El Renacer De La Verdadera Heredera

CAPÍTULO 1

El sabor a óxido y ceniza inundaba la boca de Catherine cada vez que forzaba a sus pulmones a tomar aire. Estaba encadenada a la pared de roca viva, en lo más hondo de las mazmorras subterráneas de la hacienda Grissom. Sus muñecas, despellejadas hasta el hueso por el hierro carcomido, apenas sostenían el peso de un cuerpo consumido por semanas de hambruna y fiebres delirantes. El vestido de seda color marfil con el que había abandonado la distinguida mansión Sanders ahora no era más que un trapo podrido, pegado a su carne por la sangre seca y el pus de sus llagas infectadas.

El eco lejano de unos pasos ligeros rompió la pesadumbre del sótano. El crujido de enaguas finas y el repiqueteo elegante de unos tacones sobre los peldaños de caracol anunciaron la visita. Catherine levantó con suplicio los párpados hinchados.

Entre la penumbra húmeda emergió la figura de Sara Grissom. Llevaba una capa de terciopelo azul noche ribeteada con armiño blanco y sostenía un candelabro de tres brazos de plata pulida. Su rostro, aquel que los salones nobles de la capital describían como el de un ángel piadoso, destilaba una malicia pura y desprovista de máscaras.

—Mírate nada más, querida hermana —susurró Sara con una cadencia burlona que rebotó contra la piedra fría—. La gran joya perdida de los Grissom. La heredera legítima de sangre por la que Robert casi pierde la cabeza. ¿Para qué te sirvió la nobleza de cuna, Catherine? Ni las ratas de este foso se dignarían a roer tus despojos.

Catherine intentó articular una palabra, pero de su garganta rota solo brotó un quejido áspero.

—No te molestes en hablar —continuó Sara, acercando una de las llamas al rostro demacrado de Catherine para deleitarse con el calor que amenazaba con abrasarle la piel—. Solo bajé a darte una noticia antes de que tu corazón se detenga por completo. El médico de la corte acaba de confirmar que Robert agoniza. El veneno que vertí en su licor de hierbas está carcomiendo sus entrañas con una lentitud primorosa. Y lo más fascinante de todo: él expira creyendo ciegamente que fuiste tú quien preparó la infusión.

Catherine abrió los ojos en un arranque de horror. Recordaba la escena como un puñal clavado en el pecho: Sara arrodillándose ante ella, fingiendo lágrimas fraternales para pedirle que le llevara la bandeja de té al Duque como una muestra de sumisión y afecto. Catherine, ingenua y desesperada por ganarse el respeto del hombre que le dio la vida, aceptó sin intuir la trampa mortal.

—¿Por qué...? —logró susurrar Catherine con un hilillo de voz—. Robert te recogió de la nada... te dio un techo y su apellido...

—¡Él me dio las sobras de su culpa! —bramó Sara, y por un instante la compostura de señorita refinada se quebró, mostrando al monstruo que habitaba bajo la porcelana—. ¡Ese viejo arrojó a mi madre a un burdel de los suburbios para tapar su aventura cuando supo que estaba encinta! La dejó morir de hambre y tuberculosis mientras él festejaba con la insípida de Marg. Yo no entré a esta casa para ser su hija agradecida; entré para verlos consumirse a todos. Y tú... tú llegaste a entrometerte en mi camino.

Sara dio un paso al frente y hundió los dedos en la cabellera enredada de Catherine, tirando hacia atrás con violencia para clavarle una mirada encendida en odio.

—Ibas a recibir el título ducal por derecho de sangre. Ibas a heredar las minas y las tierras del norte. ¡Y lo peor de todo, ibas a ser presentada ante Lord Leonardo Szmanda! —la voz de Sara temblaba por una obsesión desenfrenada—. Llevo cuatro años arrodillándome a su sombra, bordando pañuelos que él jamás usó, fingiendo interés en cacerías insoportables solo para respirar el mismo aire que él. ¿Y pretendías que te dejara deslumbrarlo con tus modales perfectos de la casa Sanders? Jamás. Leonardo solo puede pertenecer a la verdadera dueña de este ducado, y esa seré yo cuando todos los que llevan la sangre Grissom estén pudriéndose bajo tierra.

Sara la soltó con asco y extrajo de su manga un pequeño frasco de vidrio oscuro sellado con cera negra.

—Tus hermanos, Robbins y Russell, ya firmaron tu acta de condena ante los jueces del feudo —agregó la bastarda con una sonrisa perversa—. Dijeron que una parricida mancharía el linaje si la llevaban a un juicio imperial. Marg ni siquiera quiso mirarte a la cara antes de ordenar que te bajaran aquí; le das demasiado asco. Estás completamente sola, Catherine. Aquella familia que te adoptó y a la que tanto temías molestar jamás se enteró de tu martirio. Tu maldito orgullo te mató.

Sara descorchó el frasco y arrojó el líquido espeso sobre el pecho lacerado de Catherine. El ardor fue un infierno abrasador que le quemó la piel y la carne viva. Catherine arqueó la espalda en un espasmo agónico, ahogando un grito sordo mientras el compuesto letal devoraba sus tejidos.

—Que tengas un viaje placentero al infierno, hermanita —se despidió Sara, girando sobre sus talones y haciendo rechinar el cerrojo de hierro tras de sí.

La oscuridad sepulcral se tragó la celda. El veneno corría como fuego por sus venas, deteniendo la circulación hacia sus extremidades congeladas. En medio del delirio final, Catherine vio los rostros de quienes verdaderamente la amaron: la advertencia protectora de William Sanders, las lágrimas maternales de Jorja rogándole que no partiera, el abrazo desesperado de su hermano Warrick jurándole que derribaría las puertas de los Grissom si la dañaban. Qué ciega había sido. Había desechado un hogar de devoción y respeto absoluto por la quimera de complacer a una manada de chacales. Por no manchar el apellido Sanders, por la humillación de admitir su error, calló y murió en el anonimato.

Un último golpe sordo estremeció su pecho. El aire se extinguió, el latido de su corazón cesó y el mundo se disolvió en la nada.

Un tirón violento la sacudió contra un respaldo acolchado.

El aire helado entró de golpe en sus pulmones con tal fuerza que Catherine se incorporó de golpe, aspirando con un jadeo que le rasgó la garganta. Se llevó las manos al torso con desesperación, esperando el tejido deshecho y el ardor del veneno, pero sus palmas tocaron la tersura intachable de una capa de terciopelo azul zafiro con ribetes dorados y botones de nácar pulido.



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En el texto hay: misterios, romance, renacer

Editado: 18.10.2026

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