El Sabor De Los SueÑos

CAPÍTULO 14 A FUEGO LENTO

«Hay sueños que se ponen a prueba cuando todo parece estar en nuestra contra; y amores que, por miedo a perderlo todo, terminan arriesgándose a perderse a sí mismos.»

Cuarenta y ocho horas para demostrarlo todo

Isabel llevaba diez minutos mirando la lista de ingredientes sin escribir una sola palabra.

Trucha fresca. Quinua real. Tumbo. Habas. Hierbas aromáticas.

Ingredientes de calidad, una preparación técnicamente impecable y una presentación que debía demostrar creatividad, equilibrio de sabores y dominio de las técnicas culinarias.

No parecía imposible.

El problema era que el dinero no alcanzaba para comprar todo lo que necesitaba, y el plazo para presentar la preparación era tan corto que ni siquiera tenía tiempo de buscar una alternativa económica para cada ingrediente.

Volvió a leer las instrucciones.

Después miró la libreta donde había anotado los gastos de su propuesta original.

Hizo una resta.

Luego otra.

El resultado siguió siendo el mismo.

No alcanzaba.

—Voy a hacer una pregunta y quiero que me respondas con sinceridad —dijo Lorena desde el otro lado de la mesa.

Isabel levantó la vista.

—¿Qué?

—¿Existe alguna posibilidad de que los organizadores hayan escrito mal el correo y en realidad quieran que llevemos una fotografía de un plato?

Isabel la miró sin expresión.

—No.

—¿Ni siquiera una fotografía enmarcada?

—Lorena.

—Está bien, está bien. Era una propuesta innovadora.

Isabel dejó caer el bolígrafo sobre la mesa.

—No sé qué voy a hacer.

Fue la primera vez que lo dijo en voz alta.

Hasta entonces había intentado convencerse de que encontraría una solución, como siempre. Pero ahora el tiempo corría demasiado deprisa y cada alternativa parecía conducirla a la misma conclusión.

Podía preparar un plato extraordinario.

Podía trabajar hasta quedarse dormida sobre la mesa.

Podía demostrar que conocía las técnicas, que entendía los sabores y que tenía algo propio que ofrecer.

Pero no podía cocinar con ingredientes que no tenía.

Lorena se acercó y se sentó a su lado.

—Escúchame. Tenemos dos días. He visto cómo preparas un plato con cuatro cosas que otros tirarían a la basura y consigues que parezca de restaurante caro. No vas a decirme ahora que una lista de ingredientes te va a vencer.

—No es solamente la lista. Tengo que comprarlo todo, preparar la muestra y entregar la ficha técnica con el presupuesto. Y si consigo pasar esta prueba, todavía tengo que cubrir los gastos de la representación.

—Perfecto. Entonces tenemos varios problemas.

—Qué alentador.

—Y varias soluciones posibles. Soy muy buena encontrando soluciones.

Isabel alzó una ceja.

—¿Desde cuándo?

—Desde que te conozco. Antes de eso, mi talento estaba desperdiciado.

Isabel rio, pero la preocupación seguía allí.

Lorena le tomó la mano.

—Isa, no vamos a resolverlo todo en diez minutos. Primero conseguiremos los ingredientes. Después prepararemos el plato. Y luego veremos cómo seguimos. Un problema a la vez.

Isabel respiró hondo.

—¿Y si no lo consigo?

Lorena le sostuvo la mirada.

—Entonces habremos hecho todo lo que estaba en nuestras manos. Pero no voy a permitir que te rindas antes de intentarlo.

Isabel volvió a mirar la lista.

Cuarenta y ocho horas.

Quizá no eran suficientes para resolver todos sus problemas.

Pero sí para empezar.

—Está bien —dijo finalmente—. Vamos a conseguir esos ingredientes.

Lorena se levantó de un salto.

—¡Esa es la actitud!

Después recogió la libreta y la abrazó contra su pecho.

—Y si no conseguimos la trucha, improvisaremos.

—No podemos improvisar una trucha.

—No me subestimes. Todavía no conoces todas mis habilidades.

—Me da miedo preguntarte cuáles son.

—Haces bien.

Por primera vez desde que había recibido el correo, Isabel sonrió sin sentir que estaba obligándose a hacerlo.

No sabía cómo terminaría aquella prueba.

Pero, al menos, no tendría que enfrentarla sola.

La primera lección de su madre

Esa tarde, Isabel regresó a casa con la libreta bajo el brazo y la cabeza llena de posibilidades.

Su padre estaba arreglando una pequeña bisagra de la cocina cuando ella entró.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó, señalando el cuaderno.

—Mi condena.

Él dejó el destornillador sobre la mesa.

—¿Otra vez los estudios?

—La representación gastronómica. Han cambiado las condiciones y ahora tengo que presentar una preparación adicional en menos de dos días.

Su padre la observó.

—¿Y cuál es el problema?

Isabel abrió la libreta y le mostró los ingredientes.

—Este es el problema.

Él examinó la lista con la seriedad de quien intenta descifrar un documento oficial.

—Trucha, quinua, tumbo… ¿Y para qué necesitas todo esto?

—Para preparar un plato que demuestre que merezco representar al instituto.

Su padre volvió a mirar la lista.

—¿Y cuánto cuesta?

Isabel dudó.

—Papá…

—Isabel.

Ella le mostró el presupuesto.

Él silbó suavemente.

—Vaya. Con eso podríamos comer varios días.

—Por eso no quería decírtelo. Ya tenemos suficientes gastos y no quiero que te preocupes por algo que ni siquiera sé si voy a conseguir.

Su padre dejó la libreta sobre la mesa.

—¿Te acuerdas de cuando tenías ocho años y querías preparar una torta para el cumpleaños de tu madre?

Isabel sonrió.

—Claro. Le puse demasiada esencia de vainilla.

—¿Demasiada? La casa olía a vainilla durante tres días. Por un momento pensé que habíamos abierto una perfumería.

—¡No fue para tanto!

—Tu madre se comió un pedazo y dijo que estaba deliciosa. Después me pidió que abriera todas las ventanas.




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