CAPÍTULO 1.
ARIA.
El taxi frena frente a una reja negra enorme. Miro la casa por la ventana y trago saliva. Es gigantesca, gris y fría, y está rodeada de árboles altos. No parece el hogar de una familia, parece un edificio de oficinas donde no está permitido reírse.
Le pago al taxista, bajo mi maleta y camino hacia el interfono.
—Aria Miller. Vengo por el puesto de niñera —digo.
El portón hace un ruido metálico y se abre solo. Camino por un sendero de piedra tan limpio que me da miedo pisar fuera de lugar. Cuando llego a la puerta principal, una mujer mayor vestida de negro me abre antes de que pueda tocar el timbre. No sonríe. Solo me hace una seña con la mano para que pase.
Apenas pongo un pie adentro, escucho voces en la sala.
—Silas, no seas terco. La niña necesita disciplina militar. Un internado en Suiza es lo mejor para ella —dice una voz de mujer, muy segura de sí misma.
Me asomo con cuidado.
En medio de una sala enorme con piso de mármol blanco, veo a una mujer alta, rubia y con un vestido rojo que parece muy caro. Se mueve como si fuera la dueña del lugar.
Frente a ella, de espaldas a mí, hay un hombre alto, de hombros anchos que viste un traje oscuro impecable.
—Mía se queda aquí —responde él. Su voz es grave, profunda y no admite discusión—. No voy a mandar a mi hija a ningún internado.
—¿Y vas a seguir contratando niñeras que duran dos días? —reclama ella, cruzándose de brazos. —La mejor forma de protegerla y educarla es enviarla ahí. Me he informado...
En ese momento, el ama de llaves tose para avisar de que estoy ahí.
El hombre se gira y me quedo sin aire durante un segundo.
Es joven y muy guapo, pero tiene una cara dura, sin una sola arruga de expresión. Sus ojos grises se clavan en mí como dos cuchillos de hielo.
Así que así es Silas Vane. No parece un padre cansado; parece un jefe que está a punto de despedir a todo el mundo.
La mujer del vestido rojo, es Vivian Sterling, la conozco de alguna revista. Ella me mira de arriba abajo con una sonrisita burlona.
—¿Esta es la nueva? —pregunta ella, mirándome los zapatos desgastados—. Parece una niña. Silas, por favor, Mía se la va a comer viva en diez minutos.
Enderezo la espalda y doy un paso al frente. No voy a dejar que me pisoteen antes de empezar.
—Tengo veinticuatro años, señora. Y tengo bastante experiencia con niños difíciles —respondo con calma.
Vivian arquea una ceja, sorprendida de que le conteste.
Silas en cambio, no cambia el gesto. Mira su reloj de pulsera y luego me mira a mí.
—Llega tres minutos tarde, señorita Miller —dice con una voz fría—. Odio la impuntualidad.
—Había un camión averiado en la subida, señor Vane. No podía volar —le contesto.
Silas entrecierra los ojos. Noto que no está acostumbrado a que nadie le responda sin agachar la cabeza.
Vivian suelta una risita falsa.
—Qué simpática. Silas, hazme caso, no pierdas el tiempo. Al menos deja que yo llame a una agencia de verdad.
Silas la ignora por completo. Vuelve a mirar su reloj y luego señala la escalera del fondo.
—Mi hija está en su habitación, en el segundo piso. Se encerró con llave después del desayuno y ya rompió dos jarrones. Las últimas tres niñeras salieron llorando antes del mediodía.
—Entiendo —digo.
—Tiene veinte minutos para sacarla de ese cuarto por las buenas —continúa Silas, dando un paso hacia mí. Es mucho más alto que yo, y su presencia impone demasiado—. Si en veinte minutos la puerta sigue cerrada o salga corriendo, coja su maleta y váyase.
—¿Y si sale? —le pregunto, sosteniéndole la mirada.
—Si sale, el trabajo es suyo. Cuatro mil dólares al mes, habitación propia y un contrato por un año.
El sueldo me hace dar un vuelco al corazón. Necesito ese dinero con urgencia para pagar las deudas del tratamiento médico de mi hermana. No puedo fallar.
—Empiece a contar los veinte minutos, señor Vane —le digo.
Vivian se ríe por lo bajo y se sienta en el sofá de cuero blanco, cruzando las piernas como quien va a ver un espectáculo divertido.
—Te espero aquí abajo con tu maleta, cariño —me dice con veneno.
No le hago caso. Giro sobre mis talones y subo las escaleras. El corazón me late con fuerza contra el pecho, pero mantengo el paso firme.
El pasillo de arriba es largo, lleno de puertas cerradas y cuadros oscuros. Al final del pasillo, escucho un golpe seco contra la madera, seguido de un grito:
—¡No voy a salir! ¡Déjenme en paz!
Me detengo frente a la puerta blanca. En el suelo hay restos de jugo de naranja derramado. Mía está dentro, furiosa.
Miro mi reloj. Quedan dieciocho minutos.
Me acerco a la puerta. No toco fuerte. No grito. Me siento en el suelo, apoyando la espalda contra la madera, al lado de la puerta cerrada.
—Hola, Mía —digo en voz normal, sin fingir un tono dulce de maestra—. Me llamo Aria.
Silencio del otro lado. Solo se escucha una respiración agitada.
—¡Vete! —grita la niña desde adentro—. ¡No quiero otra niñera tonta! ¡Le voy a decir a mi papá que te eche!
—Tu papá me ha dicho que si no salías en quince minutos estoy despedida y me tengo que ir —le respondo con calma, mirando mis uñas—. Así que, en realidad, no tengo mucho trabajo que hacer aquí.
Otro silencio. Siento que la niña se acerca a la puerta, picada por la curiosidad.
—¿No vas a rogarme que abra? —pregunta con su vocecita suave, ahora más cerca.
—No. ¿Por qué lo haría? Estar encerrada es aburrido y además pasas hambre, pero si prefieres estar ahí dentro hambrienta y sin nadie con quien hablar, es tu problema.
—¡No tengo hambre!
Su estómago suena fuerte justo después de decir eso. Es tan sonoro que lo escucho a través de la madera por lo que sonrío para mis adentros.
—Menos mal —digo, sacando de mi bolso un paquete de galletas de chocolate que compré en la estación de tren—. Porque traje unas galletas con chispas de chocolate caseras que están buenísimas, y me las voy a comer yo sola. Es una lástima, son demasiadas para mí.