Los pecados de nuestras manos (réquiem de Aion)

Capítulo 1 Ep. 5 - "Incendio"

Despertó, embrollado, casi al mediodía. El sol encandilador lo abrazaba desde el tragaluz encima de él. Aún estaba sentado en esa posición incómoda en su escritorio, con un libro a medio terminar.

Se enderezó un poco, tronando sus manos y se fue al baño. Comenzó a lavarse los dientes, y al mirarse al espejo reparó en la nota que tenía pegada en su frente. La apartó viendo que era de Sebastián. 

 

(No tan) querido amigo: 

Si este fin de semana tampoco vas a despegar tu trasero de la silla, al menos puedes terminarte la pizza de anoche. En serio, necesitas comer. 

PD: Ya no hay rollos de papel sanitario y tomé prestado tu cepillo de dientes. Lo siento pero en realidad no lo siento. Seb

 

Aion detuvo lo que hacía de inmediato. Miró cuidadosamente su cepillo de dientes en su mano derecha y escupió con asco. Luego rompió la nota en pedacitos gruñendo de fastidio.

Ya empezaba a reconsiderar la idea de vivir solo y de repente no parecía tan malo que Sebastián fuera a graduarse pronto. 

Un gran bullicio afuera lo sacó de sus reflexiones. Salió de un salto de su habitación, tomando el abrigo junto a la puerta y aún tenía el pelo mojado cuando salió a ver qué pasaba.

Camino al Instituto vio a personas atropellándose unas con otras y pasando con horror por su lado.

El desconcierto comenzó a cosquillearle en sus extremidades inferiores que insistían en trotar en la dirección contraria a ellos y directo al escándalo más allá, hasta que chocó con un particular escenario. 

El brillo encandilador del fuego envolvía en llamas toda la instalación del comedor y Aion jadeó incrédulo, pero no era el único curioso que se estaba acercando cada vez más. 

Personas huían y otras se amontonaban en grupos hasta que pronto se halló apretujado por un gran número de testigos que murmuraban y lloriqueaban entre sí.

Oyó las palabras «explosión, accidente» y otras más escandalosas como «bomba» y «atentado». Él mordió sus labios con escepticismo, se alejó rápido y caminó hacia el lado opuesto del comedor, donde había menos fuego y por lo tanto, menos gente y melodrama.

Era mejor si no estaba allí cuando la policía llegara pero sus pies empezaron a ralentizarle el paso cuando vio la pequeña ventana que daba al sótano del edificio en cuestión. Tentado por la idea de entrar a ver con sus propios ojos la morbosidad del accidente, avanzó. 

«Me voy a arrepentir de esto luego», consideró, mirando sobre su hombro con disimulo para asegurarse que nadie lo estuviera observando así podía escabullirse adentro.

Cuando consiguió entrar, todo estaba cubierto de humo y apenas podía ver y respirar bien. Pero en el momento que abrió la puerta para salir del sótano al pasillo del comedor, pensó que había entrado al infierno. 

El calor era aguantable si era cuidadoso y se alejaba de los focos de fuego, pero el monóxido de carbono fácilmente podía asfixiarlo y el particular olor a combustible y carne quemada era insoportable.

Aion se quitó su cazadora negra de algodón para atarla alrededor de su rostro, quedando con su camiseta negra, un par de jeans iguales y sus zapatillas deportivas que había comprado con mucho esfuerzo hacía apenas dos semanas.

—¡¿Alguien necesita ayuda?! —Gritó a través del amarre de su cubrebocas casero, pero no escuchó más que la madera crujiente ardiendo alrededor y por encima de él.  

«¿En qué rayos estaba pensando?» 

—¡¿Hay alguien aquí?! —Repitió sin aceptar la mala espina que le daba ser el único ser vivo ahí dentro y llamó una vez más, intentando ignorar el sonido del caos y las furiosas llamas. 

Entre escombros y muebles destruidos se abrió paso hacia la cocina, donde el fuego era despiadado, pero al cruzar el pasillo oyó un débil gemido de auxilio que lo hizo retroceder en sus pasos.

En el suelo había una persona con vida. Uno de los cuatro chefs tenía el rostro herido y cubierto de sangre quemada y vísceras del resto del equipo que trabajaba con él. 

Ese hombre que reconoció como Ezequiel, lo miró con llorosos y brillantes ojos mientras se arrastraba con sus manos hacia él. Aion tragó saliva.

Ezequiel estaba mutilado desde la cintura hacia abajo y se desangraba poco a poco. Sus manos ensangrentadas y ampolladas alcanzaron el borde de su pantalón y tiraron de él débilmente.  

—Por-favor… —gimió—. Ayú-dame

Aion quedó inmóvil, muy perturbado como para reaccionar y hacer algo al respecto. Sus entrañas le decían que lo dejara morir así y se fuera, pero si abandonaba a Ezequiel pereciendo de aquella forma, recapacitó, habría padecido unos cuantos minutos más de agonía antes de desangrarse por completo, asfixiarse o morir calcinado. 

—Te ayudaré —dijo, inclinándose sobre él en cuclillas.  

—¡Gracias! ¡Gracias…! —Ezequiel lloró, aferrándose a una inútil pizca de esperanza. 

—Hoy por ti y mañana por mí, ¿cierto? 




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