El estribo del carruaje descendió con un golpe seco sobre los adoquines del patio principal. El lacayo de los Grissom abrió la portezuela con desgana, esperando ver salir a una muchacha asustada y campesina, encorvada por el peso de una cuna ajena. En su lugar, una mano enfundada en satén blanco inmaculado se apoyó en el marco de la puerta, seguida por una figura esbelta que bajó con la gracia imponente de una reina coronada.
Catherine pisó la grava húmeda. Su vestido de terciopelo azul profundo, confeccionado por los mejores sastres de la capital bajo la atenta mirada de Lady Jorja Sanders, caía con pliegues pesados y perfectos. Su barbilla permanecía alta, su espalda recta como una espada y su mirada oscura recorría la fachada de piedra caliza con una frialdad desprovista de emoción.
Frente a la escalinata, la familia Grissom aguardaba. El Duque Robert la examinaba con ojos críticos y ceño fruncido; Lady Marg fingía indiferencia mientras acomodaba su abanico de plumas; Robbins y Russell cruzaban los brazos con evidente hostilidad. Pero en el centro, envuelta en gasas blancas y con una expresión compasiva ensayada hasta el milímetro, estaba Sara.
En su vida anterior, Catherine se había apresurado a bajar la mirada, torpe por el miedo a no encajar, dejando que Sara la envolviera en un abrazo teatral que terminó en una supuesta caída provocada por Catherine para dejarla como una salvaje violenta ante todos.
No esta vez.
Sara bajó los tres últimos escalones con pasos ligeros y apresurados, abriendo los brazos con una emoción fingida que rozaba lo ridículo.
—¡Hermana mía! —exclamó con voz temblorosa, proyectando el tono para que cada sirviente y guardia del patio la escuchara—. ¡Por fin has vuelto al hogar que siempre te perteneció! No sabes cuánto recé por este día...
Sara avanzó decidida a lanzarse contra el pecho de Catherine, con la clara intención de tropezar a propósito, golpear su propia mejilla con la hebilla del abrigo de viaje y fingir un empujón cargado de rencor campesino por haber sido reemplazada durante dieciocho años.
Catherine leyó el movimiento antes de que Sara diera el segundo paso. En el milisegundo exacto en que Sara se inclinó con fuerza para fingir la colisión, Catherine no la sostuvo ni la empujó; simplemente dio un paso lateral elegante y pausado, como quien esquiva una mota de polvo en el camino.
El impulso del cuerpo de Sara no encontró resistencia. Al inclinarse para forzar el impacto, la gravedad y la fuerza de su propio salto falso le jugaron una trampa brutal. Sus botines de raso resbalaron sobre la piedra húmeda y Sara cayó de bruces contra la grava del patio, con un golpe sordo y humillante. La falda blanca inmaculada quedó empapada de lodo marrón y una de sus peinetas de perlas rodó por el suelo hasta quedar atascada bajo la rueda del carruaje.
El silencio que cayó sobre la servidumbre fue sepulcral. Varios lacayos ahogaron un jadeo de asombro.
Sara levantó la cabeza del fango con el rostro enrojecido de rabia, dispuesta a gritar su acusación:
—¡Tú...! ¡Me empujaste! ¡Me golpeaste por celos de saber que viví en tu lugar...!
—Santo cielo, señorita —interrumpió Catherine con una calma glacial y una voz cristalina que resonó en todo el recinto—. Jamás imaginé que la alegría de la señorita adoptiva fuera tan desmedida como para lanzarse contra el suelo sin reparar en la grava. Mi institutriz en la casa Sanders siempre me enseñó que una dama jamás corre con los brazos abiertos como una niña descalza en una aldea. Por favor, que alguien levante a la señorita antes de que ensucie más la entrada del señor Duque.
Los murmullos entre los mozos de cuadra y las doncellas no se hicieron esperar. La acusación de Sara se disolvió en el aire como una pataleta infantil; Catherine ni siquiera la había rozado, sus manos permanecían tranquilamente cruzadas frente a su cintura.
Robert Grissom frunció el ceño con profunda incomodidad ante el espectáculo vulgar de Sara en el barro, mientras Marg carraspeaba con bochorno.
—Sara, levántate de inmediato y ve a cambiarte —ordenó Robert con tono seco y áspero—. Es una vergüenza ante la servidumbre. Catherine... entra a la casa.
Catherine subió los escalones con paso firme, sin dirigirle una sola mirada a Sara, quien temblaba de furia mientras dos doncellas la ayudaban a levantarse cubierta de lodo y vergüenza.
Horas más tarde, la campana del comedor resonó convocando a la cena formal de bienvenida. Catherine fue conducida al gran salón iluminado por candelabros dorados. La mesa de banquete estaba servida con vajilla de plata, pero la atmósfera era tensa.
Sara ya había bajado, vestida con un atuendo rosa pálido y con una mirada cargada de ponzoña disimulada bajo párpados caídos. A su lado estaban Robbins y Russell, murmurando desaires hacia la recién llegada.
—Toma asiento, Catherine —dijo Marg con tono frío, señalando una silla frente a Sara.
Cuando la cena comenzó, la sopera de consomé hirviendo fue colocada en el centro. Sara intercambió una mirada cómplice con la doncella que servía los platos calientes. La sirvienta se acercó a Catherine con un cuenco rebosante de caldo humeante, dispuesta a simular un traspié para derramarlo sobre el regazo de Catherine y arruinar su presencia de por vida.
Pero Catherine conocía cada milímetro de esa trampa; en su vida pasada, aquel caldo hirviendo le quemó las piernas y el vestido, y la culparon a ella de tirar el plato por torpeza provinciana.
Justo cuando la criada inclinaba sospechosamente el cuenco hacia su falda, Catherine empujó levemente hacia atrás su pesada silla de caoba. Al perder el punto de apoyo esperado, la criada trastabilló de verdad. Con un movimiento rápido y certero de sus dedos, Catherine no protegió su plato: desvió con el dorso de su abanico de nácar la bandeja de plata directamente hacia la derecha, donde Sara se inclinaba sonriente esperando el grito de agonía de su hermana.
Editado: 18.10.2026