El Sabor De Los SueÑos

CAPÍTULO 11 LO QUE EMPIEZA A DOLER

«A veces, los celos no nacen del miedo a perder a alguien, sino de descubrir que, sin darnos cuenta, ya le hemos dado un lugar en nuestro corazón.»

Isabel

A la mañana siguiente, desperté con el tobillo todavía adolorido y una sonrisa que me negaba a reconocer.

La culpa era de Adrián.

De su voz, de su sonrisa y de aquella manera tan suya de hacerme sentir que, por unos instantes, podía olvidarme de todo lo que me preocupaba.

Me quedé mirando el techo, recordando cómo me había ayudado a subir al automóvil, cómo había puesto la calefacción y cómo se había burlado de mí cuando le pedí que me dejara en una esquina para que mi padre no nos viera.

Al recordarlo, volví a sonreír.

—Definitivamente, estoy perdiendo la cabeza —murmuré.

Me levanté de un salto, olvidando por un momento el dolor del tobillo, y fui a buscar mi teléfono para revisar la hora.

La pantalla permaneció negra.

Presioné el botón de encendido.

Nada.

Volví a intentarlo.

Nada.

—No. No, no, no… ¡Ahora no!

Busqué el cargador, lo conecté y esperé unos segundos. La pantalla seguía sin dar señales de vida.

Miré el reloj de la pared.

—¡Voy a llegar tarde!

Me vestí a toda velocidad, guardé el teléfono en la mochila y salí de casa después de despedirme de mi padre. No podía avisar al café, y eso me preocupaba más que el hecho de llegar tarde. La dueña ya tenía suficiente con sus comentarios sobre mis horarios y mis supuestas distracciones.

Lo que no imaginaba era que, mientras yo corría por las calles, en el café estaba a punto de desatarse una pequeña catástrofe.

Cuando llegué, abrí la puerta con tanta prisa que la campanilla sonó como si estuviera anunciando una emergencia.

Y, en cierto modo, lo estaba.

Me quedé inmóvil en la entrada.

Lorena estaba detrás del mostrador, con harina en el cabello, en las pestañas y hasta en la punta de la nariz. Parecía que alguien la había utilizado para limpiar un saco de harina que acababa de explotar.

La dueña, por su parte, sostenía una espátula en una mano y un recipiente en la otra. Tenía la expresión de quien estaba a punto de declarar la guerra a una mezcla de ingredientes.

Sobre la mesa había huevos rotos, harina desparramada, leche derramada y una masa que no tenía el aspecto de nada que yo hubiera preparado jamás.

Miré la escena.

Después miré a Lorena.

Ella me miró a mí.

—No preguntes —dijo.

Me llevé una mano a la boca para no reírme.

—¿Qué pasó aquí?

—¡Te dije que no preguntaras!

La dueña se volvió hacia mí.

—¡Por fin llegas, Isabel! ¿Se puede saber dónde estabas?

—Lo siento muchísimo. Mi teléfono no enciende y no pude avisar. Me retrasé porque…

—Siempre hay una explicación contigo.

Bajé la cabeza.

—Lo siento, señora. No volverá a pasar.

—Eso espero. Aunque, francamente, no entiendo por qué todos creen que este café no puede funcionar sin ti.

Miré de reojo a Lorena, que tenía una mancha blanca en la mejilla y una expresión que me suplicaba que no la hiciera reír.

—Precisamente —continuó la dueña—, hoy decidí preparar los panqueques yo misma. No puede ser que una receta tan sencilla dependa de una sola persona.

Miré la masa.

Luego los huevos rotos.

Después la leche que goteaba lentamente por el borde de la mesa.

—Claro —respondí con toda la seriedad que pude reunir—. Los panqueques son muy sencillos.

Lorena cerró los ojos.

La dueña me entregó la espátula.

—Perfecto. Entonces ven y termina esto.

Me acerqué al recipiente y observé la mezcla. Estaba demasiado espesa, tenía grumos y, por alguna razón que preferí no investigar, olía ligeramente a vainilla.

—¿Qué ingredientes utilizó?

—Los de siempre.

—¿En qué cantidades?

—Las necesarias.

Respiré hondo.

—Entiendo.

No entendía absolutamente nada.

Lorena se inclinó hacia mí y susurró:

—Creo que puso sal en lugar de azúcar.

Miré el recipiente.

—¿Cuánta?

—No preguntes.

Tuve que morderme el labio.

La dueña nos observó con desconfianza.

—¿Qué tanto murmuran?

—Nada, señora —contestamos al mismo tiempo.

Aquello terminó de arruinar mi intento de mantener la compostura.

Me eché a reír.

Primero fue una risa pequeña, que intenté disimular detrás de la mano. Después Lorena comenzó a reír también, y en pocos segundos las dos estábamos intentando recuperar el aire mientras la dueña nos miraba como si acabáramos de cometer una falta imperdonable.

—¡No le encuentro la gracia!

—Perdón, señora —dije, secándome los ojos—. Es que… la harina…

Lorena se pasó una mano por el cabello y una nube blanca cayó sobre el mostrador.

Aquello fue demasiado.

Volvimos a reírnos.

—¡Basta! —ordenó la dueña—. ¡Pónganse a trabajar!

Obedecimos.

Yo me arremangué, revisé la mezcla e intenté salvar lo que todavía podía salvarse. Lorena limpió la mesa y recogió los huevos rotos mientras la dueña, muy digna, se retiraba a su oficina.

Antes de desaparecer, se volvió hacia nosotras.

—Y que quede claro: esto no demuestra que Isabel sea imprescindible.

—Por supuesto que no, señora —respondí.

Cuando se marchó, Lorena me tomó del brazo.

—Amiga, si algún día decides renunciar, avísame con tiempo para que pueda buscar otro empleo. Porque yo no pienso volver a pasar por una experiencia culinaria como esta.

Solté una carcajada.

—¡Pero si tú estudiaste conmigo cómo hacer panqueques!

—Sí, Isabel. Pero yo estudié cómo hacerlos contigo. No cómo sobrevivir sin ti.

Me quedé mirándola.

Y, por alguna razón, aquellas palabras me hicieron sentir un poco mejor.

Quizá no era imprescindible para el mundo entero. Pero había personas que confiaban en mí, que me necesitaban y que reconocían mi esfuerzo incluso cuando yo misma olvidaba cuánto me costaba seguir adelante.




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