El secreto de los Guardianes

Prologo

Un movimiento sutil en el aire tomó por sorpresa al intuitivo Tahiel, que venía un poco distraído, entre el bailoteo de sus fantasías interiores y la tarea de buscar los últimos hongos de pino (ya que quedaba poco para el inverno).

Era una simple brisa invernal, de esas cargadas de humedad que presagian una tormenta de nieve,  pero para él, más que un cambio climático, era la señal que venía esperando desde hacía tiempo.  Conocía al bosque como la palma de su mano y sabía bien que ese soplido ártico no era común, aunque tampoco  imposible; con el calentamiento global y los pocos bosques que quedaban, el clima se había vuelto sumamente inestable, inclinándose más hacia calor, las sequias y al viento  que a la lluvia o la nieve, incluso en las zonas del sur como esa.

Por esa razón, le resultaba  inevitable pensar que más que un capricho climático, esta ventisca helada podría ser se algo más que tanto anhelaba. Se paso la mano por el pecho donde las emociones presionaban.  La sola idea lo abrumaba. Pero también lo entusiasmaba. ¿Sera posible que sea Tuma?  

Ya tenía 13 años y hacía ocho años que no le veía. Era como si se hubiera desvanecido. Como si de verdad nunca hubiera existido más que en su mente. Al menos eso fue lo último que Solana, su hermana mayor,  le había dicho: “Tuma no existe, Tai. Olvídalo, por favor, ¿sí?”. En ese momento él la había odiado tanto. ¿Cómo podía negar a Tuma? Aun recordaba los ojos de ella abiertos como platos, el temblor en su cuerpo y el apretón fuerte de su mano cuando lo vieron juntos por primera vez. Ella tenía 13 en ese momento y el solo cinco añitos. Cualquiera diría que a esa edad las vivencias se olvidan, pero no para él.

Él podía recordar cada detalle de aquellos días: desde  los olores, las texturas y  los sonidos y el movimiento a las sensaciones y emociones que experimentó su cuerpo.

Pero ahora todos esos recuerdos le sabían a mentira y amargura.

 ¿Por qué le había hecho creer que veía a Tuma también? No la entendía. Y tampoco le creía. Hay cosas que no se pueden fingir…Ella le había mentido.  Pero, ¿por qué?

Aminoró la velocidad cuando usa espesa bruma empezó a impedirle ver el sendero con claridad. Esa era otra señal de que Tuma estaba allí. Siempre empezaba con un frío helado y después seguía la neblina blanca que te cegaba por completo. Intentó avanzar, pero una base de hielo macizo lo hizo tropezar. ¡Mierda!, alcanzó a mascullar cuando  el cuerpo dio con fuerza contra el suelo antes de que el envión hiciera que su cuerpo empezara a girar como si estuviera una calesita.

¿Qué estaba pasando?

Intentó detenerse con las manos pero la piel se le quemó con el frío. Estaba girando a una velocidad vertiginosa que parecía que nunca iba a parar., de modo que solo se le ocurrió gritar. Auxilioooo ayudenmeeeee  Pero era en vano. No había nadie allí, y si hubiera nunca lo encontrarían.

Cerró los ojos. Un par de lágrimas brotaron. Estaba perdiendo el control.

«Vamos respira, respira, se dijo. Calma que puedes salirte de esta. Solo debes imaginar que es un juego…y que las leyes de la tierra no aplican. Recuerda que no es hielo…si fuera hielo no estarías girando, el hielo no funciona así.., entonces si no es hielo, podría ser cualquier cosa, como un tobogán; eso es un gran tobogán que sube alto, alto y luego baja hasta a tierra..si subeeeeeee (mierda esta subiendo)  y bajaaaaaa  aaaaahhhhhhhh.a aaaa laaaaa TIERRA».

¿Estoy en la tierra?

Casi de inmediato palpó el suelo  y sintió el barro húmedo y tibio recorrerle los dedos. ¡Lo había logrado!; ¡estaba en la tierra! ¡Pero que había sido todo eso? Lo había imaginado. Todavía estaba mareado. Y tenía el pantalón empapado y frío. Había sido demasiado vivido para haberlo imaginado.

Bien ahora no te muevas hasta que la neblina se pase.

Estaba exhausto. Así que se sentó, se abrazó las rodillas y cerró los ojos.

Todavía sentía su cuerpo girar de forma vertiginosa para subir  lo alto (justo como le imaginaba) y luego bajar.

Sintió miedo y deseó regresar a casa.

 Ya no me importa Tuma, solo quiero un baño caliente, una chocolatada y sentarme frente al hogar. Ahhh que se pase esta neblina del demonio…me quiero ir.

El canto de las aves hizo que abriera los ojos.

La neblina se había disipado dejando al descubierto justo frente a él, un círculo de cristal. Y no solo uno, también había otros,  alineados, en perfecta harmonía, como estrellas que se extendían hacia el interior del bosque.

Eran como espejos que reflejaban al cielo. Al verdor del bosque. Espejos que al tocarlos  parecían hechos de gelatina y luego a luz de sol, se tornaron en polvo que subía hasta el cielo.

Ahora si ya no le cabían dudas. Tuma había regresado.




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