El Secreto de la Secretaria.

Capitulo 5.

Dos horas y media después me encontraba sentada en el sofá mirando fijamente hacia la puerta que conducía a la oficina de mi jefe. Tenía una discusión interna sobre si entrar o no entrar. Por un lado, la curiosidad me mataba, seguro ahí dentro encontraría algo de información, pero por el otro lado algo me decía que no debía ser tan imprudente. Era mi primer día aquí, no tenía ninguna excusa lo suficientemente válida por si me encontraban husmeando entre las cosas del Sr. Wooler y por sobretodo no sabía ni por dónde comenzar a buscar. Debería hacer un reconocimiento del lugar primero para conocer el “terreno” y por si fuera poco, en el día había insultado y faltado el respeto a mi jefe más que cualquier otro empleado de años en este edificio, no podía arriesgarme a que me encontrará hurgando entre sus cosas.

 

-No, definitivamente no es buena idea…

 

-¿Qué cosa no es buena idea Srta. Halls?

 

         De la sorpresa mi garganta soltó un pequeño grito ahogado, que sonó más bien a un pato siendo lanzado a un precipicio que a un humano, y salte de mi sitio. Con los ojos como platos mire en dirección a la puerta y entonces descubrí a un Erick riéndose por lo bajo de mi reacción.

 

-¿A caso nadie le enseño a tocar la puerta antes de entrar? ¿Y cómo es que no lo escuché entrar?

 

-Esto es gracioso. ¿A caso debería tocar la puerta para entrar a mi despacho?

 

-Hasta donde tengo entendido, este es mi despacho, no el tuyo.

 

-Pero, para entrar al mío, debo atravesar el suyo.

 

-Para algo existe la puerta principal. ¿No te parece?

 

-¿Entonces sugiere que utilice la puerta que está bloqueada por reparación y reforma Srta. Halls?

 

-No… yo no… no tenía idea de eso. Pero aún así, está no deja de ser la puerta de mi despacho, deberías tocar antes de entrar y darme un susto de muerte.

 

-En teoría, Srta. Halls, este, es mi despacho también. De hecho, el edificio entero es de mi propiedad.

 

        ¡Maldición este tipo era listo! No había pensado en eso, claramente no lo había hecho.

 

-Aunque sea tu edificio existe algo llamado “privacidad” no sé si estás familiarizado con ese concepto.

 

-¿La privacidad del empleado?

 

-La privacidad en general, el derecho a la privacidad.

 

-Un derecho que en muchas ocasiones a costado vidas Srta. Halls.

 

-¿Y eso que demonios tiene que ver? Yo estoy hablando de que te metiste a mi oficina como pancho por su casa.

 

-¿Cómo que? Y, para que conste ya le dije que está oficina es de mi propiedad al igual que…

 

-Si, si, si. Ya me dejaste bien en claro que mientras tú eres un adinerado yo soy una pobretona que trabaja para ti.

 

-No fue eso lo que le dije. Pero, cambiando de tema y ya que usted misma acaba de recordar que trabaja para mi. ¿Se ha dado cuenta de que me está tuteando? Y no solo eso, si no que, además, me está dando el sermón que ni mi misma madre me ha dado y solo por abrir la puerta de la oficina. La cual debo aclarar, abrí con bastante ruido e incluso la saludé con un cordial “Buenos días.” Pero usted claro está, estaba ensimismada en sus pensamientos.

 

        <<J-O-D-E-R>> Fue lo único coherente que se me ocurrió en ese momento ya que él tenía razón. <<¿Cómo es que era tan idiota como para olvidar quien era este hombre?>> Aclare mi garganta antes de abrir la boca y mientras tanto pensaba en lo que decir y salir bastante bien parada de este lío.

 

-10 puntos para ti, pero aún así insisto en que deberías, eh, debería tocar la puerta antes de entrar a algún sitio. Es decir, puede que este sea su edificio y que todos trabajemos para usted pero… ¿No le parece que merecemos algo de privacidad?

 

        Él me observaba seriamente y torció ligeramente la cabeza como en un gesto de evaluación de mis palabras.

 

-No.

 

-¿Qué?

 

-Sigo insistiendo en que es mi oficina o al menos la entrada a esta, por ahora, por lo que seguiré entrando sin tocar. Si es eso un problema para usted, entonces, lo lamento pero deberá acostumbrarse.

 

         Por un momento mi corazón se acelero creyendo que diría “Entonces recibiré su renuncia cordialmente.” O algo por el estilo. El alivio que me invadió cuando no fue eso lo que dijo era indescriptible. Pero la frustración también asomó su fea cabeza, discutir con este hombre me recordaba a mi viejo trabajo en dónde debía lidiar con adolescentes hormonales. La verdad es que ser profesora de literatura no ayudaba demasiado para ser “la profesora cool que se lleva bien con sus alumnos” pero podía asegurar que salían de mi clase sabiendo de escritores y poetas que en estos tiempos ya se encontraban a 2 metros bajo tierra, o quizá más. Entonces recordé una mañana en la que Kevin, uno de mis más problemáticos alumnos ese año, se presentó en mi clase con la actitud típica de “Mi perro se comió mi tarea.” A lo que le dije que un perro no se puede comer su resumen de Shakespeare. Entonces el muy descarado me respondió que entendía el hecho de que no me creyera su historia ya que incluso para el perro debía de ser desagradable conocer siquiera la existencia de ese fulano, pero que era su perro, por lo que el animal hacia lo que le ordenaba. Estuvimos discutiendo cerca de 20 minutos mientras el resto de la clase movía sus cabezas entre Kevin y yo e incluso realizaban absurdas apuestas sobre quién ganaría la discusión. Digo que eran absurdas porque obviamente gané yo, el mocoso termino por confesar que no había realizado el resumen de Macbeth porque le había dado pereza y en su lugar jugo en línea. Wooler me recordaba a Kevin. Solo que en esta ocasión yo debería ser quien cediera.

 

-Muy bien Sr. Wooler.




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