El Sabor De Los SueÑos

CAPÍTULO 12 LO QUE QUEDA DE UNA MADRE

«A veces, las personas que más nos aman son aquellas por las que más luchamos; y otras veces, quienes deberían protegernos conocen tan bien nuestras heridas que saben exactamente cómo convertirlas en cadenas.»

Adrián siempre había creído que, mientras pudiera decir que no, todavía era libre.

Había aprendido a desafiar a su padre con silencios, con miradas cargadas de desprecio y con esa obstinación que, desde niño, le había ganado más de una discusión. No era un hombre acostumbrado a agachar la cabeza. Mucho menos a aceptar que alguien decidiera por él.

Pero había heridas que no se cerraban con los años.

Y había amenazas capaces de devolverlo a la infancia en un solo instante.

Aquella noche, cuando el automóvil de su padre lo dejó frente a la residencia familiar, Adrián ya sabía que no lo habían llamado para conversar.

Lo esperaba una sentencia.

—Llegas tarde —dijo su padre cuando lo vio entrar al despacho.

Adrián ni siquiera se molestó en mirar el reloj.

—Si me hubieras llamado para algo que mereciera mi tiempo, quizá habría llegado antes.

Su padre dejó lentamente la copa que sostenía sobre el escritorio.

—Sigues creyendo que puedes hablarme como quieras.

—Y tú sigues creyendo que puedes disponer de mi vida como si fuera otra de tus propiedades.

El silencio que siguió fue tan denso que Adrián pudo escuchar el leve zumbido del aire acondicionado.

Su padre se levantó.

—Mañana cenarás con los Suárez. La familia está al tanto de nuestras conversaciones y espera una respuesta definitiva.

—Entonces tendrán que aprender a esperar.

—No voy a permitir que me avergüences delante de esa familia.

—No voy a comprometerme con una mujer a la que no amo para que tus negocios sigan prosperando.

Su padre rodeó el escritorio.

—¿Amor? —repitió con una risa seca—. ¿Desde cuándo esa palabra se ha convertido en una excusa para comportarte como un adolescente?

—Desde que comprendí que no quiero terminar viviendo la vida que tú elegiste para mí.

Adrián sintió que algo se tensaba en el rostro de su padre.

Lo conocía demasiado bien. Sabía cuándo una conversación estaba a punto de terminar y cuándo estaba a punto de convertirse en algo mucho peor.

Aun así, no retrocedió.

—No soy tú —dijo—. No voy a casarme por conveniencia. No voy a sonreír frente a una mujer mientras ambos fingimos que esto es amor. Y no voy a permitir que sigas utilizando mi apellido para comprarme el futuro.

La bofetada llegó antes de que pudiera terminar de respirar.

El golpe le volvió el rostro hacia un lado. Durante unos segundos, Adrián permaneció inmóvil, con la mandíbula apretada y una mano apoyada sobre el borde del escritorio.

No era la primera vez que su padre cruzaba una línea.

Pero sí era una de esas ocasiones en las que algo dentro de él, algo que llevaba años intentando mantener entero, amenazaba con romperse.

Se limpió con el pulgar la sangre que comenzaba a asomar en la comisura de sus labios.

Después volvió a mirarlo.

—¿Eso es todo? —preguntó con voz baja—. ¿Golpearme porque ya no sabes cómo convencerme?

Su padre lo sujetó por la camisa y lo empujó contra la pared.

—¡Vas a aprender a respetarme!

Adrián intentó apartarlo, pero el hombre lo golpeó de nuevo. Esta vez, el dolor le estalló en el labio y le dejó un sabor metálico en la boca.

—¡No vuelvas a levantarme la mano! —espetó Adrián, sujetándole la muñeca.

Durante un instante forcejearon. El padre consiguió apartarlo y lo empujó contra una silla. Adrián cayó de rodillas, golpeándose el hombro contra el mueble.

No pidió que se detuviera.

No suplicó.

Y quizá fue eso lo que más enfureció a su padre.

—¿Quieres jugar a ser un hombre independiente? Perfecto. Veamos cuánto te dura esa valentía cuando te quite todo lo que todavía te ata a esta familia.

Adrián se incorporó despacio.

—No necesito tu dinero.

—No hablo de dinero.

Aquellas cuatro palabras lo hicieron quedarse quieto.

Su padre lo observó con una frialdad que Adrián no le había visto ni siquiera durante las discusiones más crueles.

—¿Recuerdas las pertenencias de tu madre que conservamos en esta casa?

El aire pareció desaparecer del despacho.

Adrián no respondió.

No hacía falta.

Su padre conocía la respuesta. Siempre la había conocido.

—Las joyas, sus cartas, las fotografías, las cajas que te empeñas en guardar como si fueran reliquias sagradas… —continuó—. Esta casa es mía. Todo lo que hay en ella está bajo mi autoridad. Si quiero deshacerme de esas cosas, puedo hacerlo.

—No te atrevas.

Fue la primera vez que la voz de Adrián perdió su firmeza.

Su padre lo notó.

Y sonrió apenas.

—Ahí está. Por fin encontramos algo que te importa más que tu orgullo.

Adrián sintió que regresaba a una habitación de su infancia. Una habitación donde las cortinas siempre estaban cerradas y el olor del perfume de su madre parecía resistirse a desaparecer de las telas.

Recordó las tardes en que se sentaba a su lado mientras ella le hablaba de libros, de lugares que algún día conocerían juntos y de la vida que él tendría cuando fuera mayor.

Recordó sus manos, siempre tibias, acomodándole el cabello.

Recordó que, cuando su padre no estaba, ella reía con una libertad que parecía imposible dentro de aquella casa.

Y recordó el relicario.

La última vez que vio a su madre consciente, Adrián tenía diez años.

La enfermedad había avanzado más de lo que él comprendía. Los adultos hablaban en voz baja, interrumpían las conversaciones cuando él entraba y fingían sonrisas que nunca alcanzaban sus ojos.

Su madre estaba recostada en la cama, pálida y demasiado delgada. Aun así, cuando él apareció en la puerta, abrió los brazos.




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