CAPITULO 1
La emboscada de los Averyl
Puerto de Portsmouth, Inglaterra, 29 de noviembre de 1784
El estruendo de las olas rompiendo contra el casco del navío MHS Sovereign no era nada comparado con el rugido de los cañones del puerto de Porstmouth . Tras dos largos años patrullando las aguas del Mediterráneo y el Atlántico , el navío de linea de la Marina Real británica atracaba por fin en suelo ingles.
En la cubierta de mando, el Capitán Lord George Averyl permanecía firme como una estatua, ignorando el gélido viento que azotaba la costa. Tenia treinta años y una planta imponente que obligaba a sus subordinados a enderezar la espalda al verlo pasar. Su uniforme de capitán de la armada Real , azul marino con brocados dorados, le sentaba como una armadura; pero lo que realmente intimidaba era su mirada: ojos grises, fríos y cortantes como el invierno ingles, que contrastaban con las facciones decididas de un hombre poseedor de un atractivo físico imponente capaz de dominar la cubierta de su navío, a la par que la tempestad más indomable, con una sola mirada. Su pelo castaño discretamente recogido y su expresión decidida acababan por determinar su porte aristocrático. Provenía de los Averyl, una de las dinastías aristocráticas más antiguas e imponentes de Inglaterra; su estirpe pertenecía a un linaje legendario que se remontaba a la mismísima Conquista Normanda.
-¿Todo listo para el desembarco, capitán?.-preguntó su primer oficial, guardando el catalejo.
-Ordene que la tripulación recoja las velas y asegure las amarras, señor Davies -ordenó-. Su voz era profunda, acostumbrada a imponerse sobre el rugido el mar.
Estaba exhausto y recordó que en la ultima carta que recibió de su madre, le insistió que al llegar a Londres celebrarían un baile en su honor para celebrar su regreso y la satisfacción del deber cumplido que tanto enorgullecía a su padre, el patriarca de los Averyl. -”No puedo faltar al baile en mi honor esta noche en Londres”. Suspiró con desgana.
Pertenecer a la cuna dinástica de los Averyl, los poderosos Duques de Sterling, conllevaba obligaciones del todo ineludibles.
Su hermano mayor, lord Edward Averyl, Marqués de Vance, el heredero del ducado, ya estaba convenientemente casado, con la descendencia asegurada y los hilos políticos de la corte firmemente sujetos junto a la familia Cavendish y el mismísimo Rey Jorge.
Aquella rigidez distaba mucho del afecto que George profesaba a su hermana pequeña, lady Elizabeth, a quien siempre había consentido desde la infancia, formando una alianza inquebrantable en sus viejas riñas contra el primogénito.
Como hermano mediano, a él le había correspondido buscar la gloria militar en el mar. Sin embargo, ahora que estaba de regreso en tierra firme, sabía que le tocaría soportar un asedio mucho más implacable que cualquier batalla naval; el de la alta sociedad londinense y sus asfixiantes exigencias dinásticas.
Sabia perfectamente lo que le aguardaba en la capital: un desfile interminable de matronas de la aristocracia ávidas por comprometerlo con sus hijas debutantes; jovencitas de diecisiete o dieciocho años que tocaban el piano, sonreían con timidez y se desmayaban ante el menor contratiempo.
Aquel desfile representaba un tedio insoportable para un hombre que había visto arder navíos en mitad de la noche.
El clamor de los estibadores y el bullicio de los trabajadores portuarios lo arrancaron bruscamente de sus pensamientos,devolviéndolo a la realidad. No deseaba demorarse ni un segundo más en el puerto, por lo que delegó el resto de las tareas en su segundo de a bordo y se dispuso a desembarcar.
Descendió a tierra y avanzó con paso firme, ignorando el bullicio de los marineros y mercaderes que, a pesar de la temprana hora, ya trabajaban con una actividad febril.
Un carruaje negro y pesado, con el escudo del ducado de Sterling grabado en las portezuelas, lo aguardaba a pocos metros del muelle. El cochero se inclinó con respeto, abrió la portezuela y George subió de inmediato. El carruaje arrancó a toda prisa, devorando las setenta y dos millas del camino directo que le llevarían hacia la imponente mansión familiar en Londres.
A través de la ventanilla, el joven lord veía pasar los verdes campos ingleses y, más tarde, las ajetreadas calles de la capital. Sabia perfectamente que volver a casa significaba volver a un campo de batalla diferente; uno hecho de estrictas etiquetas, hipocresía y tensiones familiares.
Cuando el carruaje cruzó las verjas de hierro de la residencia de los Sterling, se detuvo ante la gran escalinata de piedra. Las puertas de la casa se abrieron de par en par.
Al bajar del carruaje, sintió un torbellino de faldas que se abalanzaba sobre él.
-¡George!- un grito de pura alegría rompió el aire.
Era su hermana pequeña, lady Elizabeth. Ella era, sin duda, su protegida-, la única persona en esa casa, junto con su madre, por la que el joven lord sentía una devoción absoluta y a la que había blindado con férrea determinación ante la frivolidad de ese mundo. Ahora, a sus veinte años, la joven ya estaba prometida con sir Scott Furnish, miembro de una de las dinastías más longevas e influyentes de Inglaterra.
Su hermana lo abrazó fuertemente rompiendo todo el protocolo.
El capitán suavizó enseguida sus ojos grises y esbozó una sonrisa genuina mientras la rodeaba con sus brazos protectores.
-Enhorabuena por tu compromiso hermanita. Madre ya me lo comunicó en su última carta. Lástima que tu prometido sea tan pésimo en los juegos de mesa y en la caza, pero no te preocupes,ya lo enderezaremos, pequeña -le dijo guiñándole un ojo, mientras esta le propinaba un cariñoso codazo en el brazo-- .En serio, me alegro por ti hermanita.- le aseguró antes de besarle la mejilla.
Justo detrás de ella, bajando los escalones con una elegancia aristocrática y lágrimas contenidas de orgullo apareció su madre. La duquesa extendió los brazos hacia su hijo mediano, aliviada de verlo regresar con vida y cubierto de gloria militar tras dos años de peligros en el mar. El joven lord se separó con cuidado de su hermana para recibir el tierno abrazo de su madre, sintiendo por un instante el verdadero calor del hogar.