El secreto que nos separó

Capítulo: 2

Lucía permaneció inmóvil frente a Adrián.

Habían pasado diez años.

Diez años desde la última vez que lo había visto.

Diez años desde aquella noche en la que él había salido por aquella puerta convencido de que ella lo había traicionado.

Y ahora estaba allí.

Frente a ella.

Mirándola como si intentara encontrar en su rostro una explicación para todo lo que había ocurrido.

Pero Lucía no estaba preparada para dársela.

No todavía.

—Quiero hablar contigo —dijo Adrián.

Ella apretó la carpeta contra su pecho.

—No aquí.

—Entonces dime dónde.

—No lo sé.

—Lucía...

—Tengo que llevar a Mateo a casa.

Adrián miró hacia el automóvil.

El niño estaba sentado en el asiento trasero, observándolos desde la distancia.

Todavía no sabía quién era él.

Todavía no sabía que aquel hombre era su padre.

Adrián sintió una presión en el pecho.

—Quiero conocerlo.

Lucía lo miró.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Porque para él eres un desconocido.

—Pero soy su padre.

—Biológicamente, sí.

La respuesta le dolió.

—¿Y qué significa eso?

—Significa que no puedes aparecer después de diez años y esperar que él te reconozca como alguien importante.

Adrián apretó la mandíbula.

—Yo no sabía que existía.

—Eso no cambia lo que pasó.

—¿No?

Lucía lo miró fijamente.

—No.

—Entonces explícame por qué nunca me lo dijiste.

Ella sintió que algo se encendía dentro de ella.

La misma rabia que había mantenido enterrada durante diez años.

—¿De verdad quieres que hablemos de eso?

—Sí.

—¿Ahora?

—Ahora.

Lucía soltó una risa amarga.

—Qué conveniente.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que ahora quieres respuestas.

—Tengo derecho a ellas.

—¿Derecho?

Lucía dio un paso hacia él.

—¿Dónde estaban tus derechos aquella noche, Adrián? ¿Dónde estaban cuando te pedí que me escucharas?

Él permaneció callado.

—Te dije que las fotografías no significaban lo que tú creías.

—Las vi.

—Pero no viste la verdad.

—Te vi con otro hombre.

—Y decidiste creer que te había engañado.

—¿Qué otra cosa debía pensar?

Lucía sintió que las lágrimas comenzaban a arderle en los ojos.

—Podías haber pensado que me amabas lo suficiente para escucharme.

Adrián apartó la mirada.

Aquella frase todavía le dolía.

Porque una parte de él seguía creyendo que ella lo había engañado.

Durante diez años había vivido con esa certeza.

Había reconstruido su vida sobre ella.

Se había convencido de que Lucía había elegido a otro hombre.

Que todo lo que habían vivido juntos había terminado porque ella había dejado de amarlo.

Y ahora aparecía un hijo.

Su hijo.

Un niño de diez años que demostraba que había una parte de aquella historia que él nunca había conocido.

—No sé qué esperas que piense —dijo finalmente.

—No espero que pienses nada.

—Entonces dime la verdad.

—Ya te la dije hace diez años.

Adrián la miró.

—Y yo vi lo que vi.

Lucía cerró los ojos.

Ahí estaba otra vez.

La misma pared.

La misma acusación.

Después de diez años, Adrián seguía creyendo que ella lo había traicionado.

Y ella seguía creyendo que él había decidido abandonarla cuando más lo necesitaba.

Ninguno estaba dispuesto a ceder.

—Tengo que irme —dijo Lucía.

—No hemos terminado.

—Nosotros nunca terminamos, Adrián.

Él se quedó inmóvil.

Lucía se dio la vuelta.

—Lucía.

Ella se detuvo.

—¿Qué?

Adrián miró hacia el coche.

—¿Él sabe quién soy?

—No.

—¿Sabe que tiene un padre?

Lucía tardó en responder.

—Sabe que su padre existe.

—¿Qué le dijiste de mí?

—La verdad que podía soportar.

Adrián soltó una risa amarga.

—¿Y cuál es esa verdad?

Lucía lo miró.

—Que un día te fuiste.

—Porque me engañaste.

Ella sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.

—Exactamente.

Se marchó sin decir nada más.

Adrián la observó alejarse.

Por primera vez en diez años, la seguridad que había tenido sobre aquella historia comenzó a tambalearse.

Pero no lo suficiente.

Seguía creyendo en las fotografías.

Seguía creyendo en lo que había visto.

Y, sobre todo, seguía sin entender por qué Lucía jamás había intentado demostrarle que estaba equivocado.

Aquella noche, Lucía acostó a Mateo más temprano de lo habitual.

El niño estaba demasiado emocionado por haber conocido a aquel hombre.

—Mamá.

—¿Sí?

—¿Adrián era tu novio?

Lucía se quedó quieta.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque se miraban raro.

Lucía sonrió débilmente.

—Los adultos hacemos cosas raras.

—¿Lo amabas?

La pregunta la tomó desprevenida.

Se sentó en el borde de la cama.

—Sí.

Mateo la observó.

—¿Mucho?

Lucía bajó la mirada.

—Mucho.

—¿Y él te amaba?

La respuesta tardó en llegar.

—Eso creía.

—¿Qué pasó?

Lucía acarició el cabello de su hijo.

—Nos hicimos daño.

—¿Él te hizo daño?

—Los dos nos hicimos daño.

Mateo frunció el ceño.

—¿Entonces por qué volvió?

Lucía respiró profundamente.

—No lo sé.

—A mí me cayó bien.

—Lo acabas de conocer.

—Sí.

—No puedes confiar en alguien solo porque te caiga bien.

—Tú confiaste en él.

Lucía sintió un nudo en la garganta.

—Hace mucho tiempo.

Mateo guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Es mi papá?

Lucía se quedó inmóvil.

El niño la observó.

—No tienes que mentirme.

—¿Por qué dices eso?

—Porque cuando él me miró parecía...

—¿Parecía qué?

—Como si estuviera triste.




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