El Reloj de los Tiempos Antiguos

4 - EL FRAGMENTO DE LOS INVARIANTES

El calor era más suave que en Tierra 6.

El viento procedente del mar traía consigo una frescura húmeda que aliviaba por fin el aire abrasador al que Eva se había acostumbrado en el desierto de los faraones. Sentada sobre un bloque de mármol abandonado cerca de los muelles, observaba en silencio la agitación que se desplegaba ante ella.

El puerto parecía vivo, como una criatura gigantesca.

Los barcos mercantes abarrotaban las dársenas. Algunos eran enormes, de vientre ancho, cargados de sacos de grano o de ánforas apiladas hasta las bordas. Otros, más estilizados y de apariencia más veloz, desembarcaban telas preciosas, cajas de especias u objetos finamente trabajados, cuidadosamente protegidos en cestos de juncos.

Por todas partes resonaban los gritos de los estibadores, las órdenes lanzadas de una cubierta a otra, los juramentos de los marineros, el golpe sordo de la madera contra los embarcaderos y el restallar nervioso de los cabos bajo el viento marino.

Hombres empapados en sudor descargaban las mercancías formando largas cadenas humanas, mientras esclavos encorvados bajo el peso de los sacos atravesaban los muelles vigilados por capataces armados con bastones. Al abrigo de pequeños toldos, los escribas contabilizaban minuciosamente las mercancías en tablillas cubiertas de escritura.

La propia multitud parecía llegada de todos los rincones del mundo.

Eva distinguía mercaderes de largas barbas negras que hablaban dialectos orientales, marineros de piel oscura procedentes del sur, griegos que gesticulaban alrededor de los cargamentos, soldados con coraza e incluso sacerdotes envueltos en vestiduras blancas que lucían símbolos que ella aún no conocía.

Todo estaba impregnado de una mezcla embriagadora de olores: sal marina, pescado, aceite, alquitrán calentado por el sol, vino, humo de cocinas improvisadas, especias y sudor humano.

Sin embargo, lo que más sorprendía a Eva era otra cosa.

Comprendía.

No todo.

Pero muchísimo.

Las lenguas circulaban a su alrededor como un flujo continuo y, para su propia sorpresa, su mente seguía sin dificultad gran parte de las conversaciones. Algunas palabras seguían resultándole extrañas, pero otras parecían de pronto perfectamente naturales.

Sobre todo el latín.

Los archivos de su mundo utilizaban ese nombre.

Y esta vez estaba segura de haberlo identificado correctamente.

El Imperio.

Roma.

O quizá Rame.

Las pronunciaciones variaban ligeramente según los acentos de los marineros y comerciantes, lo que todavía mantenía una pequeña duda en su mente. Pero lo esencial era evidente.

Tierra 5 pertenecía al mundo romano.

Eva contempló durante unos instantes los inmensos almacenes de piedra que bordeaban los muelles, las estatuas que dominaban algunas plazas y las galeras de guerra amarradas más lejos en el puerto.

El Quinto Tiempo parecía más vasto que los anteriores.

Más denso.

Como si la historia humana se hubiera acumulado allí en mayor medida.

Ni siquiera se había tomado todavía la molestia de consultar el Reloj.

No hacía falta.

Conocía perfectamente la duración de aquel Fragmento.

Treinta y cinco días.

La cifra daba vueltas constantemente en su mente.

¿Treinta y cinco días antes de qué?

¿Antes de su propia disolución?

¿O de la de Tierra 5?

La pregunta seguía sin respuesta.

Los archivos de Arnor permanecían casi completamente mudos acerca de las marcas del Reloj y de su verdadero significado. Incluso los especialistas del Ciclo parecían haber comprendido apenas una ínfima parte de aquel objeto.

En realidad, lo ignoraban casi todo sobre él.

Salvo una certeza absoluta.

El Reloj era necesario.

¿Por qué?

¿Cómo?

Nadie parecía saberlo realmente.

Y aquella ignorancia inquietaba ahora a Eva mucho más que antes.

Porque había empezado a comprender algo esencial: los Condensadores parecían conocer su papel mejor que ella misma.

Eva seguía llevando la larga túnica clara que había conseguido a orillas del Nilo.

Para su propia sorpresa, nadie parecía prestarle especial atención.

El puerto reunía a tantos pueblos diferentes que las vestimentas más variadas se cruzaban continuamente. Túnicas blancas convivían con mantos orientales, telas africanas, ropas de marineros blanqueadas por la sal y vestiduras religiosas ricamente ornamentadas. En medio de aquella multitud en movimiento, su atuendo parecía casi corriente.

Sin embargo, después de observar durante un buen rato, Eva acabó percibiendo diferencias más sutiles. Algunos hombres y mujeres vestían prendas claramente más elegantes, confeccionadas con tejidos más finos y teñidas de colores más ricos. Incluso su forma de caminar era distinta: más tranquila, más segura, como si la ciudad les perteneciera de manera natural.

Aquellos debían de ser los verdaderos habitantes del lugar.

Los romanos.

Precisamente en aquel momento, una joven pasó ante ella.

Eva siguió con la mirada su andar.

La romana llevaba una larga stola de lino claro que se adaptaba elegantemente a su figura antes de caer en pliegues regulares hasta los tobillos. Un fino cinturón trenzado ceñía su cintura. Sobre un hombro descansaba un ligero manto de color cuyos bordes bordados ondulaban suavemente bajo el viento marino. Llevaba el cabello negro cuidadosamente recogido en un moño sujeto con pequeñas horquillas de plata, y sus finas sandalias dejaban ver unos pies delicados, ya cubiertos por el polvo de los muelles.

El conjunto parecía sencillo.

Pero de una sencillez refinada.

Eva se imaginó fugazmente vestida de aquella manera.

Y aquel pensamiento le arrancó una ligera sonrisa.

Sí.

Probablemente le sentaría muy bien.

Aquella repentina muestra de coquetería le pareció casi absurda dadas las circunstancias. Sin embargo, tuvo el mérito de recordarle que seguía siendo profundamente humana, a pesar del Ciclo, los Condensadores y los Fragmentos.




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