Durante los días siguientes el pueblo dejó de hablar de cualquier otra cosa. Los tres hombres desaparecidos se convirtieron en el único tema de conversación y aunque las autoridades continuaban buscando alguna explicación cada día aparecía un rumor nuevo que hacía que la historia se volviera todavía más extraña. Algunos aseguraban que los hombres habían decidido marcharse juntos, otros decían que habían tenido algún problema con una embarcación y terminaron perdidos en el mar, pero nadie parecía dispuesto a mencionar la posibilidad que más miedo provocaba: que la vieja leyenda de la sirena fuera real. Sin embargo mientras los habitantes intentaban encontrar respuestas, comenzaron a recordar cosas que durante años habían preferido ignorar.
El primero de los desaparecidos era conocido por beber demasiado y regresar a casa buscando cualquier motivo para descargar su furia contra su esposa. Más de una vez los vecinos habían escuchado gritos provenientes de aquella casa pero nadie había intervenido. El segundo tenía fama de maltratar a los animales que encontraba cerca de su propiedad, especialmente a los perros callejeros que se acercaban buscando comida. El tercero era diferente, pues durante años había aprovechado la confianza de varias familias para acercarse a personas que no podían defenderse por sí mismas y abusar de ellos de una forma que jamás podrían superar. Nadie había conseguido demostrar nada contra él, pero los rumores habían circulado durante mucho tiempo.
Ahora los tres habían desaparecido, y los tres habían sido vistos juntos aquella noche.
—¿No les parece extraño? —preguntó una mujer en la pequeña tienda del pueblo.
—¿Qué cosa?
—Que justamente ellos hayan desaparecido.
La conversación quedó en silencio, todos sabían lo que quería decir.
—No empieces con esas historias —respondió uno de los hombres—. Son coincidencias.
—¿Tres coincidencias?
Nadie contestó, a varios metros de allí Redne acomodaba algunas frutas sobre un pequeño puesto mientras escuchaba la conversación sin participar. Su expresión permanecía tranquila y su comportamiento era exactamente el mismo de siempre. Saludaba a los vecinos, ayudaba a las personas mayores con sus compras y cuando alguien mencionaba a los desaparecidos, simplemente bajaba la mirada con una expresión de preocupación.
—"Pobres familias" —decía.
Nadie habría sospechado de ella, excepto Tomás.
Tomás era uno de los pescadores más jóvenes del pueblo y había conocido a Redne desde que tenía memoria. Siempre le había parecido extraña, aunque nunca había tenido una razón concreta para desconfiar de ella. Sin embargo después de las desapariciones comenzó a prestar atención a cosas que antes no consideraba importantes. Recordó que Redne había sido una de las últimas personas en ver a los tres hombres aquella noche.
La había visto cerca del puerto y recordaba perfectamente que estaba sola, o al menos eso había pensado.
Una tarde decidió preguntarle, la encontró sentada junto a la costa exactamente en el mismo lugar donde solía pasar las tardes. Redne tenía los pies descalzos sobre la arena y el cabello moviéndose suavemente con el viento.
—¿Puedo sentarme?— cuestiono, ella levantó la mirada y sonrió.
—Claro— Tomás se sentó a su lado y durante unos minutos ninguno habló —¿Te preocupa lo que pasó? —preguntó finalmente Redne, Tomás la observó.
—¿Por qué preguntas eso?
—Todo el pueblo está preocupado.
—Tú también estabas allí aquella noche.
La sonrisa de Redne desapareció durante apenas un segundo.
—Sí.
—¿Los viste?
—Vi a muchas personas aquella noche.
—A ellos.— específico, Redne volvió la mirada hacia el mar.
—Sí.
Tomás sintió que el corazón comenzaba a latirle más rápido.
—¿Hablaron contigo?
—No.
—¿Estás segura?
Ella lo miró directamente, sus ojos grises parecieron oscurecerse bajo la sombra de las nubes.
—¿Por qué debería mentirte?— Tomás no supo qué responder y Redne sonrió nuevamente —¿Crees en la historia de la sirena?— prefirió preguntar ahora, la pregunta lo tomó por sorpresa.
—No.
—Entonces no tienes nada que temer.— Tomás soltó una pequeña risa nerviosa.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Crees en ella?
Redne permaneció en silencio durante unos segundos.
—Creo que las personas suelen inventar monstruos cuando no pueden explicar algo.
—¿Y si el monstruo existe?
Redne lo miró.
—Entonces probablemente tenga una razón para hacer lo que hace. Nadie nace siendo monstruo.
Tomás sintió un escalofrío.
—Eso sonó bastante específico.
—Solo es una opinión— se encogió de hombros, Redne se levantó y sacudió un poco la arena de su vestido —Tengo que irme.
Tomás observó cómo se alejaba.
—Redne.
Ella se detuvo.
—¿Sí?
—¿Cómo sabías que eran tres?
Redne permaneció inmóvil.
Tomás había escuchado perfectamente la palabra que había susurrado aquella mañana desde las rocas.
Tres.
Ella giró lentamente y desde que él la conocía, Redne no sonrió.
—Porque siempre son tres.
Tomás sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué significa eso?— quiso saber, pero Redne ya se había marchado.
Aquella noche Tomás no consiguió dormir. Buscó información sobre las antiguas historias del pueblo, preguntó a personas mayores y encontró algo que hizo que su estómago se revolviera. La historia de la sirena no era nueva. Había registros antiguos de desapariciones similares, ocurridas cada cierto tiempo y siempre bajo la misma condición.
Luna llena.
Tres hombres.
Ningún cuerpo.
Tomás pasó las páginas de un viejo cuaderno hasta encontrar una anotación mucho más antigua.
«La mujer del mar volverá cuando la luna esté completa. Elegirá a tres pecadores y el océano guardará sus nombres.»
Debajo de aquella frase había tres nombres escritos.
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Editado: 06.10.2026