El Sabor De Los SueÑos

CAPÍTULO 13 LA DISTANCIA ENTRE DOS MUNDOS

«A veces, la vida no nos separa de las personas que queremos; simplemente nos coloca frente a una puerta que ninguno de los dos sabe cómo abrir.»

Isabel

Isabel había descubierto que existían muchas maneras de extrañar a alguien.

Estaba la forma evidente, esa que te hacía mirar el teléfono cada cinco minutos, releer conversaciones antiguas y sonreír sin querer cuando encontrabas un mensaje que ya conocías de memoria.

Y estaba la otra.

La más silenciosa.

La que consistía en mirar hacia la puerta de la cafetería cada vez que sonaba la campanilla, para después bajar la vista rápidamente y fingir que no habías esperado a nadie.

Isabel estaba aprendiendo a vivir con esa segunda forma.

Llevaba varios días sin ver a Adrián.

Al principio, se había convencido de que estaba ocupado. Después, de que quizás necesitaba tiempo para acostumbrarse a su compromiso con Valeria. Finalmente, había llegado a la conclusión que más le dolía: tal vez él nunca había sentido lo mismo que ella.

O tal vez sí, pero no lo suficiente.

—Si sigues mirando la puerta de esa manera, voy a empezar a cobrarte por vigilancia —comentó Lorena mientras acomodaba unas tazas detrás del mostrador.

Isabel apartó la mirada de inmediato.

—No estaba mirando la puerta.

—Claro. Estabas admirando la arquitectura de la entrada. Una actividad muy normal en una cafetería.

—Lorena…

—¿Qué? Estoy preocupada por ti. Desde hace días tienes la misma expresión de una persona a la que le han servido café descafeinado sin avisarle.

Isabel soltó una risa breve.

—Eres insoportable.

—Y, sin embargo, aquí me tienes. Tu amistad conmigo es una prueba de tu extraordinaria capacidad para soportar el sufrimiento.

Esta vez Isabel rio de verdad, aunque la sonrisa no le duró demasiado.

Lorena lo notó.

Siempre lo notaba.

Se acercó y apoyó los codos sobre el mostrador.

—Isa, puedes decirme que estás triste. No voy a organizarte un funeral ni a poner música dramática.

—No estoy triste.

—Entonces estás enferma.

—¡Lorena!

—Bueno, descarto la enfermedad. Tienes demasiada mala cara para estar feliz, pero todavía puedes discutir conmigo. Eso es buena señal.

Isabel negó con la cabeza, divertida a pesar de todo.

—Estoy bien. De verdad. Tengo muchas cosas que hacer con lo de la representación gastronómica y no puedo distraerme.

—Perfecto. Nos concentraremos en la representación gastronómica. En el menú, en los ingredientes, en la presentación y en todo lo que haga falta.

Lorena hizo una pausa y la señaló con un dedo.

—Pero si vuelves a mirar esa puerta, te voy a poner a limpiar las ventanas hasta que se te quite la costumbre.

—¿Las dos caras?

—Las cuatro. Y si sigues así, también el techo.

Isabel volvió a reír.

Agradecía que Lorena no la obligara a hablar. Que le permitiera fingir durante algunos minutos que el mundo seguía siendo el mismo y que su corazón no se había convertido en una habitación desordenada en la que ya no sabía dónde guardar nada.

No le contó que había revisado sus mensajes antes de dormir.

Tampoco que, algunas noches, abría la conversación con Adrián y escribía una pregunta que nunca llegaba a enviar.

¿Por qué dejaste de venir?

Era una pregunta sencilla.

Pero la respuesta podía destruir lo poco que le quedaba de esperanza.

Así que borraba las palabras y apagaba el teléfono.

Había aprendido a cocinar para muchas personas, a trabajar hasta que le dolieran los pies y a sonreír incluso cuando la vida no le daba demasiados motivos.

Lo que todavía no sabía era cómo dejar de esperar a alguien sin sentir que estaba renunciando a una parte de sí misma.

Adrián

Adrián tampoco estaba bien.

La diferencia era que él había decidido convertir su sufrimiento en una especie de castigo.

No volvería a la cafetería.

No buscaría a Isabel.

No le escribiría.

Y, sobre todo, no permitiría que ella se acercara más a una vida en la que su padre podía utilizar cualquier afecto como un arma.

Había tardado varias noches en comprender que las amenazas de su padre no eran simples palabras dichas durante una discusión. Conocía demasiado bien a aquel hombre. Sabía hasta dónde podía llegar cuando sentía que perdía el control.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Adrián tuvo miedo.

No por sí mismo.

Por Isabel.

Pensar en ella recibiendo una llamada amenazante, perdiendo su trabajo o viendo cómo alguien perjudicaba sus oportunidades por culpa de él le resultaba insoportable.

Isabel ya tenía suficientes problemas. Su padre, sus estudios, las dificultades económicas y ese sueño enorme que perseguía con una determinación que Adrián admiraba más de lo que había sido capaz de confesarle.

No podía convertirse en otro problema para ella.

Aunque eso significara desaparecer de su vida.

La decisión, sin embargo, no lo hizo más fuerte.

Lo fue destruyendo poco a poco.

Comenzó a dormir mal. Pasaba las noches dando vueltas en la cama, con el teléfono en la mano, preguntándose si Isabel estaría despierta, si habría terminado sus tareas, si habría conseguido resolver los gastos de la representación gastronómica.

A veces abría la conversación entre ambos.

Leía los últimos mensajes.

Cuida ese tobillo, ogro.

No me des órdenes, cocinera.

Entonces no te quejes cuando te prepare algo demasiado dulce.

Aquellas tonterías, que antes le provocaban una sonrisa, ahora le apretaban el pecho.

Una noche escribió:

¿Cómo estás?

Se quedó mirando la pantalla.

Después borró el mensaje.

Otra noche escribió:

Te extraño.

Esa vez tardó más en borrarlo.

Al final, apagó el teléfono y lo dejó sobre la mesa, como si aquel pequeño gesto pudiera devolverle el control de su vida.




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