Las luces titilaban en sintonía con las campanas de la majestuosa boda. Parado en el altar, con la espalda recta y la paciencia al límite, Félix solo tenía una cosa en mente: «Ya estamos en los pasos finales de la misión… Solo necesito que esta mujer diga que sí. Vamos, mujer, ¡apresúrate!».
La novia se giró hacia él. Al notar la extraña y tensa sonrisa dibujada en el rostro de su prometido, ladeó la cabeza.
—¡Félix! ¡Félix! —le llamó en un susurro apresurado.
—S… sí —respondió él, saliendo de su trance.
—¿Por qué siempre eres así? En unos minutos el padrecito nos va a unir ante el Señor Dios… Debemos estar felices.
—Sí, es cierto —mintió Félix.
Con una profunda tristeza disimulada tras los ojos, se acercó a la hermosa mujer. «Listo… Solo falta que nos comprometa el cura para poder escapar de aquí», pensó para sus adentros, dedicándole una mirada sombría en silencio. «¡Beatriz, me la pagarás si esto sale mal!».
Acercándose al altar, el sacerdote juntó las manos. Ambos jóvenes se inclinaron para recibir la bendición celestial y, de pronto, una sagrada luz descendió sobre sus cabezas.
—¡Y por el Señor, los declaro marido y mujer!
Las campanas repicaron con fuerza mientras resplandores cegadores los cubrían de forma espectacular. Beatriz lucía radiante, desbordando alegría. «Un momento… ¿por qué se acerca tanto?», alcanzó a pensar Félix antes de que un beso acalorado pero dulce pusiera fin a la ceremonia.
«¡Maldita sea, que esto se acabe ya!».
Discretamente, el recién casado movió la mano y tronó los dedos. ¡Clac, clac! Por fin.
De pronto, un potente grito retumbó desde los cielos:
—¡Víbora del mar naciente!
—¡Félix, cuidado! —chilló la mujer, lanzándose instintivamente para proteger a su nuevo esposo.
Félix extendió la mano para sujetarla, pero… ¡ROAR!
Atravesando el techo de la iglesia, una víbora gigantesca de cinco metros de alto emergió del caos y se tragó al joven de un solo bocado.
—¿¡Qué...!? ¿¡Por qué!?
El desgarrador grito de la mujer resonó por todo el santuario. Con los ojos anegados en lágrimas, rompió a llorar y suplicó por la vida de su marido.
La oscuridad dentro de las fauces era pegajosa y sofocante, pero para Félix se sentía como la gloria misma.
«¡Por fin soy libre!», suspiró para sus adentros, relajando los hombros entre los colmillos gigantes. «Aunque, definitivamente, esta tarea se la voy a encomendar a Alexia la próxima vez…».
El alivio, sin embargo, le duró poco. A medida que la enorme bestia excavaba violentamente a través de la tierra, la presión de sus mandíbulas comenzó a aplastarle las costillas.
—¡Ey, mocoso! —le gritó a la bestia, tosiendo tierra y sacudiéndose con torpeza—. ¿Qué demonios intentas hacer? ¿En serio me quieres matar? ¡Ahhh!
A pesar de los quejidos de su pasajero, cualquiera juraría que la colosal víbora sonrió. Completamente orgullosa de su hazaña, continuó su brutal avance subterráneo, dejando un rastro de destrucción en la superficie.
Arriba, en lo que quedaba del altar, la desesperación de la reciente viuda duró apenas un instante antes de transformarse en pura furia asesina. Con un grito desgarrador, Beatriz agarró la tela de su inmaculado vestido y, de un tirón brutal, lo hizo jirones. Debajo no ocultaba un frágil ajuar, sino un temple de acero. De la nada, empuñó una espada tan grande e imponente que cortaba el viento con un zumbido.
—¡Me vas a pagar muy caro lo que le hiciste al hombre que amo! —rugió, con los ojos inyectados en sangre y las venas del cuello marcadas—. ¡Espada del Amanecer!
La hoja del arma estalló en un fulgor rojo amarillento, desprendiendo un calor que marchitó las flores de la boda. Con un salto sobrehumano, Beatriz arremetió desde las alturas, clavando su hoja contra el suelo agrietado para ensartar a la serpiente en su huida.
Bajo tierra, Félix sintió el masivo temblor que amenazaba con sepultarlos.
«Ay, esta mujer no coopera», pensó, rodando los ojos con pesadez.
—Bueno, Jörmungandr —le murmuró a la víbora con tono cansado—, permíteme liberar mis manos… Voy a tener que detener esto.
La serpiente asintió dócilmente, aflojando su agarre y dejando que el medio torso del joven emergiera hacia el exterior justo a tiempo.
El aire crujió.
—¡Habilidad Continua: Nulidad!
Editado: 31.07.2026