Alma
El pasillo de artes escénicas se va desvaneciendo a mis espaldas, pero el eco de las palabras de Ethan y Carolina se queda grabado en mi piel como ácido. Muerta de hambre. Interesada. Una broma de mal gusto. Cierro los ojos un segundo contra la fría pared del baño de mujeres, presiono las manos contra el lavabo de mármol y aspiro hondo, obligando a mi corazón a encontrar un ritmo medianamente estable. No voy a llorar.
No hoy. No frente a ellos. Me he prometido que el poco tiempo que me queda no lo voy a malgastar derrumbándome por imbéciles que miden el valor de una persona por el saldo de su cuenta bancaria.
Me mojo la cara con agua fría, secándome con cuidado para no arruinar el poco color que me queda en las mejillas. Arreglo mi melena negra, levanto la barbilla con un orgullo que me cuesta cada gramo de energía que poseo, y salgo directa hacia el estudio principal de teatro. La función debe continuar, incluso cuando el telón de tu vida está a punto de caer para siempre.
El estudio es un espacio amplio, de techos altos, paredes recubiertas de espejos y un suelo de madera pulida que resuena con cada paso. Cuando cruzo el umbral, la atmósfera cambia por completo. Aquí adentro, las jerarquías de los millonarios se desvanecen; lo único que importa es el cuerpo, la voz y la verdad con la que interpretas el dolor ajeno. Irónicamente, interpretar el dolor se me da demasiado bien porque no tengo que fingirlo.
El profesor Miller, un hombre severo, de mirada incisiva y cabello entrecano que no le perdona un solo error a nadie, está de pie en medio del escenario improvisando directrices para el monólogo dramático que debemos presentar la próxima semana.
—D’Angelo, al fin nos honra con su presencia. Espero que su entrada triunfal signifique que trae algo más que excusas para la clase de hoy —me dice el profesor Miller desde el centro, cruzándose de brazos y mirándome por encima de sus gafas de aumento.
No bajo la mirada. Me acerco al borde del escenario y dejo mi bolso en las gradas.
—Ninguna excusa, profesor. Estoy lista —respondo con voz clara, firme, sin el más mínimo rastro del temblor que hace unos minutos me carcomía por dentro.
El profesor frunce el ceño, intrigado pero escéptico. Le gusta presionar a los alumnos hasta romperlos.
—Perfecto. Suba entonces, señorita D'Angelo. Vamos a ver si esa reputación de ser la mejor de la clase en tragedia sostiene la presión del momento. Quiero el monólogo de Medea. La escena donde decide sacrificarlo todo, el momento exacto en el que el amor se convierte en la hoja que te atraviesa el pecho. Demuéstreme qué sabe del verdadero sacrificio.
Un silencio tenso cae sobre el salón. Los pocos compañeros que ya están sentados en las gradas me miran expectantes. Subo los tres escalones de madera y me sitúo en el centro exacto de las tablas.
Cierro los ojos por un instante. Pienso en el pasillo, en la risa burlona de Ethan, en el rostro desfigurado por el odio de Carolina... y, sobre todo, pienso en mi propio pecho, en ese motor cansado que late lento, a regañadientes, sabiendo que no llegará a ver el final de esta obra.
Cuando abro los ojos, ya no soy Alma la becada, la chica enferma que esconde un secreto terminal. Soy fuego puro.
Comienzo a recitar. Mi voz no tiembla; nace desde lo más hondo de mi diafragma, resonando con una crudeza tan visceral que el aire del estudio parece volverse irrespirable. Cada verso sobre la lealtad, sobre el dolor de tener que dejar ir lo que más amas para no destruirlo, sobre la agonía de saber que el final es inevitable, sale de mis labios cargado de una verdad desgarradora.
No estoy actuando; me estoy desangrando en el escenario. Mis ojos azules se clavan en el espejo del fondo, fijos, hipnotizados por mi propia tragedia.
Cuando pronuncio la última línea, el silencio en el estudio es absoluto. Nadie respira. El profesor Miller se queda inmóvil, con los labios ligeramente entreabiertos, sosteniendo la respiración como si temiera romper el hechizo.
Pasan un par de segundos eternos antes de que él exhale con fuerza y comience a aplaudir lentamente, un aplauso seco y profundamente respetuoso.
—Magnífico, D'Angelo... Simplemente magistral —murmura el profesor, con un dejo de auténtica admiración en la voz—. Nos ha recordado a todos lo que significa sangrar por el arte. Puede bajar.
Exhalo un suspiro que no sabía que estaba reteniendo, sacudiendo ligeramente las manos para deshacerme de la tensión acumulada. Bajo del escenario sintiendo las miradas de reojo de mis compañeros, algunas de envidia, otras de asombro. Me recojo el cabello en una coleta alta, cojo mis cosas y salgo del edificio sintiendo que, al menos por unos minutos, le gané una batalla a la muerte.
El comedor principal de la universidad bulle de ruido, risas y el tintineo de cubiertos de plata contra platos de porcelana fina. Es el epicentro social de la opulencia. Diviso a lo lejos la mesa del fondo, la misma de siempre, donde Dariél me hace señas agitando la mano con una sonrisa exagerada, flanqueado por Elara.
Me acerco con paso tranquilo y me dejo caer en la silla vacía frente a ellos, soltando el bolso sobre la mesa.
—Vaya, tardaste una eternidad, enana. Pensé que te habías quedado a vivir en el estudio de teatro —me saluda Dariél de inmediato, empujándome un vaso con jugo natural hacia mi lado—. Te ves pálida. ¿Todo bien?
Elara, que está jugando distraída con la servilleta de tela, levanta la vista y me mira con fijeza. Hay algo en sus ojos, una especie de recelo mezclado con una extraña y retorcida empatía que me descoloca. Elara puede ser insoportable, controladora y celosa hasta el paroxismo con Dariél, pero a diferencia de los tiburones que rondan esta universidad, ella no tiene maldad pura en las entrañas; solo terror a perder lo único que ama.
—Estaba ensayando, Dar. El profesor Miller nos exigió el doble hoy —respondo con una sonrisa ligera, apoyando los codos sobre la mesa. Luego, desvío la mirada hacia la chica que está a su lado—. Hola, Elara. ¿Cómo va el diseño de modas? Sobreviviste al profesor de patronaje?
Editado: 10.10.2026