El secreto de alma

Capitulo 1

Alma

​El aroma a café recién tostado, el crujir seco de las hojas de otoño bajo las zapatillas de marca y el murmullo constante de estudiantes que parecen tener el universo resuelto me dan la bienvenida a la entrada de la prestigiosa universidad. Para el resto del campus, yo soy solo Alma D’Angelo: una chica de veinte años, estudiante de último semestre de artes escénicas, de piel morena, ojos azules como el mar en una tarde de tormenta y una melena negra y espesa que muchos envidian. Mido 1.60 y, aunque mis curvas se dibujan con cierta gracia bajo la ropa sencilla y cómoda, sé perfectamente que ante los ojos de la sociedad encajo en los estándares de lo que llaman «atractiva».

​Mis padres, Daniela y Stefan, han hecho malabares invisibles, sacrificios de sol a sol que me encogen el estómago de culpa, para mantenerme a flote. Aunque la verdad es que sigo pisando estos suelos de mármol y cristal únicamente gracias a una beca académica que mantengo con un promedio impecable, soportando horas de ensayo que a veces me devoran los huesos y el alma.

​Una beca completa en un nido exclusivo de millonarios y herederos, donde mi existencia debería ser completamente invisible. Y lo habría sido, de no ser porque mi mejor amigo resulta ser Dariél Hoffman, uno de los herederos legítimos de este imperio de cemento y donaciones astronómicas. Un secreto que me ocultó durante meses, hasta que su odioso, arrogante y desalmado hermano mayor —Ethan— se encargó de restregármelo en la cara con sadismo para recordarme de dónde vengo y cuál es mi "lugar".

​Pero los títulos nobiliarios universitarios, las cuentas bancarias de los Hoffman y las miradas despectivas de los pasillos me importan poco. Hay una verdad mucho más pesada latiendo en mi pecho: una insuficiencia cardíaca avanzada que avanza en absoluto silencio, carcomiendo mis días como una polilla voraz en la madera. No hay cura. No hay milagros médicos esperando en la siguiente esquina ni tratamientos milagrosos que puedan rescatarme. Tan solo una cuenta regresiva implacable que solo conocen mis padres, y que prefiero llevar a la tumba antes de convertirme en objeto de lástima.

​Por eso estoy intentando disfrutar el poco tiempo que me queda de vida. Coleccionar segundos, disfrazar de normalidad lo que ya es una tragedia anunciada y fingir que tengo un futuro cuando mi horizonte apenas alcanza para un par de meses más.

​Voy llegando a la plaza central, intentando regular mi respiración, cuando una figura alta y familiar corta mi camino a lo lejos. Con esa sonrisa radiante y despreocupada que parece desafiar cualquier tormenta, viene mi mejor amigo.

​—¿Cómo está mi princesa hermosa? —se acerca Dariél a grandes zancadas, flanqueado como siempre por Elara.

​Porque sí, de todas las mujeres del mundo, Dariél se las arregló para enamorarse de la chica más insegura, controladora y tóxica de toda la facultad.

​Pongo los ojos en blanco con fastidio, cruzando los brazos sobre mi pecho para defenderme del aire frío que de repente me punza las costillas con malicia.

​—No soy tu princesa, mugroso —le respondo con una mueca burlona, intentando que mi voz no delate el leve temblor que a veces me provoca el esfuerzo simple de caminar—. A la única que le puedes dar esos apelativos cursis es a tu reina, tarado.

​Y es una pena. Antes, cuando éramos solo Dariél y yo contra el mundo, solíamos ser inseparables, unidos por una complicidad inquebrantable. Pero desde que Elara apareció en su vida, el aire alrededor de ellos se volvió irrespirable. Ella es incapaz de tolerar que su novio tenga una mejor amiga, negándose a entender que lo nuestro es un lazo de hermanos rotos y salvados por el afecto genuino.

​—Enana, Elara es mi reina y el amor de mi vida, lo sé —responde Dariél, frunciendo el ceño con esa terquedad suya tan característica—, pero tú eres mi princesa y mi ángel, eres mi hermanita menor, joder, y nadie va a cambiar eso.

​No alcanzo a responderle. De reojo, noto cómo Elara aprieta los labios hasta dejarlos blancos, me lanza una mirada cargada de un veneno tan espeso que casi se puede masticar en el ambiente, y se da la vuelta, alejándose a zancadas con sus tacones de diseñador repiqueteando de forma furiosa contra el pavimento.

​Suspiro, sintiendo un peso sordo en el pecho que no tiene nada que ver con la enfermedad, o tal vez sí, con el agotamiento mental que me provoca esta dinámica.

​—Ve a buscarla, Dar. No quiero arruinar nada, vete antes de que arme otro escándalo —le digo, empujándolo suavemente del hombro con una sonrisa cansada—. Ya se me hace tarde para la clase de expresión corporal, y lo último que quiero hoy es cruzarme con tu hermanito el demonio.

​Dariél se ríe, negando con la cabeza ante mi mención de Ethan, pero antes de girarse para correr tras su novia, me mira con una chispa de complicidad fraternal.

​—Ve con cuidado, pequeña. Y ya sabes... si Ethan te vuelve a decir algo, búscate una buena piedra y pégale en las pelotas de mi parte —dice con una mueca de maldad fingida que me arranca una auténtica carcajada.

​—Lo tendré muy en cuenta —le respondo.

​Me despido con la mano y apresuro el paso. El tiempo es un lujo insolente que ya no poseo, y cada minuto cuenta si quiero llegar al estudio de danza antes de que el profesor cierre las puertas con llave. Voy tan concentrada en calcular mis pasos, en mantener a raya esa punzada sorda y traicionera que revolotea en el centro del pecho, que no calculo bien la distancia ni presto atención a mi entorno.

​Doblo la esquina del edificio principal de artes con demasiada prisa, con la mente puesta en la clase.

​Alguien abre la pesada puerta doble de roble hacia afuera con violencia, sin mirar quién viene del otro lado del pasillo. El impacto es seco, brutal, un golpe sordo que me arrebata el aliento. El canto de la madera me golpea de lleno en el costado, desequilibrándome por completo y rompiendo mi frágil eje de gravedad.




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