Tres días bastaron para que la calma aparente de la mansión Grissom se tiñera de resentimiento y veneno contenido. Mientras los ungüentos de caléndula aliviaban las quemaduras en los brazos y el pecho de Sara, el odio de la bastarda alcanzaba un punto febril dentro de su alcoba. Sin embargo, para la sociedad noble de la capital, las apariencias debían permanecer intactas: el gran baile de gala se celebraría al final de la semana, y Robert Grissom había decretado que ambas muchachas serían presentadas en sociedad como hermanas legítimas, dos hijas biológicas del mismo ilustre ducado.
Aquel plan, diseñado para ocultar las faltas del pasado de Robert, no duraría mucho frente a Catherine.
La mañana del cuarto día, un carruaje aguardaba en la entrada para trasladar a Catherine y a Lady Marg a la boutique más prestigiosa de la alta sociedad, la afamada casa de modas de Madame Chenier. Marg, vestida con encajes grises y una frialdad casi mecánica, observaba a Catherine de reojo, incapaz de descifrar la serenidad aristocrática de su hija biológica.
Dentro de la boutique, las telas de seda importada, los tafetanes bordados y los rollos de satén brillante llenaban las estanterías de caoba. Varias damas de la corte y baronesas influyentes se encontraban en el salón tomando té mientras aguardaban sus pruebas.
Madame Chenier se acercó a Lady Marg con una reverencia impecable.
—Mi señora Grissom, qué honor recibirla. Asumo que viene a preparar el atuendo para la presentación de sus dos hijas legítimas, tal como el señor Duque anunció en las gacetas.
Marg asintió con rigidez, a punto de confirmar el encargo, cuando Catherine dio un paso al frente con una sonrisa dócil y una mirada inocente que ocultaba una precisión letal.
—Madre, creo que la distinguida Madame Chenier merece toda la precisión para que las telas armonicen —dijo Catherine en un tono claro, dulce y melodioso que capturó de inmediato la atención de las marquesas sentadas a pocos metros—. Recuerde que Sara y yo no compartimos el tono de piel ni los rasgos de los Grissom. Ella es una hija adoptada por la caridad y la generosidad de mi padre, recogida para mitigar el dolor de mi ausencia. La confección para una dama acogida por misericordia y la de la única heredera nacida del vientre de la Duquesa deben distinguirse con la jerarquía que la corte exige. No querríamos que el salón confunda el linaje de sangre con la piedad familiar.
El murmullo de las damas presentes estalló al instante detrás de sus abanicos de seda.
—¿Adoptada? ¿La dulce Sara no es de la sangre del Duque?
—Con razón jamás se le pareció en los ojos...
El rostro de Marg palideció de la furia y la vergüenza. Por años, Robert había intentado maquillar el origen de Sara para elevar su estatus y concertar un matrimonio de alto calibre. En menos de un minuto, Catherine había sepultado la legitimidad de su rival ante las mujeres más chismosas de la nobleza, y lo había hecho presentándolo como un acto de caridad bondadosa. Marg apretó los dientes, incapaz de contradecir a Catherine sin quedar ante la corte como una madre que despreciaba a su verdadera sangre por una extraña.
Esa misma tarde, de vuelta en la mansión, el eco de lo ocurrido en la boutique ya había llegado a oídos de la familia.
Catherine caminaba por el pasillo del ala este, dirigiéndose a su habitación, cuando una sombra corpulenta bloqueó su paso. Robbins, el hermano mayor y heredero de los títulos menores, la esperaba con los puños cerrados y los ojos inyectados en furia.
—Maldita víbora provinciana —masculló él, cerrando la distancia hasta acorralarla contra la pared de piedra tallada—. Desde que pusiste un pie en esta casa solo has traído desgracias. Quemaste a Sara en el comedor y hoy te atreviste a humillarla a ella y a mi madre frente a media corte.
—Robbins, modera tu tono —respondió Catherine sin apartar la mirada, con los brazos descansando a los costados—. Sara tropezó con su propia torpeza y yo solo aclaré un hecho verídico con la mayor delicadeza.
—¡Cállate la boca! —rugió Robbins, perdiendo por completo el control.
Levantó la mano derecha con violencia, decidido a cruzarle el rostro con una bofetada para doblegar su orgullo. En su vida pasada, Catherine habría cerrado los ojos, llorando y aceptando el golpe.
Pero no en esta.
En el instante exacto en que la mano pesada de Robbins descendía por el aire, Catherine giró el torso apenas un palmo, dejando que el puño golpeara el vacío. Con la rapidez felina y la técnica impecable que Warrick le había enseñado durante largas tardes en el patio de armas, Catherine atrapó la muñeca de su hermano mayor con su mano izquierda, clavó su pulgar en el tendón sensible y, utilizando el propio peso y la inercia de Robbins, barrió su pierna de apoyo con el empeine de su bota mientras aplicaba una torsión seca a su codo.
El impacto fue demoledor.
Robbins cayó pesadamente de espaldas contra el suelo pulido, soltando el aire en un quejido ronco mientras su cabeza golpeaba las tablas. Antes de que pudiera reaccionar, Catherine pisó con fuerza controlada la muñeca que acababa de torcer, inmovilizándolo contra el piso con la punta de su tacón.
Se inclinó hacia él. Su rostro no mostraba rabia; solo una frialdad espectral que congeló la sangre de su hermano.
—Vuelve a levantarme la mano, Robbins —susurró con una voz tan baja y letal que le erizó la piel—, y la próxima vez no te derribaré. Te romperé los tendones del brazo con el que empuñas la espada para que no puedas volver a servir a la guardia ni un solo día de tu miserable vida. Aprende cuál es tu lugar ante la verdadera heredera de esta casa.
Catherine retiró el pie con parsimonia, se sacudió los pliegues de su falda y siguió su camino sin mirar atrás, dejando al primogénito de los Grissom jadeando en el suelo, pálido y aturdido por el dolor y el desconcierto. Jamás imaginó semejante destreza física en una joven aparentemente refinada.
Editado: 18.10.2026