuparnos?
—Creo que vamos a ser abuelos.
Luna abrió los ojos.
—¡No uses esa palabra!
Tres meses después, nació Zoe.
La pequeña era una bola de pelo con cuatro patas, unos ojos enormes y exactamente el mismo talento de su madre para meterse donde nadie la había llamado.
Desde el primer día supe que aquella criatura iba a ser un problema.
Luna, en cambio, estaba orgullosísima.
—Es igualita a mí.
—Eso es precisamente lo que me preocupa —le respondí.
A pesar de todo, nuestra vida era tranquila.
Leo y yo éramos felices.
Luna había envejecido, aunque seguía comportándose como si tuviera quince años.
Zoe crecía rápidamente.
Y yo...
Yo llevaba años sin hacer magia.
Ni un hechizo.
Ni una poción.
Ni siquiera había intentado mover una cuchara con la mente.
Y, sinceramente, me gustaba así.
Después de todo lo ocurrido, había aprendido que la paz era un lujo que no debía desperdiciar.
Aquella noche estábamos todos en la sala.
Leo dormía en el sofá.
Luna estaba acomodada en su manta.
Zoe jugaba con una pequeña pelota.
Yo sonreí al verlos.
Por primera vez en mucho tiempo, pensé:
Todo está bien.
Entonces la pelota de Zoe se levantó sola del suelo.
Flotó durante unos segundos.
Y cayó justo delante de mí.
Me quedé mirando.
Luna también.
Zoe movió la cola, completamente tranquila.
Luna suspiró.
—Bueno...
La miré.
—¿Qué?
Ella miró a Zoe.
Después a mí.
—Creo que tenemos un pequeño problema.
Entonces..
sentí que la magia había vuelto a encontrarme.