Elian
Sus ojos azules como el cielo. Su piel suave como el pétalo de una rosa. Sus labios rosados y suaves que vuelven loco. Su cabello, su aroma, su personalidad...
Joder.
Podría dibujarla con los ojos cerrados.
Las últimas semanas no han pasado como estaban en mis planes. No era lo que yo quería. No, joder, no. Así no era.
—¿Cómo te va? —pregunta Leif sentado cómodamente en el sillón de mi habitación.
—Normal.
—¿Normal? —frunce el ceño—. No me has contado nada.
—No debí hacerlo —suelto abriendo los ojos mirando el techo de mi habitación.
—¿Te arrepientes? —muestra una sonrisa irónica—. Amigo, tú nunca te arrepientes de nada. Y menos de estas cosas. Es lo más divertido.
—Ella no se lo merece.
—Basta, Elian. No seas cobarde.
—No lo soy —aclaro mirándolo—. Solo no quiero lastimar a alguien que ya está lo suficientemente herida.
—¿De qué hablas?
Me mira buscando respuestas, sin embargo, yo no puedo contarle nada de lo que ella me ha confiado. Son sus cosas y nadie tiene derecho a saberlo si ella no quiere.
—Esto no está bien —vuelvo a decir. Como si decirlo hiciera que todo desapareciera.
—No te entiendo.
En ese momento el móvil suena ante una llamada. Deslizo el dedo para responder.
—¿Qué sucede mamá? —contesto.
—Mi amor, dejé unos documentos importantes en mi estudio. Están sobre el escritorio —responde tranquila—. ¿Podrías traérmelos al edificio, por favor?
—¿Es urgente? —pregunto molesto. Es fin de semana y no me apetece salir con todas las cosas que cargo encima.
—Sí lo es cariño. Si no lo fuera, no te lo pediría.
—Está bien. En un momento salgo para allá.
Cuelga la llamada.
—¿Sucede algo? —inquiere mi amigo.
—Tengo que ir a ver a mi madre —informo, mientras él se pone de pie.
—Tenemos que seguir hablando de este tema, Elian —responde molesto—. Espero no hayas olvidado las reglas.
—Eso nunca pasa conmigo —respondo, aunque no sé si eso sea la verdad absoluta en este caso.
Tomo las llaves del auto antes de salir de la habitación. Recojo los documentos y salgo de casa. El transcurso es lento. Mi mente divaga entre cada una de las cosas que han pasado con Kiara.
Me repito una y mil veces que esto no está bien. Pero cuando estoy con ella, simplemente todo desaparece. Donde no puedo pensar nada más con solo verla. Me gusta el color de sus ojos, observarlos siempre y no cansarme de ellos. Es como si ver a través de ellos descubres un mundo increíble. Como ella.
Y Antonella... ¿cómo podrían ser hermanas? No lo entiendo.
Mierda. ¿Le podría contar lo que pasó con tal de herirla?
Minutos después, llego al edificio. Estaciono el auto y subo las pequeñas escaleras que hay. A mí madre le encanta el arte. Todo relacionado a ello, le encanta. Es por eso que invirtió demasiado en construir un edificio de prácticas para aquellos que les apasione aprender algo de él.
Llego al segundo piso, el área de música, que es donde me dijo estaría. En efecto, la encuentro sentada diciéndoles a sus alumnos no sé qué. Su vista se clava en mí, segundos después. Les vuelve a decir algo y viene hacia mí.
—Sus documentos, señora Walker —le hablo formal.
—Gracias, mi amor —los recibe.
—¿No sales de tu guarida? —le digo divertido.
—No cuando estoy con trabajando. Ya sabes que cuando empiezo, pierdo la noción del tiempo.
—Por eso te olvidas de mi existencia, claro —me cruzo de brazos con fingida molestia.
—Por supuesto que no, mi niño —responde tomándome la mejilla—. Sabes que te adoro. Pero también adoro esto. Enseñarles a otras personas lo que sé y que a ellos les apasiona como a mí.
—Lo sé, madre —sonrío—. Y no sabes lo feliz que soy que tú seas mi madre.
Me regala una sonrisa que siempre adoraré mirar.
—¿Quieres esperarme? —pregunta—. Ya casi es la hora de la salida y tal vez podríamos ir a disfrutar el resto del día. Casi no salimos.
—Está bien —acepto—. Te espero en la sala al lado del curso de danza.
—En un momento estoy contigo —dice al final para después irse.
Tomo mi camino. Conozco el camino de memoria ya que desde niño he estado aquí. Mi madre lo inauguró meses después de... aquella tragedia que cambió nuestras vidas.
Busco un lugar disponible para poder esperarla y no fastidiarme. Minutos después los chicos que estaban con mamá salen, cruzándose en mi camino. De seguro fue a ver a los de la otra área. Pienso salir de ahí cuando una voz intercepta mi camino.
—Hola —saluda una chica que no había visto en mi vida.
—Hola —respondo—. ¿Nos conocemos? —sí, sé que fue una pregunta estúpida. Pero bueno, que tal y tuvimos algo que ver y yo no la recuerdo.
—La verdad es que no —sonríe—. Soy Jane. Una chica que viene a clases de música —se presenta extendiendo la mano.
—Elian —respondo a su saludo.
—¿Vienes a alguna práctica? Nunca te había visto.
—No.
—¿Entonces? ¿Eres el nuevo guardia del edificio?
—Buena teoría —sonrío—. Pero en realidad espero a mi madre.
—No me digas —abre un poco los labios—. ¿Tu madre es Lyla Walker?
—Sí —afirmo soltando una carcajada.
—No ¿En verdad? —dice sorprendida—. Ya imagino tu vida. Es una madre súper linda y no te deja solo nunca.
—Pues... ojalá fuera así —bromeo riendo y ella me sigue.
—Bueno, en realidad yo venía a preguntarte algo —juguetea con sus manos un poco—. ¿Te apetecería salir a tomar algo conmigo? —pregunta directa.
—En verdad me encantaría, pero tengo novia —respondo pensando en Kiara.
Su expresión cambia un poco.
—Oh, no sabía.
—No pasa nada.
—Bueno... supongo que tuve mala suerte.
Una pequeña sonrisa aparece en sus labios.
—Supongo.
—Entonces nos vemos luego por aquí, Elian.