Los pecados de nuestras manos

Capítulo 15 Ep. 2 - "Decisiones inciertas"

Ahora que puede viajar solo, puede ir a aquellas zonas de Wintercold a las que de otro modo no podría haber accedido nunca. Está a unos noventa kilómetros de casa, cercano a los suburbios que acompañan al río Pomeroy en su trayecto hacia Ravenville. El aire helado lo golpea en toda la cara. El silencio y la lúgubre noche le inspiran cierta nostalgia. La humedad del aire entra en sus fosas nasales con un extraño aroma a roca caliza.

Aion deambula por una acera sombría, a través de unos edificios viejos frente al muelle que se extiende en las aguas serenas del río. Las paredes desteñidas y llenas de moho le proveen el suficiente reparo contra la brisa que proviene del río, y la oscuridad suficiente como para que pueda caminar sin preocuparse por que alguien lo reconozca. No es que importe mucho, con su cabello que se ha dejado crecer un poco más que de costumbre y su campera con capucha.

Se dirige al taller donde estacionó su auto. Está muy tranquilo a pesar del escenario que dejó atrás, y se irá a casa después de pasar por el club. Aion camina perdido en sus pensamientos, sin preocuparse por nada más. Saca un cigarrillo deteniéndose un momento para encenderlo, y es por esta acción tan ordinaria que se da cuenta de algo importante. Un vehículo pequeño con aspecto de ambulancia avanza a paso lento por la calle. Sin embargo, empieza a desacelerar una vez que pasa por su lado. Podría no significar gran cosa. Podría ser su paranoia jugando con su cabeza.

«Tal vez solo son un par de sujetos perdidos», intenta convencerse a sí mismo. Empieza a sentir el entumecimiento en sus manos mientras sostiene el cigarrillo en su boca y raspa un fósforo, la pequeña llama ilumina su rostro. Pero vuelve a alzar la vista hacia la ambulancia ahora detenida a varios metros más allá.

El fósforo se apaga en su mano, el miedo empieza a fragmentarlo desde el interior abriéndose paso por sus huesos. La horrible sensación de una nueva crisis de ansiedad progresa dentro de él. Aion trata de controlar su respiración y se quita el cigarrillo de la boca al mismo tiempo que busca rutas de escape.

Empieza a correr en la dirección opuesta a la que iba, y la ambulancia vuelve en reversa y da un brusco giro, directo hacia él. Aion corre a toda velocidad hacia la esquina, hasta que un balazo en la pierna lo desestabiliza haciéndolo trastabillar. El dolor es tan intenso que le hace apretar los dientes. Sin embargo, no es un proyectil estándar, porque no es ese tipo de dolor, no le atraviesa la carne, lo sabe. El impulso de su instinto de conservación que circula por su sangre le permite seguir moviéndose, aunque con mucha dificultad. Dobla en la esquina y el vehículo gira en su dirección. Maldice en voz baja al darse cuenta de que se ha alejado del muelle.

Un segundo impacto, más intenso esta vez, lo alcanza por la espalda con un dolor agudo que lo hace tropezar. Sus rodillas ceden y se desploma en el suelo, temblando con violencia.

«No entres en pánico», susurra su mente, pero ya está entrando en pánico. El vehículo pasa de largo y sube a la vereda unos metros más allá, haciendo que Aion sienta lástima por las pequeñas flores aplastadas por las ruedas del vehículo que le bloquea el paso. Dos figuras bajan de la ambulancia que él ahora puede identificar: un vehículo blindado, de esos que suelen transportar dinero a los bancos.

—Arriba, anda —ordena uno de ellos, una mujer cuya voz sale mitigada por la máscara que lleva y él apenas puede oírla bien—. Ponte de pie, vamos.

La mujer camina hacia él mientras Aion gruñe de dolor. Luego se incorpora tratando de retroceder, pero ambos apuntan con sus fusiles directo a su pecho: rifles con proyectiles de inducción nerviosa. No lo quieren muerto, eso lo puede ver, entonces ¿qué quieren?

»Manos arriba.

Aion los mira fijamente, con numerosas emociones contradictorias. Miedo, ira, impotencia, confusión. Aprieta sus manos y lucha contra el deseo de romper los doscientos seis huesos presentes en cada uno de estos individuos que se plantan tan campantes frente a él. Su cuerpo tiembla, su cerebro le dice que luche o empiece a correr, pero su cuerpo no obedece sus órdenes.

La mujer se acerca con prudencia y él la observa sin parpadear.

»Dije, manos arriba. Y date la vuelta.

Aion obedece a regañadientes. Se da la vuelta despacio, el desenfrenado latido de su corazón en sus sienes. Alza las manos en el aire y trata de actuar como si lo hubieran detenido por algo trivial, con la esperanza de que ella le crea.

El frío escala por su espina, y él jadea tratando de mantener la calma. Su cabeza da vueltas entre cientos de posibilidades. Es obvio que no se trata de la policía, ni de los federales, ni de la jodida Agencia de Seguridad, nada de eso, no… De otro modo, Gabriel ya estaría enterado. No sabe quiénes son estas personas ni qué desean, pero no va a dejarles salirse con la suya tan fácil. No va a dejar que lo humillen de esta manera sin luchar primero, aunque eso signifique que tendrá que matarlos. Su corazón desfallece ante esa idea, pero se obliga a enfocarse.

Espera con calma a que la mujer cuelgue su rifle en su espalda y se acerque para esposar sus muñecas. Lo toma con gentileza y él cierra los ojos, aún alterado. «Gabriel no permitiría esto», piensa, Gabriel los aniquilaría sin titubear.

Sabe que tiene que hacer algo. No puede quedarse allí, quieto, mientras ella va a esposarlo y secuestrarlo. No es posible. Debe actuar, y debe hacerlo ya.




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