El santuario estaba en silencio. El eco de la batalla se había extinguido, y solo quedaba el crujido suave de las brasas doradas que flotaban como luciérnagas en el aire.
Kael, aún con la herida sangrando en el hombro, se dejó caer contra una de las paredes de piedra. Su respiración era pesada, pero sus ojos seguían fijos en Eira, que permanecía de rodillas, agotada.
—Necesitas descansar —dijo con voz ronca.
Ella negó con la cabeza, arrastrándose hacia él. Sus manos ardieron suavemente, y colocó una sobre la herida. Un calor cálido, diferente al de la batalla, se extendió sobre la piel de Kael.
—Tú eres quien necesita más descanso que yo.
Kael dejó escapar una risa débil.
—Siempre tan terca…
Mientras su magia cerraba poco a poco la herida, Eira lo observaba en silencio. Cada gota de sudor en su frente, cada cicatriz en su piel, le recordaban cuánto había arriesgado por ella. Sintió un nudo en la garganta.
—Pudiste morir… por mi culpa.
Kael levantó la mano buena y acarició su mejilla.
—Moriría mil veces si eso significara que tú vives.
Eira cerró los ojos, dejando que una lágrima escapara. Se inclinó lentamente hasta apoyar la frente contra la de él.
—No digas eso… No quiero perderte.
Por un momento, el santuario se redujo a sus respiraciones entrecortadas, al calor compartido de sus cuerpos y a la fragilidad de saberse humanos en medio de un destino que los sobrepasaba.
Kael rompió el silencio con un susurro.
—Cuando tu fuego despertó… pensé que nunca había visto nada tan hermoso. Era como ver el amanecer después de una noche interminable.
Eira abrió los ojos y lo miró fijamente, con el corazón latiendo desbocado.
—¿Y no te dio miedo?
Él sonrió suavemente, aún con dolor en el gesto.
—Sí. Me dio miedo. Pero más me asustaba perderte.
Eira no pudo contenerse más. Se inclinó hacia él y lo besó, primero con timidez, luego con una fuerza desesperada, como si ambos necesitaran asegurarse de que seguían vivos. El beso ardió más que cualquier fuego, pero no quemaba: los envolvía como un refugio.
Cuando se separaron, Kael apoyó la frente en la suya.
—Prométeme algo… —susurró.
—¿Qué?
—Que aunque el guardián regrese… aunque el mundo entero te tema… nunca dejarás de luchar por lo que eres.
Eira asintió con lágrimas en los ojos.
—Lo prometo. Y prometo que nunca más cargaré esto sola.
En ese instante, un leve temblor recorrió las paredes del santuario. Eira y Kael se miraron, tensos, hasta que escucharon algo más: voces lejanas, retumbando en la entrada.
No estaban solos.
El mundo exterior ya había comenzado a acercarse, atraído por el despertar de la llama eterna.