El Reloj de los Tiempos Antiguos

7 - EL FRAGMENTO DEL COSMOS

Tierra 2.

Año 2057.

Desde hacía más de veinte años, la humanidad convivía con las Remanencias.

Al principio, se las había considerado errores. Fallos de los sensores. Errores informáticos. Después, fenómenos psicológicos colectivos. Los gobiernos habían hablado de desinformación. Los medios, de rumores. Los científicos, de coincidencias estadísticas.

Pero los fenómenos habían dejado de ser excepcionales.

Una calle aparecía durante unos minutos antes de desaparecer.

Edificios enteros parecían existir en determinadas fotografías, pero no figuraban en ningún registro catastral.

Miles de personas afirmaban recordar acontecimientos que jamás habían sucedido.

Algunos pasajeros aseguraban haber embarcado en estaciones inexistentes.

Pilotos informaban de islas ausentes de las cartas náuticas.

Incluso los propios satélites transmitían a veces imágenes imposibles de regiones que no se correspondían con la realidad.

El fenómeno ya no podía ponerse en duda.

Se había vuelto permanente.

La mayoría de los gobiernos habían optado por la solución más sencilla: adaptarse.

Las Remanencias pasaron a formar parte de la vida cotidiana, como las tormentas, los terremotos o las epidemias. Inquietantes, pero inevitables.

La ciencia, en cambio, seguía dividida.

Las teorías se multiplicaban:

Universos paralelos.

Inestabilidad del vacío cuántico.

Simulación informática.

Alteración de la causalidad.

Pero ninguna explicaba el conjunto de las observaciones.

Los investigadores más rigurosos se veían a menudo obligados a defender las hipótesis más inverosímiles. Entre ellas figuraba una idea que la mayoría de los medios consideraba absurda.

La Tierra estaba encerrada en un bucle.

Un bucle inmenso.

Una estructura temporal cuyas fugas eran las Remanencias.

Aquella hipótesis no convencía casi a nadie.

Y, sin embargo, las observaciones seguían acumulándose.

Mientras tanto, la humanidad había cambiado.

Las grandes potencias espaciales de principios de siglo habían desaparecido o se habían transformado. Los programas científicos internacionales habían sido sustituidos progresivamente por consorcios privados cuyos objetivos eran esencialmente económicos.

La exploración pura ya no interesaba a casi nadie.

Y la investigación fundamental, todavía menos.

Quedaba una excepción.

China.

Desde hacía varias décadas, mantenía un ambicioso programa científico cuya rentabilidad muchos consideraban inexistente. Su proyecto más prestigioso era la segunda generación del telescopio James Webb.

Oficialmente denominado JW-2.

Extraoficialmente considerado una extravagancia costosa.

El nuevo observatorio no se limitaba a estudiar las atmósferas de los exoplanetas. Disponía de un detector de biofirmas capaz, en condiciones favorables, de identificar determinados marcadores compatibles con una actividad biológica compleja.

Los resultados tardaban en llegar.

Los inversores se impacientaban.

Las críticas se multiplicaban.

Entonces se produjo el incidente.

Tres meses antes.

Una Remanencia particularmente intensa había afectado a la estación orbital china Yuánguāng.

El principal enlace de comunicaciones entre la Tierra y el JW-2 había quedado sumergido en un fenómeno inexplicable. Las transmisiones seguían llegando.

Pero llegaban mezcladas.

Superpuestas.

Contaminadas por otras señales.

Los ingenieros recibían simultáneamente varias versiones incompatibles de los mismos datos.

A veces, imágenes procedentes de días distintos.

A veces, mediciones contradictorias.

A veces, informaciones que parecían no tener ningún origen identificable.

Todos los intentos de filtrado habían fracasado.

El telescopio seguía funcionando.

La estación también.

Pero nadie sabía ya qué datos eran reales.

Eva se encontraba en una situación completamente nueva.

La oscuridad la envolvía mientras una inquietud sorda empezaba a apoderarse de ella. La temperatura era fresca y el abrigo de Gertrud resultaba más que bienvenido. Permaneció inmóvil unos instantes, dejando que sus sentidos se adaptaran al nuevo entorno y que sus ojos se acostumbraran lentamente a la oscuridad.

Una extraña sensación de irrealidad pesaba sobre ella.

Lo primero que logró identificar fue el sonido regular del oleaje. El agua venía a morir contra una orilla cercana, quizá incluso muy cercana.

¿Otra vez el mar?, pensó.

Poco a poco, algunas estrellas aparecieron entre los claros de una espesa capa de nubes. Eva avanzó en dirección al sonido de las olas y no tardó en tropezar con un tronco varado, medio enterrado en la arena. La superficie del agua seguía siendo difícil de distinguir, pero continuó hasta la orilla, donde sus botas se hundieron ligeramente en el lodo.

Entonces se le ocurrió una idea.

Se agachó, recogió un poco de agua en el hueco de la mano y se la llevó a los labios.

La respuesta fue inmediata.

Agua dulce.

No era un mar.

Ni siquiera un estuario.

Permaneció unos segundos contemplando la oscura superficie antes de regresar al tronco y sentarse a esperar las primeras luces del día.

Cuando el amanecer empezó por fin a iluminar el horizonte, descubrió una inmensa extensión de agua bordeada por un bosque denso cuyos árboles descendían hasta la misma orilla. No se veía ningún sendero.

Eva eligió una dirección perpendicular a la ribera y se internó bajo las ramas. Avanzar resultó difícil, hasta tal punto parecía aquella vegetación no haber conocido jamás ni leñadores ni caminantes. Troncos caídos, zarzas y matorrales entorpecían cada uno de sus pasos, pero, pese al esfuerzo, persistía la misma sensación de irrealidad, como si el mundo que la rodeaba fuera falso.




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