Ethan
El sonido sordo de un golpe seco contra la pesada puerta de roble del edificio de artes resuena en el pasillo, seguido de un suspiro ahogado. Cuando abro del todo para maldecir al idiota que se atravesó en mi camino, lo último que esperaba encontrarme tirada en el suelo, respirando con dificultad y con los ojos medio cerrados, es a ella.
Alma D’Angelo.
La niña bonita de beca que se cree con el derecho de pavonearse por esta universidad como si los pasillos le pertenecieran.
Me quedo un segundo de pie, observándola desde arriba con una mezcla de fastidio y desdén. Mi hermano menor, Dariél, puede caer en su jueguito de la dulce e inocente hermanita, pero yo no soy tan ciego. Sé exactamente lo que es: una oportunista de clase media que intenta trepar por el árbol genealógico de los Hoffman a través de mi hermano idiota. Y lo peor es que su mirada, incluso ahora que está pálida y con el cabello negro desparramado sobre el suelo, tiene un brillo de desafío que me enciende la sangre de pura rabia.
—Vaya, vaya... ¿así que ahora los espectáculos de circo callejero se mudaron a la entrada de la facultad? —suelto una carcajada seca, cargada de burla, mientras cruzo los brazos sobre el pecho—. Levántate, D’Angelo. Nadie te va a dar lástima por hacerte la víctima de la gravedad. O qué, ¿tampoco tienes presupuesto para comprarte un poco de equilibrio?
Alma parpadea un par de veces, intentando recuperar el aliento. Veo cómo sus nudillos se blanquean contra el suelo de mármol antes de apoyarse para incorporarse con lentitud. Su rostro está más pálido de lo normal, y sus labios tiemblan ligeramente, pero en cuanto levanta la vista y se topa con la mía, el rastro de debilidad desaparece, reemplazado por ese fuego azul que tanto me irrita.
Se sacude el polvo de la ropa con una dignidad forzada y me sostiene la mirada.
—Si tus neuronas funcionaran tan rápido como tu lengua, Ethan, tal vez te darías cuenta de que la puerta la abriste tú como un animal sin educación —responde con la voz firme, aunque un hilo de fatiga se le escape al final—. Pero claro, pedirte modales a ti es como pedirle caviar a un callejero.
Aprieto la mandíbula hasta que me duelen las muelas. ¿Se atreve a contestarme? ¿A mí?
—Cuida ese tonito de muerta de hambre con el que me hablas —le espeto, dando un paso al frente para acortar la distancia y hacerle sentir el peso de mi presencia—. Porque por más beca de excelencia que tengas, sigues siendo una intrusa en este mundo. ¿Qué pasa? ¿Ya te aburriste de manipular a mi hermano y ahora buscas llamar mi atención tirándote al suelo frente a mí? Qué táctica tan patética, Alma. Pero te tengo noticias: las chicas como tú solo sirven para pasar el rato, no para sentarse a nuestra mesa.
Sus ojos azules se abren de par en par, cargados de un asco tan puro que por una milésima de segundo logra descolocarme. Pero antes de que pueda replicarle algo más, una voz chillona y altanera corta la tensión del pasillo.
—Ay, por Dios, Ethan, ¿qué haces perdiendo el tiempo con esta arrastrada?
Carolina aparece a mi lado, envuelta en su abrigo de diseño exclusivo y con esa expresión de superioridad que solo los estudiantes de arquitectura con cuentas bancarias ilimitadas saben cargar. Es mi novia, o algo parecido: hermosa, arrogante, clasista hasta la médula y perfecta para el mundo en el que me muevo. Se cruza de brazos y mira a Alma de arriba abajo, como si acabara de ver una cucaracha en la cocina de un restaurante de cinco estrellas.
—Hola, Carolina —dice Alma con una sorna helada, sin bajar la cabeza ni un centímetro a a pesar de estar sola frente a los dos—. Veo que viniste acompañada. Es lindo ver que los parásitos se juntan en manada.
Carolina suelta una risita aguda, fingiendo indignación, y se pega más a mi brazo, rozando su mejilla contra mi hombro mientras me mira con complicidad.
—¿Escuchaste eso, amor? La sirvienta esta nos acaba de insultar —dice Carolina con voz melosa, volviendo la mirada hacia Alma con los ojos destilando veneno puro—. Mira, querida, te lo voy a decir una sola vez para que te quede claro en esa cabecita hueca: aléjate de Dariél y, sobre todo, deja de acosar a mi novio. Sabemos perfectamente a qué vienes a esta universidad. Eres una cazafortunas barata que se abre de piernas con quien sea para conseguir notas y atención. Pero aquí no le importas a nadie. Das lástima.
—¿Lástima? —Alma suelta una risa corta, una exhalación sin gracia que suena más a un lamento—. El único motivo por el que piso este lugar es para estudiar, algo que claramente tú solo haces para presumir el apellido de tu padre en las fiestas de fin de semana. Si crees que me interesa tu novio de cristal o los aires de grandeza de este imbécil —dice, señalándome con la barbilla con un desprecio absoluto—, estás más ciega de lo que pareces.
—¡Cierra la boca, maldita cínica! —chilla Carolina, perdiendo los estribos ante la negativa de Alma a doblegarse—. ¡Eres una cualquiera! ¡Una interesada que se cree artista y lo único que sabe hacer es mendigar miradas! Ethan, ¿vas a dejar que esta muerta de hambre me hable así? ¡Ponla en su maldito lugar de una vez!
La rabia de Carolina es el empujón que faltaba. Miro a Alma, sosteniendo su mirada desafiante, sintiendo una mezcla retorcida de ira y una extraña tirantez en el pecho que me niego a descifrar. Si quiere guerra, se la voy a dar en bandeja de plata.
—Carolina tiene razón, Alma —le digo, inclinándome ligeramente hacia ella, bajando la voz hasta convertirla en un susurro áspero que sé que la va a machacar por dentro—. Eres insípida, estás hueca y nadie en su sano juicio te miraría dos veces si no fuera por lástima. Te la pasas acechando a mi familia porque sabes que tu vida gris y miserable no vale absolutamente nada. Eres un cero a la izquierda, una broma de mal gusto en esta universidad. Y te aseguro que me voy a encargar personalmente de que cada día aquí sea un infierno hasta que te largues por donde viniste.
Editado: 10.10.2026