Sabbah
La habitación se parecía a la de mi infancia, me había criado en el castillo de los reyes de Annun, pero en este momento estaba en el palacio en el que habitaba junto a mis padres, y aunque mi rango de princesa se mantenía, ya papá y mamá no eran los reyes. Mi hermano Derrik era el regente de nuestro reino ahora. Nuestra actual morada quedaba muy cerca del castillo del rey. Y aquí estaba yo y mis secretos, secretos que solo mi familia más cercana conocía, un secreto tan bien guardado que ni mis amigos, ni mis primos habían notado.
Por esta causa, y aunque mis padres no lo aceptaban, yo había decidido que me casaría con alguien del otro lado del mar. Allí tenían tecnología que suplía la falta de dones mágicos. Claro que tendría que arreglármelas por mí misma para lograrlo, puesto que, la primera propuesta que tuve, del rey Zigor de Leuben, había sido rechazada por mi hermano, Derrik, el actual rey. Maldito engreído, no le perdonaría que lo hubiera hecho.
En la fiesta de boda de mi primo Vendrix, que se había realizado en Rénica, donde él ahora era rey, había intentado acercarme a Zigor, pero él bailó toda la noche con mi prima Kyra y no me dio ni la menor oportunidad, ella seguramente le gustaba, puesto que le prestó tanta atención aunque su propuesta también fue rechazada en Aurea.
Yo era tan hermosa como mi madre y mi abuela Kalina, y todos decían que mamá siempre fue la más deseada de las fiestas, pero no lograba esa popularidad ni por asomo, por más que tenía su mismo cabello, ojos rojos, e idéntico color de piel. Decían que era por mi personalidad reservada, igual a la de mi abuelita Marla, pero yo me esforzaba mucho por ser sociable.
— Mami, me gustaría viajar — declaré mientras ella me enseñaba unas telas para nuevos vestidos.
— ¿Dónde? — Mamá levantó las cejas y me miró como esperando que yo dijera alguna tontería.
— No sé, más allá del mar.
— Tu padre y tu hermano no aceptarán que te cases con alguien de allá, lo sabes. Podemos organizar una fiesta e invitar a gente de nuestro continente.
— Ya los conozco a todos — repliqué con aburrimiento.
— Quizá podrías ir a quedarte con tu tío Adam en el sur de Rénica, a ellos les gustan mucho las fiestas, y suelen recibir gente de todo el mundo.
— No me gusta Rénica en el sur, hace mucho calor.
— Escríbele a Vendrix, tal vez puedas quedarte una temporada con ellos.
— Mami, Vend y Aila están recién casados, no quiero ir a incomodar.
— Pues pregunta a alguno de tus tíos, puedes ir con cualquiera de ellos.
— Todos mis tíos piensan igual que papá y Derrik, no me dejarán hacer nada.
— Hablas como si yo pensara diferente a ellos.
— Al menos te tomas el tiempo de escucharme.
— Hija, ¿qué pretendes encontrar más allá del mar? Ellos están desconectados de todo. Además, han llegado noticias de que hay guerra; nuestro continente no ha visto la guerra en milenios.
— ¿Y en la época en que sucedió lo de los abuelos?
— Solo fueron unas semanas, eso no puede contarse como verdadera guerra.
— El mundo cayó en la oscuridad total por su causa, es algo para tener en cuenta.
— Sí, pero es algo que no volverá a suceder. Además, no fue por su causa, sino porque una amante de tu abuelo se robó la sortija.
— Fue por causa de los abuelos, por tontos ambos, mira que dejarse engatusar por una mujer.
— Y eso es justamente lo que pasa al otro lado del mar y por lo cual nadie de esta familia se casará con alguien de allá. Pero además no fue por su culpa. Ravenia utilizaba pociones de amor, ya sabes lo poderosas que son, recuerda lo que pasó con Ayax y Vendrix — justificó tratando de llevar la conversación por otro rumbo.
— Si no conocemos a nadie, ¿cómo sabemos que realmente las cosas son así? — insistí en el tema que me interesaba.
— Tu papá y yo hemos conocido mucha gente de allá y lo sabemos. — Guardé silencio y ella continuó: — ¿Por qué no vas una temporada con Kalindi?
— Kal es más antisocial que yo.
Era cierto, mi prima Kalindi, que era tan bella como todas las mujeres de nuestra familia, se recluía siempre en su casa, al sur de Aurea, con la excusa de que su cabello bicolor era muy extraño. De niña decía que todos se burlaban de ella. Pero a mí me parecía fascinante que fuera así. Aunque sus dones eran claramente nocturnos, tenía características que la distinguían, haciéndola parecer diurna. A ella esto le molestaba, y evitaba las reuniones sociales.
— ¿Y Kyra?
— Desde que Ayax volvió del otro lado, es peor que Derrik.
— Pues no sé qué decirte.
— No me digas nada — suspiré.
— Lo correcto sería que dejaras de preocuparte y esperaras a tu pactado, los lazos de otras vidas son muy fuertes, él llegará sin que lo busques.
No le respondí, claro que sabía que tenía razón y el susodicho pactado ya había llegado a mi vida. Al igual que mis padres se reconocieron en su infancia, yo también reconocí al hombre que era para mí, pero siendo defectuosa, no podía darme el lujo de tener nada con él. Se merecía a alguien mejor.
***
Yashveer
Acabábamos de terminar el entrenamiento y me dirigía a mi habitación cuando vi pasar a Sabbah junto a su madre y a su mejor amiga, Miralla. Ella fingió no verme, y aunque había pasado tiempo desde que lo nuestro había terminado, no podía dejar de sentir una punzada de dolor en la garganta cada vez que sufría su indiferencia.
— Yash… — Levanté la mirada ante la voz femenina que me interpelaba. Se trataba de Ava. — ¿Te puedo acompañar? — indagó seductoramente.
— Sabes que siempre eres bienvenida — sonreí.
Ella era la antítesis de Sabbah, y no porque no fuera hermosa, sino que sus ojos eran verdes, su piel en extremo pálida por ser una nocturna y su cabello renegrido resaltaba facciones angulosas y delicadas. Esto era acompañado de un cuerpo alto y voluptuoso, dispuesto a los placeres. Ava conocía mi situación con Sabbah, con ella no tenía que fingir y por eso me gustaba su compañía.