Los pecados de nuestras manos (réquiem de Aion)

Capítulo 2 Ep. 1 - "Reencuentro"

El hombre de pelo blanco podría haberse conmovido hasta las lágrimas cuando vio a Aion Samaras en la estación de trenes. 

Ese día usaba una gabardina negra de seis grandes botones, sin bolsillos, y con amplias solapas que alzó para que el joven no pudiera advertir su cara si era necesario; pero no parecía que Aion estuviera prestando suficiente atención a su entorno, a excepción, quizá, del amigo que lo acompañaba y que gestualizaba con sus manos todo lo que le contaba.

El joven asentía de vez en cuando, pero la mayor parte del tiempo tenía un pliegue entre las cejas y los labios apretados como si estuviese, en cambio, ensimismado. 

El hombre sonrió, preguntándose si haberlo enviado a un colegio militar en la Provincia de Abcester había servido de algo, pues no parecía que el joven hubiese aprendido a ser cauteloso, analizar su entorno o mantener la guardia alta.

Esa clase de cualidades, era algo que él había adquirido casi por inercia, después de tantos años al servicio de la persona que le mandó a espiarlo.

Así, fue natural para él escanear a todos y cada uno de los pasajeros del tren mientras lo esperaba, ya que sabía de antemano que el joven estaría allí, como le dijo su amigo y señor, a esa hora del día. 

Bajó la cabeza cuando Aion y su amigo pasaron frente a él buscando asientos vacíos, y simuló quedarse momentáneamente dormido. Deslizó el periódico que mantenía en su regazo, sin esperar menos de los impecables modales de Aion, quien notó el movimiento y amablemente lo alzó por él para devolvérselo; entonces sus miradas se cruzaron. 

Un impetuoso sentimiento de familiaridad nació de su pecho cuando los ojos del joven mantuvieron su mirada fija en los de él mientras defendía una sonrisa temblorosa en sus labios.

Aion no tenía idea de las emociones que brotaron de su corazón. Le era imposible empezar siquiera a describir la sensación de que había pasado demasiado tiempo y a la vez, de que había pasado muy rápido. Nada y a la vez todo en sus rasgos le recordaban el pequeño niño que alguna vez había sido. 

Su nariz pequeña y redonda ahora era una nariz recta y bien proporcionada, sus grandes ojos, glaciales y brillantes, llenos de preguntas silenciosas, habían sido reemplazados por una mirada aguda repleta de seriedad y determinación.

No quedaba nada de sus cachetes regordetes y sonrosados, sino un par de mejillas ahuecadas, una mandíbula afilada, y una casi imperceptible sombra de barba. Su cabello era más negro del que recordaba, sus labios suaves contrastaban agradablemente con su piel.

Y así, casi veinte años después, el hombre de pelo blanco confirmó que el niño ya no era un niño, sino un hombre joven radiante y consumado. 

Aion todavía sostenía su periódico después de que él lo tomó, y se preguntó si el joven Samaras estaba teniendo un deja-vú en ese momento.

El hombre dibujó una suave sonrisa de gratitud. Aion asintió, mientras lo seguía estudiando con modesto disimulo unos segundos más antes de irse a buscar otro sitio donde pudiera sentarse. 

Cuando los dos jóvenes bajaron en la estación de la calle Hemingway, él se encargó de seguirlos hasta la Delegación Federal No. 107, donde tenían cita para ser entrevistados. El hombre aguardó a que Aion y su amigo entraran al lugar para hacer la llamada. 

—Señor —dijo—. Él está aquí.

Miró la hora en su reloj y esperó cinco segundos exactos antes de recibir una respuesta. 

Confirmado, ya entré. 

—¿Debería preparar el auto? —Esta vez hubo un silencio más largo y casi podía ver en su mente la vacilación en el rostro de su señor. 

No, todavía no  —contestó la voz, en un tono que sugería desaliento—. Solo síguelo de cerca.

—Muy bien. —El hombre miró al cielo y sonrió—. Y, ¿Señor? 

Dime

—Estoy muy emocionado porque pueda verlo usted mismo. 
 

Casi todos los estudiantes habían sido interrogados y el tema del incendio pronto sería archivado como accidente. Los protocolos se habían llevado a cabo y las interrogaciones se habían reducido a solo dos investigadores de la Delegación. 

Pero no se le pasó la curiosa casualidad de que él y Sebastián eran de los últimos en pasar por la sala. 

Mientras Sebastián se demoraba con los oficiales que le ordenaron a Aion que esperara afuera, él enviaba mensajes de texto a tía Helena. 

—Eso fue… raro —comentó Sebastián cuando salió, estirándose y echándole una mirada a su compañero que estaba inclinado sobre la pared. 

—¿Juegan al policía malo y el bueno? —Preguntó él, sin quitar los ojos de su celular mientras tecleaba. 

—De hecho sí. Es divertido.  

—Tú y yo tenemos una idea diferente de lo que es divertido. 

—Correcto —Sebastián lo miró de arriba abajo, dudando entre ofenderse o no por ese comentario—. ¿Te espero afuera? Tengo un poco más de dos horas antes de volver a mis clases de la tarde. 

—No, tengo guardia en el hospital después de esto —mintió, extendiéndole las llaves del apartamento. 




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