La noche de luna nueva llegó sin que nadie en el pueblo pareciera darle demasiada importancia. El cielo estaba completamente oscuro sin una sola estrella que consiguiera iluminar las calles y el mar se extendía frente a la costa como una enorme masa negra que parecía no tener fin. Tomás llevaba varios días intentando encontrar a Redne, y aunque no quería admitirlo, la conversación que habían tenido junto al agua no dejaba de repetirse en su cabeza. « El mar se los llevó ». Aquellas palabras habían sonado demasiado tranquilas para alguien que supuestamente no sabía nada de las desapariciones. Por eso cuando vio una silueta caminar hacia la playa poco después de la medianoche no dudó en seguirla.
Redne caminaba descalza.
Su vestido rozaba la arena mientras avanzaba lentamente hacia el agua y su cabello chocolate se movía con el viento. Tomás se mantuvo a cierta distancia escondiéndose detrás de las rocas para evitar que ella lo descubriera pero cuando llegó a la orilla Redne se detuvo. Permaneció allí durante varios segundos mirando fijamente el océano hasta que finalmente comenzó a entrar en el agua.
Tomás frunció el ceño.
El agua le llegó primero a los tobillos, después a las rodillas y finalmente a la cintura. Redne continuó avanzando sin mostrar ningún signo de miedo, como si la oscuridad del mar fuera el lugar al que realmente pertenecía. Cuando el agua cubrió sus hombros, desapareció bajo la superficie.
Tomás contuvo la respiración. Esperó, Uno, Dos, Tres minutos, Redne no volvió a aparecer.
—No puede ser...
Se acercó a la orilla mirando el agua con desesperación pero entonces escuchó algo: Una voz.
Era suave, hermosa y tan delicada que durante unos segundos pensó que simplemente estaba imaginándola. La melodía parecía venir desde debajo del agua, pero no podía distinguir las palabras. Tomás sintió cómo un extraño escalofrío recorría su cuerpo mientras aquella voz continuaba cantando y sin darse cuenta comenzó a caminar hacia el mar.
Un paso y después otro. La melodía se volvió más clara, ya no parecía una canción, parecía un llamado que estaba siguiendo voluntariamente, Tomás entró al agua hasta que sintió el frío rodearle las piernas y justo cuando estaba a punto de avanzar un poco más, recordó algo que había leído en los antiguos registros.
" La mujer del mar cantará para aquellos que deban escucharla. "
Retrocedió.
—Redne.
La canción se detuvo, el mar quedó completamente en silencio y algo emergió lentamente de la superficie.
Primero apareció su cabello, después su rostro y finalmente sus hombros, Redne flotaba frente a él. Estaba casi completamente diferentez sus ojos ya no eran grises eran completamente negros, Tomás retrocedió con dificultad.
—¿Qué eres?
Redne no respondió inmediatamente. Lo observó durante unos segundos y después su cuerpo comenzó a cambiar bajo el agua. Sus piernas desaparecieron entre las sombras y en su lugar una enorme cola cubierta de escamas apareció bajo la superficie moviéndose lentamente con cada ola, en sus orejas brotaron lo que parecían pequeñas aletas y en su cuello unos cortes que eran cubiertos por escamas, Tomás sintió que el miedo le paralizaba el cuerpo.
—Dios...
—No lo invoques —respondió Redne con tranquilidad y frialdad mientras le miraba,—. Él no tiene nada que ver conmigo.— Tomás apenas podía respirar.
—Eres una sirena— Redne sonrió mientras le miraba con aburrimiento —Los hombres...— se atragantó con sus palabras mientras notaba desde las casas del pueblo tres sombras caminando como hipnotizados hacia el mar —¿Tú te los llevaste?— Redne permaneció en silencio durante unos segundos antes de responder.
—El mar se los llevó.
—Eso no responde mi pregunta...— retrocedió al sentir las olas del mar subir cada vez más, Tomás negó con la cabeza —¿Por qué ellos?
Redne se acercó un poco más, sus manos, que tenían dedos largos y negros y acababan con uñas largas similares a garras se apoyaron en la arena
—Porque no todos los hombres que caminan por este pueblo son buenos.
—Eso no te da derecho a matarlos— Redne inclinó ligeramente la cabeza mientras sonreía, una hilera de colmillos se mostró bajo sus labios ante la sonrisa
—¿Matar?
—Tres hombres desaparecieron.
—Tres hombres que hicieron daño— repuso de inmediato, Tomás guardó silencio. Redne continuó —: Uno golpeaba a la mujer que dormía a su lado. Otro disfrutaba lastimando criaturas que no podían defenderse. El tercero hizo cosas que nadie quiso creer hasta que fue demasiado tarde y obligó a un alma inocente a hundirse en las olas del mar para evitar el dolor que él le provocaba— bramo, su cola se sacudió tan fuerte que hizo que el agua chocará con rudeza contra las rocas y la orilla.
—Entonces tú decides quién merece morir...— murmuró, Redne negó lentamente con la cabeza.
—No.
—¿Entonces qué haces?
—Escucho— dijo con tranquilidad mientras miraba hacia el fondo del océano, Tomás frunció el ceño.
—¿Qué escuchas?
—Sus pecados.— sonrió, una corriente fría pasó entre ambos —El mar recuerda todo, Tomás. Cada grito, cada mentira, cada súplica. Nada desaparece realmente cuando ocurre dentro de sus aguas— Tomás sintió que la sangre se le helaba.
—¿Y tú eres quien los castiga?
—Yo solo llevo al mar a quienes ya pertenecen a él— Redne lo miró directamente a los ojos, con esa mirada oscura brillando en aburrimiento
Tomás quiso responder, pero una segunda voz comenzó a escucharse. Era diferente. Más grave, más profunda y venía desde mucho más lejos, Redne dejó de sonreír y Tomás miró hacia el horizonte.
—¿Qué es eso?
Redne no respondió, el canto volvió a escucharse, esta vez más cerca. Una melodía lenta comenzó a mezclarse con el sonido de las olas, Tomás sintió que algo dentro del agua estaba acercándose.
—Redne...
—Sal del agua— ella le miró, ordeno de inmediato
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Editado: 06.10.2026