El amanecer en Arvendel era rojo como la sangre. Siempre lo había sido, al menos en los recuerdos de Eira. El sol nacía tras las montañas como un ojo encendido, tiñendo de cobre los muros de la fortaleza y recordando a todos que vivían en un mundo forjado por la guerra.
La joven caminaba entre las torres de piedra negra con paso firme, aunque en el fondo de su pecho latiera un cansancio secreto. Sus botas resonaban en el pasillo estrecho que llevaba al patio de entrenamiento, donde ya se escuchaban los gritos de los instructores y el choque del acero.
Arvendel no dormía nunca. Sus hijos eran forjados desde la infancia como soldados, y ella, siendo la hija del general Arvid, jamás tuvo otra opción.
—¡Eira! —la voz grave de su padre retumbó al verla cruzar el umbral del patio—. Llegas tarde.
La joven inclinó la cabeza con respeto, ocultando la ligera agitación de su respiración. Había patrullado el bosque durante la noche y había regresado apenas minutos antes del amanecer. El rocío todavía humedecía su capa.
—El bosque estaba en calma, padre —respondió, manteniendo la mirada baja.
—El bosque nunca está en calma —replicó Arvid con severidad—. Sólo los necios se dejan engañar por la quietud.
Sus palabras eran como látigos. El general no conocía la ternura, ni siquiera hacia su hija. En su rostro curtido no había espacio para sonrisas. Había vivido demasiadas guerras, había visto a demasiados hombres caer bajo las flechas de los sombraelfos, los eternos enemigos de Arvendel.
Eira tragó saliva, reprimiendo las palabras que pugnaban por salir. ¿Cómo explicarle que aquella noche sí había calma en el bosque? ¿Que, por primera vez en años, no había sentido miedo, sino… ¿Algo diferente?
No. No podía.
—Ve a la línea de tiro —ordenó Arvid—. Hoy entrenarás junto a los capitanes.
Eira obedeció. Tomó un arco de la armería, tensó la cuerda y disparó hacia los blancos de madera. Sus flechas dieron en el centro una y otra vez. No fallaba jamás. Era buena, demasiado buena.
Y sin embargo, mientras las demás muchachas soñaban con la gloria, ella sentía un vacío crecer en su interior.
Esa noche, después de cenar en silencio en el salón de armas, Eira se escabulló. Nadie la vio salir por la puerta norte de la fortaleza, cubierta por la capa oscura. El aire del bosque estaba impregnado de humedad y tierra mojada.
Los árboles se alzaban como centinelas, sus ramas desnudas dibujaban formas extrañas bajo la luz de la luna. Eira avanzó con el corazón en la garganta.
Lo había visto una sola vez, hacía tres noches. Un encuentro fugaz, un destello en la penumbra. Debió olvidarlo. Debió pensar que había sido un espejismo.
Pero no lo olvidó.
El crujido de una rama la detuvo en seco. Desenvainó la espada con un movimiento fluido y apuntó hacia la oscuridad.
Entonces lo vio.
Emergiendo entre sombras, alto, esbelto, de piel pálida y luminosa bajo la luna. Sus ojos violetas ardían con un fulgor imposible de ignorar. Su cabello oscuro caía en ondas sobre sushombros.
Era un sombraelfo. El enemigo.
Eira apretó con fuerza la empuñadura de la espada. Un solo grito, un solo movimiento, y los centinelas acudirían para matarlo.
Él levantó las manos, despacio, sin perderla de vista.
—No temas —dijo con voz grave, melodiosa, casi hipnótica—. No he venido a luchar.
Eira dudó. El enemigo jamás hablaba. El enemigo atacaba. Y sin embargo, allí estaba, frente a ella, sin armas visibles.
Su respiración se aceleró.
—¿Quién eres? —preguntó, firme pero con un temblor oculto en la voz.
—Kael —respondió él con suavidad—. Y si gritas, ambos moriremos.
Eira lo observó en silencio. Había crecido oyendo historias de crueldad sobre los sombraelfos: que devoraban corazones humanos, que no conocían la compasión, que sus almas estaban corrompidas por la magia oscura.
Pero Kael… no parecía un monstruo. Había tristeza en su mirada. Había humanidad en sus gestos.
—¿Por qué estás aquí? —insistió ella.
Kael dio un paso al frente. El resplandor de la luna iluminó las líneas plateadas que recorrían su piel, marcas antiguas, quizás mágicas.
—Porque estoy cansado de la guerra —confesó en un susurro—. Porque… quería ver con mis propios ojos si los humanos son tan monstruosos como nos han dicho.
Las palabras lo envolvieron todo en un silencio pesado.
Eira sintió que el mundo se inclinaba hacia un abismo.
—Debería matarte ahora mismo —murmuró.
—Y yo debería hacer lo mismo contigo —contestó Kael, con una sonrisa triste—. Pero aquí estamos.
La espada temblaba en las manos de Eira. Sabía lo que debía hacer, lo que su padre esperaría de ella, lo que el reino le exigiría. Pero por primera vez en su vida, no obedeció a la voz de la ley.
No bajó la espada, pero tampoco la alzó para herir.
Kael extendió su mano hacia ella. Un gesto pequeño, casi insignificante.
Eira, contra toda razón, contra toda enseñanza, dejó que su propia mano se acercara. Apenas un roce de piel. Apenas un instante.
Pero en ese instante, todo cambió.
El mundo prohibía aquel contacto, las leyes lo condenaban, los dioses lo castigaban.
Y aun así, sus corazones lo eligieron.
En aquel bosque maldito, bajo el resplandor frío de la luna, nació un amor que jamás debió existir.