El Renacer De La Verdadera Heredera

CAPÍTULO 4

El roce de la mano enguantada de Leonardo contra la de Catherine envió una corriente sutil y electrizante por el aire. Cuando ambos avanzaron hacia el centro de la pista, el murmullo de los nobles se apagó casi por completo, sustituido por el compás solemne de las cuerdas que marcaban el inicio de un vals imperial.

Leonardo colocó su palma con firmeza en la cintura de Catherine, mientras ella apoyaba la suya sobre el hombro ancho y recto del lord. Desde el primer giro, la sincronía entre ambos desafió toda expectativa de la corte. No hubo titubeos ni la torpeza común de quien no frecuenta los salones de palacio; Catherine dominaba el compás con una gracia majestuosa y precisa, moviéndose al unísono con los pasos seguros y calculados de él. El terciopelo carmesí de su falda flotaba con una elegancia hipnótica que contrastaba con el porte imponente de Leonardo, haciendo que el resto de las parejas en la pista parecieran simples sombras descoloridas.

Leonardo bajó la mirada hacia el rostro sereno de la joven, leyendo la ausencia total de rubor o vanidad. En sus pupilas oscuras no había el deslumbramiento de una debutante halagada, sino la frialdad de quien evalúa el terreno antes de una emboscada.

—Una técnica intachable, mi señora —susurró él, con una voz profunda que solo alcanzó los oídos de ella—. Jamás había visto a una dama recién llegada de la provincia moverse con semejante dominio de la etiqueta imperial. O tal vez debería decir que la provincia jamás fue su verdadero hogar.

Catherine mantuvo la barbilla en alto, sosteniendo la mirada gris y afilada del hombre más temido del imperio sin un solo parpadeo.

—Un linaje no se define por las paredes que lo encierran, milord, sino por las herramientas que se adquieren para sobrevivir —respondió ella con calma matemática, girando con precisión milimétrica bajo su brazo—. Y en ciertos círculos, la ingenuidad es el único pecado mortal.

Una sonrisa tenue, casi imperceptible pero cargada de una fascinación oscura, curvó los labios de Leonardo. Había visto a nobles de alto rango temblar ante su sola presencia, pero esta muchacha lo miraba como a un igual en un tablero de ajedrez. No solo era hermosa; era un depredador agazapado tras una máscara aristocrática.

—Me gusta cómo piensa —murmuró él, acercándola un palmo más mientras cambiaba el ritmo del vals—. Percibo que ha venido a esta casa no a pedir perdón, sino a cobrar deudas. Si en algún momento sus planes requieren de una mano que no vacile en cortar nudos o mancharse de barro, considere mis recursos a su entera disposición. No me importa si su causa es piadosa o perversa; me resulta infinitamente más entretenido verla ganar.

—Una oferta sumamente peligrosa, Lord Szmanda —replicó Catherine, curvando apenas los labios en una media sonrisa enigmática—. Podría tomarle la palabra y exigir más de lo que está dispuesto a ceder.

—Póngame a prueba, mi señora. Nada me complacería más.

La música culminó con una nota sostenida que arrancó aplausos contenidos de la corte. Leonardo se inclinó en una reverencia impecable, besando con devoción gélida el dorso de la mano de Catherine antes de dejarla en el borde de la pista.

A pocos metros, Sara Grissom apretaba los dientes con tanta fuerza que el esmalte crujía en su boca. Sus uñas se clavaban en las palmas de sus manos enguantadas. Ver al hombre al que había asediado en vano durante cuatro años entregarse en cuerpo y alma a Catherine en medio de la pista de baile desató un torrente de odio desquiciado en su pecho.

Sin perder un segundo, Sara puso en marcha la siguiente jugada. Tomó una copa rebosante de vino tinto oscuro de la bandeja de un sirviente y caminó hacia Catherine con fingida prisa, simulando que tropezaba con el bajo de su propio vestido rosado.

—¡Hermana, qué maravilla de baile...! —exclamó Sara en un tono chillón, inclinando la copa de golpe contra el pecho de Catherine.

Catherine anticipó el movimiento y se apartó medio palmo, pero la marea de líquido alcanzó a manchar con una franja roja y pesada el costado de su exclusivo vestido de terciopelo carmesí bordado en oro.

—¡Oh, por los cielos! ¡Qué torpe he sido! —gritó Sara con fingido pesar, tapándose la boca para disimular su sonrisa triunfal—. Perdóname, Catherine, no vi el escalón. Tu vestido está arruinado para el resto de la velada. Mi doncella personal, Betty, puede acompañarte a las habitaciones privadas de los invitados en el segundo piso para que te limpies. Por favor, permíteme compensarte la molestia.

Catherine miró la mancha escarlata y luego los ojos centelleantes de Sara. Conocía de memoria aquel pasillo del segundo piso: solitario, mal iluminado y sin guardias reales. En su vida pasada, Sara había enviado allí a dos matones pagados para rasgarle el corsé y golpearla en las sombras, dejándola semiinconsciente para luego acusarla de haberse embriagado y deshonrado la fiesta.

—No te preocupes, Sara. Los accidentes les ocurren a las damas poco diestras —respondió Catherine con voz gélida—. Iré arriba. Que tu doncella me muestre el camino.

Catherine subió la escalinata hacia la galería superior, seguida por la sirvienta de confianza de Sara. Al llegar al pasillo apartado, la criada señaló una puerta entreabierta en penumbra.

—Es aquí dentro, señorita Catherine. Hay agua tibia y toallas limpias preparadas.

Catherine no cruzó el umbral. Se detuvo en seco, notando la respiración pesada de dos hombres ocultos detrás de los cortinajes del fondo de la habitación. Con un movimiento rápido y certero, Catherine tomó a Betty de la muñeca, torció su articulación y la empujó con fuerza hacia el interior de la alcoba oscura antes de cerrar la puerta de roble y pasar el pestillo desde afuera.

—¡Es la dama del vestido manchado, atrápenla! —rugió una voz áspera desde las sombras del cuarto.

En la oscuridad y la confusión del encierro, los dos matones contratados por Sara creyeron que quien había entrado apresuradamente era Catherine. Antes de que Betty pudiera pronunciar una sola palabra, una mordaza de tela tapó su boca y dos puñetazos secos la golpearon en el estómago y en la mejilla, desgarrándole la ropa y reduciéndola contra el suelo en una golpiza despiadada.



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En el texto hay: misterios, romance, renacer

Editado: 18.10.2026

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