HAY QUE TRABAJAR ESO
—Está bien... lo sé, me equivoqué. Por ahora ve a dormir. Yo seguiré con el caso junto a María, ¿sí? Después puedes regañarme y gritarme todo lo que quieras.
Marco soltó un largo suspiro y, para sorpresa de todos, aceptó la propuesta.
—Está bien... pero ni creas que con esto te salvas del regaño.
Sin añadir nada más, dio media vuelta y regresó a la pequeña habitación.
Eithan dejó escapar un suspiro de alivio, luego dirigió una mirada de reproche al agente.
—Para la próxima, no lo grites a los cuatro vientos, ¿quieres?
—¡Eithan, deja al chico en paz! —se escuchó la voz de Marco desde la habitación.
Tanto el agente como María contuvieron una risa al ver cómo Eithan daba un pequeño respingo del susto y volteaba de inmediato hacia la puerta.
—Bien... ya me volvió a regañar, así que te salvas por esta vez. —murmuró.
Esperó unos segundos antes de comprobar que Marco no volvería a intervenir. Solo entonces respiró tranquilo.
—¿Ya trasladaron el cadáver a la unidad forense?
—Sí, detective. Hace unos minutos. —respondió el agente, intentando recuperar la compostura después de la escena.
—¿Y Damián? ¿Estaba siendo vigilado en ese momento?
—Así es. Sin embargo, volvió a aparecer el mismo automóvil cerca del lugar. Esta vez logramos captar la placa completa. También tiene un distintivo de un hospital. Ya se está rastreando al propietario del vehículo. Dentro de poco sabremos a quién pertenece.
Eithan asintió con satisfacción.
—Bien. Me gusta que hayan actuado tan rápido.
Luego dirigió la mirada hacia María.
—¿Lista? Iremos a la escena del crimen. Tal vez encontremos alguna otra pista.
María tomó su chaqueta.
—Claro. ¿Puedo conducir?
Eithan guardó silencio unos segundos antes de negar con la cabeza.
—Mejor no.
—¿Por qué?
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Eithan.
—Digamos que ya tuve suficiente estrés enseñándole a conducir a cierto detective... y no pienso repetir la experiencia.
Al llegar a la escena del crimen, todo ya estaba acordonado. Era un predio de buses completamente vacío, no había autobuses ni automóviles, únicamente una gran mancha de sangre en medio del terreno. Eithan observó los alrededores durante unos segundos.
—Bien, nos dividiremos. Si encuentras algo sospechoso, llámame de inmediato. ¿Entendido?
—Sí, señor.
Ambos tomaron direcciones distintas. Después de un buen rato, Eithan se dio por vencido. No había encontrado absolutamente nada.
Dirigió la mirada hacia María y notó que permanecía agachada observando algo.
—¿Encontraste algo?
María dio un pequeño sobresalto.
—¡Señor!... Solo este collar.
Eithan lo observó detenidamente.
—Bien. Puede pertenecer a la víctima. Guárdalo en una bolsa para evidencias; lo llevaremos a la unidad.
—¡Sí, señor!
María lo guardó cuidadosamente en una bolsa de plástico, tal como le indicaron.
—Bien... ahora deja de decirme "señor". Y ni se te ocurra llamar así a Marco, a menos que quieras verlo ofendido y haciendo una rabieta.
—Sí, señor... ¿El señor Marco sería capaz de hacer una rabieta?
Eithan suspiró con resignación.
—¿Qué es lo que acabo de decirte?
—Lo siento mucho... señor.
—Olvídalo. Y respondiendo a tu pregunta... no sé si Marco sería capaz de hacerle una rabieta a alguien más, pero conmigo sí. Creo que de niños lo malcrié demasiado.
Mientras hablaba, se llevó una mano al mentón y entrecerró los ojos al recordar aquellos años.
—¿Desde hace cuánto se conocen? —preguntó María.
—Desde la primaria. Aunque soy unos meses menor que él, siempre terminaba cumpliéndole todos sus caprichos... Ahora me arrepiento un poco. No sé ni cómo lo sigo aguantando.
María soltó una leve risa.
—Bien, será mejor que regresemos a la unidad. De paso compraré algo para que Marco coma y, con suerte, me perdone.
Ambos subieron al automóvil, ninguno de los dos se percató de que alguien los observaba desde la distancia.
Al regresar a la oficina, se encontraron con un Marco completamente diferente.
—¡Genial, ya llegaron!
Era evidente que aquella siesta le había sentado de maravilla.
—¿Ya no estás molesto?
Marco le lanzó una mirada que dejaba claro que aún no se libraba del regaño.
—¡Tú! —dijo señalándolo con un dedo—. Ni se te ocurra hablarme.