«A veces, los sueños nacen de las manos de quienes nos enseñaron a amar; y otras veces, debemos encontrar el valor para defenderlos de quienes creen tener derecho a decidir por nosotros. Porque callar también es una elección, y no siempre es la que nos salva.»
Isabel llevaba casi veinte minutos frente al espejo cuando Lorena decidió que había llegado el momento de intervenir.
—Isa, te lo voy a preguntar por última vez: ¿vas a esa recepción para presentar tu trabajo o para comprobar cuántas veces puedes romperte el corazón en una sola noche?
Isabel dejó de acomodarse el cabello.
—Voy porque me seleccionaron para representar al Instituto Lincoln.
—Perfecto. Esa es la respuesta oficial. Ahora dame la verdadera.
—Lorena…
—Está bien, no me digas nada. Pero, por favor, si vas a sufrir, hazlo con un vestido bonito. Una tiene que mantener la dignidad, incluso cuando el corazón decide comportarse como un idiota.
Isabel soltó una carcajada.
Sobre la cama descansaba el vestido azul oscuro que había conseguido prestado gracias a una compañera del instituto. Era sencillo, elegante y no necesitaba adornos para hacerla sentir especial. Se había recogido el cabello, dejando algunos mechones ondulados junto al rostro, y apenas se había maquillado.
No tenía joyas costosas ni un bolso de diseñador. Tampoco llevaba el perfume que las mujeres de las revistas utilizaban para anunciar que pertenecían a un mundo al que ella jamás había tenido acceso.
Pero, al mirarse al espejo, sintió algo que llevaba días sin experimentar.
Orgullo.
Había conseguido superar una evaluación que parecía diseñada para hacerla renunciar. Había buscado ingredientes, calculado cada gasto, corregido una receta y cocinado hasta que sus manos estuvieron cansadas y sus ojos no pudieron mantenerse abiertos.
No había llegado hasta allí por casualidad.
Había trabajado por su lugar.
—¿Qué te falta? —preguntó Lorena, observándola.
Isabel se acercó a la cama y abrió cuidadosamente su bolso.
Sacó un pequeño retrato protegido por una funda transparente. Era una fotografía de su madre, tomada muchos años atrás, cuando todavía tenía fuerzas para reírse de las ocurrencias de su hija. Su cabello estaba recogido de manera sencilla y tenía aquella sonrisa que Isabel recordaba cada vez que preparaba una receta que habían hecho juntas.
La fotografía no era perfecta. Los bordes estaban algo gastados y una esquina se había doblado con el tiempo.
Pero para Isabel era uno de los objetos más valiosos que poseía.
—¿Vas a llevarla? —preguntó Lorena, suavizando la voz.
Isabel asintió.
—Quiero tenerla conmigo.
—¿Por qué no la dejas en casa, donde está segura?
Isabel acarició el borde de la fotografía.
—Porque hoy voy a hablar de cocina delante de personas que pueden ayudarme a cumplir mi sueño. Y no quiero hablar de lo que significa para mí sin recordar de dónde viene todo esto.
Lorena se sentó a su lado.
—Tu mamá estaría muy orgullosa de ti.
Isabel sonrió, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.
—A veces me da miedo olvidar su voz.
—No vas a olvidarla.
—Recuerdo sus manos, su manera de probar las cosas antes de agregar más sal, cómo me hacía cerrar los ojos para descubrir los ingredientes… Pero hay días en los que intento recordar exactamente cómo sonaba su risa y no consigo hacerlo.
Lorena le tomó la mano.
—Isa, no tienes que recordarlo todo perfectamente para seguir llevándola contigo.
Isabel bajó la mirada hacia la fotografía.
—Cuando era pequeña, pensaba que algún día tendría un restaurante enorme. Le decía que iba a preparar platos tan deliciosos que la gente viajaría desde otros países para probarlos. Ella se reía y me preguntaba qué haría si un día se acababa el chocolate.
—Una pregunta completamente razonable —intervino Lorena—. Una tragedia de proporciones internacionales.
Isabel rio entre lágrimas.
—Yo le decía que inventaría algo mejor.
—Y mírate. Sigues intentando inventar algo mejor.
Isabel guardó el retrato con cuidado.
—No sé si algún día tendré ese restaurante.
—No tienes que saberlo hoy.
—¿Y si no lo consigo?
Lorena la miró con una seriedad poco habitual en ella.
—Entonces habrás hecho todo lo posible por intentarlo. Pero no me vengas con que no puedes conseguirlo antes de que siquiera te hayan dado la oportunidad de demostrarlo. Para rendirte, primero tendrías que dejarme sin argumentos, y eso todavía no ha sucedido.
Isabel sonrió.
En ese momento, su padre apareció en la puerta.
Se quedó observándola unos segundos.
—Estás preciosa, hija.
—Gracias, papá.
Él se acercó y reparó en el pequeño retrato.
—¿Vas a llevar a tu mamá?
Isabel asintió.
Su padre no dijo nada al principio. Se limitó a contemplar la fotografía, y en sus ojos apareció una nostalgia tan profunda que Isabel sintió que el corazón se le encogía.
—A ella le habría encantado verte así —murmuró—. No por el vestido ni por la recepción. Por la manera en que sigues luchando por lo que quieres.
Isabel lo abrazó.
—Ojalá pudiera verme esta noche.
Su padre le besó la frente.
—Tal vez no pueda estar físicamente a tu lado, pero todo lo que te enseñó sigue contigo. En tus manos, en tu manera de cuidar a las personas y en esa terquedad que heredaste de ella.
—¿Terquedad? —preguntó Isabel, separándose para mirarlo.
—Una terquedad terrible.
—¡Papá!
—Tu madre decía exactamente lo mismo.
Lorena se llevó una mano al pecho.
—Confirmado. La familia entera tiene un problema de carácter.
Los tres rieron.
Después, el padre de Isabel tomó las manos de su hija.
—Escúchame bien. No importa cuánto dinero tengan las personas que estén en esa recepción ni qué apellidos lleven. Tú no tienes que demostrar que eres mejor que nadie para merecer tu lugar. Ya trabajaste por él.