Los pecados de nuestras manos (réquiem de Aion)

Capítulo 1 Ep. 3 - "Hospital"

El pequeño Aion Samaras jugaba con una paloma herida en el patio trasero de su casa.

Tenía cinco años y no entendía por qué su tía lo había traído a ese lugar apestoso, donde escuchaba gritar a los vecinos casi todo el día y subían el volumen de la radio para pretender que nada malo estaba pasando. 

Y estaba enojado, muy enojado. Pero no lograba expresar eso hacia afuera.

Así que le había disparado a una paloma con un arma de juguete que tiraba balas redondeadas de plástico, pero que él había cambiado por un trozo de madera afilado. 

Estaba agonizando, supuso, ladeando la cabeza y estudiando el animal que yacía moribundo; pensando en esa palabra nueva que había aprendido. 

¡Tomas y fumas y no te importa si tu hijo está en el hospital agonizando! —Había escuchado gritar a los vecinos de al lado y era una bonita palabra que asoció rápidamente a algo malo que le pasaba a las personas y le gustaba; pese a que rara vez hablaba.

Pensó también que era compasivo si aplastaba a la paloma con una roca.  

Compasivo

Se detuvo un momento, sosteniendo la roca con ambas manos por encima de su cabeza, mirando al animal moverse lastimosamente.

Era otra palabra que había leído en la carta que el hombre de pelo blanco le había dejado hace un par de días atrás junto con una foto, cuando su tía Helena se había ido al trabajo y el hombre apareció de la nada. 

No lo conocía, pero era amigo de Pa. Creía que extrañaba a Pa, sus libros en la casa de Pa y el piano que le había regalado, pero olvidó todo demasiado rápido.

La carta era un mensaje de Ma, le había dicho el hombre de pelo blanco. Ma era la mujer que estaba en la foto y era un secreto que él tenía que ocultar.

Eso estaba bien, a él le gustaban los secretos. El hombre le dijo que escondiera la carta y que la leyera todas las noches antes de que se fuera a dormir. Así que eso hizo. 

El hombre de pelo blanco le hizo prometer que lo haría y más tarde, reflexionó que si memorizaba cada palabra de la carta, no tenía que leerla y tampoco estaría haciendo trampa. Así que ahora la carta estaba en su cabeza. 

Estaba bien, todavía no entendía la mitad de lo que había en ella pero no tenía que preocuparse por eso aún.

Aplastó al animal y escuchó los crujidos de sus huesos rotos, chorros de sangre salpicaron el césped y parte de su rostro inexpresivo mientras pensaba que era compasivo. Algo así decía la carta.

Matar a los que sufren mucho, es algo compasivo

 

Repasaba ese sueño sin admitir que parecía más bien un recuerdo suprimido. Aunque tampoco podía convencerse incluso si tenia la prueba tangible de la carta de su madre doblada y guardada en su billetera, mientras deambulaba por el hospital y esperaba que nadie lo estuviera mirando. 

El sofocante aire parecía volverse más pesado a medida que los médicos iban y venían por el pasillo, como ratas atrapadas en un laberinto. 

Había oído sobre el desastre diario que suponía trabajar en la sala de emergencias, pero no se molestó en colaborar. De todos modos, entre tanto caos y cosas que hacer, nadie le prestaba atención al joven médico que, no era médico en realidad.

Había cambiado su uniforme habitual de enfermero por una bata blanca que le llegaba a las rodillas; era demasiado grande, pero a nadie le importaba cómo llevaba su uniforme cuando había muchos pacientes inquietos que atender.

Un barbijo cubría la mitad de su cara y su pelo negro caía sobre su frente de modo que solo lograban advertirse sus ojos.  

Avanzó tranquilo, arrastrando un pequeño carro quirúrgico que tomó prestado de cirugía y caminó hasta llegar a pediatría.

Sus pasos menguaron hasta detenerse en la habitación número veintitrés. 

Ya dentro de la pequeña sala, se dejó caer en la silla junto a la cama. El niño dormía con la máscara de oxígeno y dos agujas conectadas directo a su canal sanguíneo.

Lo estudió en silencio, sus manos enguantadas alisaron las sábanas alrededor del enfermo. 

Por lo que había averiguado, tenía nueve años. Y esperaba un trasplante de corazón que nunca iba a suceder, pero los médicos eran demasiado cobardes como para decirle la verdad al pequeño Jonás.

El niño abrió los ojos con cierta dificultad, encontrándose con los de él. Observó al médico con sus cansados ojos pardos, rodeados por dos bolsas oscuras por debajo.

—Hola —jadeó suavemente. 

—Hola, hombrecito. ¿Cómo estás? 

Jonás apartó la mirada y se quitó la pequeña máscara para poder hablar mejor. 

—Duele todo —emitió, llevándose una mano a su pecho. 

—Lo sé. Por eso estoy aquí. 

—¿Vas a hacer lo que me prometiste? 

—¿Cuándo he roto una promesa? —Respondió él levantándose de la silla.

Tomó del carro una jeringa llena con un macilento líquido amarillo. Le dio golpecitos sutiles con los dedos, dejando escapar unas cuantas gotas para asegurarse de que no había aire en ella. 




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