Tomás no volvió a dormir aquella noche. Permaneció encerrado en su habitación hasta que el sol comenzó a aparecer detrás de las montañas, escuchando una y otra vez aquella voz pronunciando su nombre desde el océano. No sabía qué había visto realmente, pero había algo que tenía completamente claro: Redne no era humana. Durante años había vivido entre ellos como una mujer cualquiera, caminando por las mismas calles, comprando en los mismos puestos, hablando con los pescadores y ayudando a los ancianos, pero debajo de aquella apariencia tranquila existía algo que pertenecía al mar, y ahora sabía que no era solamente ella.
Al día siguiente decidió buscar respuestas.
Fue hasta la casa de doña Elvira, la mujer más anciana del pueblo y la misma que había mencionado la leyenda de la mujer del mar. La encontró sentada frente a su ventana observando el océano como si estuviera esperando algo.
—Tú sabías lo que era Redne —dijo Tomás sin siquiera saludar. La anciana levantó lentamente la mirada, realmente no pareció sorprendida.
—Finalmente la viste.— dijo ella con tranquilidad total, Tomás sintió un escalofrío.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde antes de que tú nacieras.
La respuesta lo dejó en silencio, Doña Elvira se levantó con dificultad y caminó hasta un viejo mueble de madera. Sacó una caja cubierta de polvo y la colocó sobre la mesa. Dentro había fotografías antiguas, documentos amarillentos y varias páginas arrancadas de libros que parecían tener más de cien años.
—Nuestra gente hizo un pacto con el mar —explicó ella mientras regresaba a él.
Tomás tomó una de las hojas, en ella aparecía un dibujo antiguo de una mujer con el cabello largo sentada sobre una roca, mientras tres figuras caminaban hacia el océano.
—¿Redne?
—No siempre se llamó así— se encogió de hombros, la anciana pasó los dedos por la ilustración —Mucho antes de que este pueblo tuviera este nombre, ella ya estaba aquí. Dicen que apareció después de una tormenta que destruyó casi todas las casas de la costa. La encontraron entre las rocas, viva, aunque nadie sabía cómo había sobrevivido.
—¿Porque era una sirena...?— dijo confundido, la anciana soltó una leve risa sin poder evitarlo mirando al muchacho con cierto pesar, le recordaba a ella cuando era joven y quería descubrir casa secreto del mar.
—Porque es algo mucho más antiguo que nosotros.
Tomás continuó leyendo, según aquellos documentos, Redne había vivido durante años cerca del pueblo, pero no siempre había llevado hombres al mar. Al principio solo observaba. Escuchaba. Aprendía las costumbres humanas y se acostumbraba a ellos. Incluso llegó a enamorarse de algunas personas, aunque jamás pudo quedarse demasiado tiempo.
Pero entonces ocurrió algo, los habitantes del pueblo descubrieron lo que era y tuvieron miedo e intentaron matarla, la persiguieron hasta la costa y la atraparon durante una noche de luna llena. Sin embargo antes de que pudieran hacerle verdadero daño a la sirena heredera de la luz de la luna, una tormenta llegó desde el océano y destruyó gran parte del pueblo en reprimenda por haber tocado algo que pertenecía a sus aguas. Cuando el mar finalmente se calmó por las súplicas de Redne, los habitantes descubrieron que ella seguía viva, fue entonces cuando hicieron el pacto.
—¿Qué pacto? —preguntó Tomás levantando la mirada de los documentos viejos, Doña Elvira lo miró fijamente.
—El pueblo le entregaría tres hombres cada vez que la luna reclamara el mar.— Tomás dejó caer la hoja sobre la mesa.
—¿Qué?
—No cualquier hombre— la anciana formó una pequeña sonrisa —, Los pecadores.
Tomás sintió que todo comenzaba a encajar, las desapariciones, las historias.
—Entonces ella no comenzó a llevárselos porque quisiera vengarse.
—No, todo era parte del acuerdo.— asintió la anciana, Tomás negó lentamente con la cabeza.
—¿Y todos estos años nadie dijo nada?— Doña Elvira soltó una pequeña risa divertida mientras se sentaba nuevamente en su mecedora vieja.
—¿Quién habría querido hablar? Cada generación heredó el pacto de la anterior. Los pescadores sabían que ciertas personas desaparecían, pero preferían mirar hacia otro lado. Era más fácil fingir que el mar se los había llevado.
Tomás recordó las palabras de Redne.
« El mar se los llevó »
Ahora entendía porque no era una mentira, era la manera en que todos habían aprendido a contar la verdad sin decirla.
—¿Y si un mes no hay tres pecadores?— pregunto mirándole, la anciana levantó la mirada hacia el océano.
—Siempre los hay.— dijo con calma,
—¿Y la segunda voz?— pregunto, el rostro de doña Elvira cambio completamente y el miedo apareció en sus ojos.
—No debiste escucharla...
—¿Qué era?— insistió, la anciana cerró la caja.
—Hay cosas que viven aún más profundo que Redne.
—Necesito saberlo.
—No.
—¡Doña Elvira!— insistió de nuevo, lq mujer negó con la cabeza.
—El pacto solo protege al pueblo mientras Redne sea quien elija, mientras Redne este aún en nuestras costas.— dijo ella con firmeza provocando que Tomás se quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?— murmuró, la anciana se acercó a la ventana.
—Significa que mientras ella decida quién entra al mar, nosotros seguimos a salvo. Ella simplemente se lleva a los pecadores que no pueden ser perdonados, por eso teniamos bastante tiempo sin tener "ahogados"— Tomás miró hacia el océano y ahí comprendió que Redne no era simplemente una criatura que cazaba hombres.
Era probablemente la guardiana de un pacto, un pacto que los habitantes del pueblo habían aceptado hacía generaciones y que continuaban alimentando en silencio.
Pero había algo que todavía no comprendía.
—¿Por qué sigue haciéndolo?— dijo confundido, Doña Elvira permaneció unos segundos en silencio.
—Porque también está cumpliendo su parte..— dijo sin estar dispuesta a revelar más,
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Editado: 06.10.2026