Los pecados de nuestras manos

Capítulo 15 Ep. 1 - "Heridas abiertas"

Gabriel se lo lleva a la ciudad cuando está lo suficientemente aterrado como para oponerse, y entran a un bar. Aion mira a su alrededor tratando de orientarse. Intenta relajarse, pero todavía está nervioso, como si estuviera esperando que algo suceda.

Desenvolverse en un entorno social no es algo en lo que él sea un experto, y los bares pueden ser un lugar donde la gente se emborracha y hace cosas estúpidas, lo sabe bien; así que no perderá el control de sí mismo, mantendrá la compostura, y no beberá demasiado. Aion enciende un cigarrillo, abrumado por las sensaciones en su cuerpo y en su mente.

El bar es oscuro y está lleno de gente; todo el mundo está gritando con la música fuerte y espantosa que resuena, y parece caótico. Él sabe que no puede ser como todas estas otras personas embriagadas. Tiene que ser responsable, tiene que estar en alerta ante cualquier peligro, sin meterse en problemas, pero Gabriel parece tan relajado... que esto también parece formar parte de su trabajo.

Su tío pide un whisky sin hielo y un martini seco. Aion alza los ojos hacia él, nervioso por la idea de beber alcohol, pero Gabriel asiente con una leve sonrisa y él traga saliva. Mira el trago frente a él y bebe el whisky de una vez. Es fuerte y picante, le quema la garganta y sabe a fuego en la lengua. Sabe a licor y humo, lo hace sentir cálido por dentro, y la robustez del sabor le entrega fuerza. Lo hace sentir vivo e imprudente. Es un sentimiento nuevo, y es uno que le gusta.

Se hunde en aquellos pensamientos intrusivos hasta que Gabriel le da un codazo en el costado y él se endereza nervioso, suprimiendo el instinto de lucha que había desarrollado durante esos largos dos años. Entonces dirige sus ojos a lo que él está observando.

Un grupo de mujeres miran en su dirección, divertidas, le hacen gestos sugerentes para que él las siga.

Gabriel lo mira, indicándole con la cabeza que se acerque a ellas y Aion exhala con fastidio, apagando el cigarrillo en un cenicero que dejó el barista allí, y se levanta para ir con ellas.

Te ves muy tenso —dice una, tomando sus manos, pero Aion las aparta de inmediato.

Ven con nosotras, a un lugar más tranquilo, así puedes relajarte un rato... —susurra la más alta en su oído izquierdo, mientras las otras dos se ríen en complicidad.

Y aunque él no oye lo que le dicen, les sonríe de vuelta y mete sus manos en los bolsillos, inclinando la cabeza a un lado para que lo acompañen afuera.

Sabe lo que sucederá. Mucho antes de que entraran al bar, Aion y Gabriel se habían demorado hablando de algo antes de bajar del auto. Pero cuando Gabriel salió, rápidamente notó que su auto había sido marcado. Se le había transformado la cara. Avistó una Partner azul estacionada a unos metros de ellos, con un hombre que les daba órdenes a las tres mujeres.

Aion no es un estúpido como para no saber que es una estafa. Mujeres usadas para prostituirse y también robar.

Cuando clava el cuchillo en el pecho de la que está en la cama, ni siquiera se molesta en pensar que ellas son tal vez víctimas. Su pulso no tiembla al pensar que tal vez fueron secuestradas, arrancadas de un hogar, o que tienen una familia.

Actúa con indolencia; cuando la más alta de ellas grita de horror, su cuchillo vuela hasta su garganta. La última huye hasta la puerta, desnuda, excepto por sus zapatos de tacón. Apenas logra abrirla antes de que él la alcance y la vuelva a cerrar de un golpe, estrellando la cabeza de la mujer contra la puerta con violencia.

Su sien comienza a sangrar, sus ojos desorientados no saben lo que está sucediendo. Aion la toma por la garganta, presionando tanto su mano que siente los fibrosos anillos de su tráquea siendo aplastados mientras ella se ahoga, con ojos llorosos y llenos de horror.

—¿Te dije que podías tocarme las manos? —susurra muy cerca de su cara—. Odio que me toquen las manos. Eres repugnante.

Su pulso cardíaco acelera con intensidad. Aion saca otra navaja y la apuñala, seccionándole la carótida. La sangre salpica las paredes y llega hasta el techo. La sensación en su estómago se siente natural cuando mata. Tal vez sí sea un monstruo. El olor y esa sustancia oscura bañando el lugar hasta son tranquilizadores.

Ella muere mirándolo a los ojos, la deja caer, y se queda quieto un instante hasta que oye los bajos gemidos de la primera mujer a la que atacó. Aion gira para verla. Su última víctima se arrastra con dificultad por el suelo.

Da una inspiración profunda guardando su navaja y se dirige al cadáver de la que está en la cama. Le pisa el pecho con la rodilla mientras recupera su cuchillo y con él termina con la vida de la última. Lo guarda bajo su abrigo, aún lleno de sangre, y sale de ese repulsivo cuarto barato.

Cuando baja a la recepción del motel, el recepcionista abre los ojos con espanto al verlo bañado en sangre y saca una Beretta. Pero el Sniper apunta y dispara su Glock antes, mucho antes de que pueda hacer nada, directo entre sus cejas. El hombre impacta contra la pared azul detrás y cae como un costal de piedras.

Aion mira a ambos lados de la calle, esperando a Gabriel mientras enciende otro cigarro, y cierra los ojos mientras inhala y saborea el tabaco en su boca. Su aliento se mezcla con el humo. Le echa un vistazo a la Partner negra donde encuentra al conductor muerto por una herida profunda en su garganta. Fue Gabriel, claro.




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