El Secreto De Redne

01

En aquel pueblo el mar era prácticamente todo lo que tenían. Las casas pequeñas se encontraban construidas unas junto a otras, siguiendo el camino que llevaba hasta la costa, mientras que más lejos podían verse los campos donde algunas familias cultivaban sus propios alimentos. Por las mañanas antes de que el sol terminara de aparecer sobre el horizonte los pescadores ya se encontraban preparando sus redes y revisando sus pequeñas embarcaciones, mientras las mujeres comenzaban con sus labores y los niños corrían por las calles todavía húmedas por la brisa marina. Era un pueblo tranquilo, de esos lugares donde todos conocían la vida de los demás y donde un secreto difícilmente permanecía oculto durante demasiado tiempo.

Sin embargo había cosas de las que nadie hablaba.

Una de ellas era Redne.

Había llegado al pueblo muchos años atrás, aunque nadie recordaba exactamente cuándo. Algunos decían que había aparecido una mañana caminando por la orilla, otros aseguraban que había llegado en uno de los barcos de pesca y que simplemente decidió quedarse, pero cada vez que alguien intentaba preguntarle de dónde venía, Redne respondía con una sonrisa y cambiaba de conversación. Nadie conocía a sus padres, tampoco tenía familiares en el pueblo y jamás hablaba de su infancia. Aun así nadie parecía tener demasiados problemas con ella. Redne era amable, tranquila y siempre estaba dispuesta a ayudar, por lo que poco a poco terminó convirtiéndose en una presencia habitual entre los habitantes.

Era imposible no mirarla.

Tenía el cabello largo de un intenso color chocolate que contrastaba con su piel y unos ojos grises que parecían cambiar dependiendo de la luz. Algunas veces parecían plateados y otras adquirían un tono oscuro que hacía difícil sostenerle la mirada durante demasiado tiempo. Era hermosa, pero había algo más en ella que llamaba la atención, algo que nadie conseguía explicar. Redne parecía pertenecer al pueblo y al mismo tiempo estar completamente separada de él, como si una parte de ella siempre estuviera en otro lugar.

En el mar.

Todas las tardes cuando terminaba sus labores, Redne caminaba hasta la costa y se sentaba sobre las rocas para observar el horizonte. Podía permanecer allí durante horas sin aburrirse, incluso cuando el viento comenzaba a enfriar el ambiente y los demás habitantes regresaban a sus casas. Algunos pensaban que simplemente le gustaba el océano, otros bromeaban diciendo que seguramente había nacido para ser pescadora, pero había quienes evitaban acercarse demasiado cuando la encontraban allí.

Porque existía algo extraño en la manera en que Redne miraba el agua, como si estuviera esperando a alguien, aquella noche era diferente.

La luna llena iluminaba el pueblo con una claridad casi sobrenatural y el mar parecía más tranquilo de lo habitual. Los pescadores habían regresado temprano, pero un grupo de hombres decidieron quedarse en la taberna junto al puerto. Eran conocidos por beber demasiado, meterse en problemas y desaparecer durante horas sin preocuparse por sus familias. Nadie se sorprendió cuando los vio salir juntos entrada la noche.

Lo que nadie esperaba era que jamás regresarían.

Una de las esposas despertó alrededor de las tres de la madrugada y descubrió que su marido no había vuelto. Pensó que probablemente estaba borracho en casa de algún amigo, así que volvió a dormir. Sin embargo cuando amaneció él tampoco estaba allí.

Los otros dos hombres tampoco aparecieron, al principio nadie se preocupó demasiado pero después pasó un día, luego otro y finalmente comenzaron las búsquedas.

Los pescadores salieron al mar desde temprano recorriendo las zonas cercanas a la costa mientras algunos habitantes caminaban por los alrededores buscando cualquier señal que pudiera explicar qué había ocurrido. Encontraron una de las pequeñas embarcaciones abandonada cerca de las rocas pero no había nadie dentro. También encontraron una chaqueta flotando a varios metros de la orilla y una de las redes de pesca completamente desgarrada.

No encontraron cuerpos, no encontraron sangre, no encontraron ninguna explicación, solo encontraron una cosa más. Huellas. Tres pares de huellas que comenzaban en la arena y terminaban justo donde el agua alcanzaba la orilla, aquella tarde el pueblo entero hablaba de lo ocurrido.

—El mar se los llevó —dijo uno de los pescadores.

—Eso no tiene sentido —respondió otro—. El agua estaba tranquila.

Una anciana que había permanecido en silencio durante toda la conversación levantó lentamente la mirada.

—No fue el mar— dijo con una tranquilidad que solo le otorgaba todos sus años de vida, todos la observaron.

—Entonces, ¿qué fue? —preguntó alguien.

La mujer tardó unos segundos en responder.

—La sirena, Redne.— El nombre provocó un silencio inmediato, qlgunos se rieron nerviosamente y otros negaron con la cabeza, incluso uno de los pescadores incluso le pidió que dejara de decir tonterías, pero la anciana no sonrió —Les dije que algún día volvería a ocurrir.

—¿Qué cosa?

La mujer miró hacia el océano.

—La historia de la sirena.

Nadie respondió, porque todos conocían aquella historia.

Era una vieja leyenda que los adultos contaban a los niños para evitar que se acercaran demasiado al mar durante la noche. Se decía que, cuando la luna llena iluminaba el océano, una mujer aparecía entre las olas y comenzaba a cantar. Su voz era tan hermosa que cualquiera que la escuchara sentía la necesidad de acercarse al agua incluso sabiendo que algo no estaba bien. Y cuando la sirena elegía a alguien, esa persona desaparecía para siempre.

Tres hombres. Cada luna llena, cada luna nueva. Nunca regresaban.

La mayoría consideraba aquello una simple historia hasta esa mañana.

Redne estaba sentada en las rocas, mirando el horizonte mientras escuchaba a lo lejos las voces de los habitantes que llegaban a ella a través del sonido de las ola. No parecía preocupada por las desapariciones. De hecho mientras el resto del pueblo buscaba respuestas, ella permanecía completamente tranquila.




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