El Reino De Las Llamas Prohibidas

Capítulo 4 – Ecos de sospecha

El amanecer llegó con un aire pesado sobre Arvendel. En el patio de armas, el general Arvid observaba los entrenamientos con gesto adusto, aunque sus pensamientos estaban lejos de los golpes de espada. Había notado la distracción de su hija en los últimos días, los silencios prolongados, las ausencias que disfrazaba con excusas débiles.

Eira, por su parte, intentaba mantener la compostura. Había pasado la noche con Kael, compartiendo palabras y secretos bajo los árboles. Aún sentía el roce de sus labios, el eco de su voz jurándole que nunca estaría sola. Pero aquella felicidad era frágil, como un cristal a punto de quebrarse.

—Tu golpe es lento, Eira —la reprendió uno de los capitanes durante la práctica—. Si dudas en el campo, estarás muerta.

Ella apretó los dientes y redobló la fuerza de su ataque, pero su mente no estaba allí. Estaba en Kael, escondido en lo profundo del bosque, esperando volver a verla.

Aquella tarde, en el salón de guerra, un mensajero llegó jadeando con noticias urgentes.

—Señor —dijo inclinándose ante Arvid—. Nuestros exploradores avistaron movimiento en la frontera del este. Sombras entre los árboles. Podrían ser… sombraelfos.

Un murmullo inquieto recorrió la sala. El general golpeó la mesa con el puño.

—Refuerzos inmediatos en ese sector. No permitiremos que esas alimañas se acerquen a nuestras murallas.

Eira sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. ¿Y si Kael estaba allí, entre esas “sombras”? ¿Y si la patrulla lo encontraba?

—¿Puedo liderar la partida, padre? —se apresuró a decir.

El general arqueó una ceja.

—¿De pronto deseas más acción, hija? ¿O buscas algo en esos bosques que no nos has contado?

Eira contuvo el aliento. La mirada de Arvid era penetrante, como si intentara leer sus pensamientos.

—Sólo quiero demostrar que estoy lista —respondió con firmeza.

Arvid la observó largo rato, antes de asentir.

—Muy bien. Pero recuerda: no hay lugar para la compasión. Si ves a un sombraelfo, lo matas.

Las palabras fueron un cuchillo en el pecho de Eira.

Esa noche, salió a escondidas hacia el bosque. La luna iluminaba apenas el camino. Encontró a Kael en el claro habitual, aunque esta vez su semblante no era sereno: estaba tenso, alerta.

—Tus patrullas han estado demasiado cerca —advirtió él—. No puedo quedarme aquí mucho tiempo.

Eira lo tomó de la mano con desesperación.

—Mi padre sospecha. Envió refuerzos al este. Si te encuentran…

Kael acarició su rostro, intentando calmarla.

—No dejaré que me atrapen. Pero tampoco puedo alejarme demasiado de ti.

Ella sintió lágrimas arder en sus ojos.

—No entiendes… si llego a fallar, si me descubren, no sólo moriré yo. Te arrastrarán conmigo.

Kael la sostuvo con fuerza, como si quisiera anclarla.

—Entonces lucharemos. Contra tu padre, contra tus reyes, contra los míos si es necesario. Pero no dejaremos que decidan por nosotros.

Eira lo miró en silencio, sabiendo que esas palabras eran imposibles, pero también creyendo en ellas con todo su ser.

Detrás de los árboles, sin que ninguno de los dos lo notara, una figura observaba. Unos ojos oscuros y atentos seguían cada gesto, cada caricia, cada palabra susurrada.

El secreto de Eira ya no estaba tan seguro como ella creía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.