# CAPÍTULO 3
## La verdad bajo sospecha
Adrián volvió a leer el mensaje.
**«No confíes en Lucía».**
Las cuatro palabras permanecían en la pantalla, sencillas y amenazantes.
Durante diez años había creído que Lucía lo había engañado. Durante diez años se había aferrado a las fotografías como prueba de que su decisión había sido correcta.
Sin embargo, ahora había un niño de diez años que lo miraba con una confianza que él no sabía cómo merecer.
Y una mujer que lo observaba como si todavía fuera capaz de destruirle la vida.
Adrián bloqueó el teléfono y se levantó de su escritorio.
Necesitaba respuestas.
Pero, por primera vez, empezaba a sospechar que las había estado buscando en el lugar equivocado.
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A la mañana siguiente, Lucía llegó a la oficina antes de la hora habitual.
Apenas había dormido.
El mensaje recibido la noche anterior seguía atormentándola.
*Él ya está cerca de ustedes.*
¿Quién lo había enviado?
¿Y qué significaba exactamente que Adrián estuviera cerca de ellos?
Miró la fotografía de Mateo que guardaba en su teléfono. Su hijo aparecía sonriendo, con los ojos entrecerrados por la luz del sol.
Durante diez años, ella había sido su único refugio.
Había aprendido a resolver problemas sin ayuda, a sonreír cuando estaba a punto de derrumbarse y a responder preguntas para las que nunca había encontrado una explicación satisfactoria.
Pero no sabía cómo protegerlo de una verdad que empezaba a perseguirlos.
—Llegaste temprano.
La voz de Adrián la hizo levantar la cabeza.
Él estaba junto a la puerta de su despacho.
Lucía guardó el teléfono.
—Tengo trabajo.
—Siempre tienes una respuesta para todo.
—Y tú siempre encuentras una razón para desconfiar.
Adrián cerró la puerta detrás de sí.
—Recibí otro mensaje anoche.
Lucía sintió un escalofrío, pero procuró que no se notara.
—¿Qué decía?
—Que no confiara en ti.
Ella bajó la mirada por un instante.
Adrián lo notó.
—¿Por qué has reaccionado así?
—¿Cómo quieres que reaccione? Llevas diez años desconfiando de mí. Un mensaje más no cambia nada.
—Tal vez no. Pero hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—Si alguien quiere mantenernos separados, ¿por qué ahora?
Lucía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Durante un instante, estuvo a punto de contarle todo lo que había ocurrido aquella noche. No solamente lo que él había visto, sino también lo que había sucedido después de que se marchara.
Sin embargo, recordó las llamadas sin respuesta. Los días esperando una oportunidad para explicarse. El silencio que había recibido cuando más necesitaba que él la escuchara.
No podía volver a entregarle su corazón a un hombre que todavía la consideraba culpable.
—Pregúntaselo a quien te envía los mensajes —respondió.
Adrián la estudió.
—¿No tienes miedo de que descubra la verdad?
Lucía levantó la cabeza.
—Tengo miedo de muchas cosas, Adrián. Pero no de la verdad.
—Entonces ayúdame a encontrarla.
—Llevo diez años intentando que la veas.
Él no respondió.
Lucía recogió sus documentos y salió del despacho.
Esta vez, Adrián no intentó detenerla.
Porque había algo en su voz que no parecía propio de una mujer que estuviera inventando una historia.
Parecía el cansancio de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando ser escuchado.
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A media mañana, Elena apareció en el despacho de Adrián con una carpeta entre las manos.
—He estado pensando en lo que hablamos.
Adrián no apartó la mirada del ordenador.
—¿Sobre Mateo?
—Sobre todo esto.
Elena dejó la carpeta sobre la mesa.
—Hay algo que deberías considerar. Si alguien sabía lo de las fotografías hace diez años, quizá esa persona también sabía lo que ocurrió después.
Adrián levantó la mirada.
—¿Crees que alguien las utilizó para separarnos?
—No lo sé. Pero si estás recibiendo amenazas ahora, no deberías descartar ninguna posibilidad.
Él abrió la carpeta, aunque no llegó a leer los documentos.
En su memoria apareció una imagen que llevaba años evitando: el día en que había recibido las fotografías.
No se las había enviado Lucía.
Tampoco las había encontrado por casualidad.
Habían llegado en un sobre sin remitente, acompañado de una nota breve que decía que merecía conocer la clase de mujer con la que estaba a punto de casarse.
En aquel momento, la rabia había sido más fuerte que cualquier otra emoción.
Había visto las imágenes, había sacado sus propias conclusiones y había ido a buscar a Lucía.
Nunca había averiguado quién había enviado el sobre.
Nunca se había preguntado por qué alguien había querido que lo recibiera.
—Elena, ¿recuerdas el sobre de las fotografías?
Ella frunció el ceño.
—Sí. Me hablaste de él aquella noche.
—Nunca supe quién lo envió.
—¿Y ahora sospechas que fue la misma persona que te está escribiendo?
Adrián miró el teléfono.
—No lo sé. Pero voy a averiguarlo.
Elena pareció preocupada.
—Ten cuidado. A veces, cuando uno busca una verdad, descubre que ha vivido demasiado tiempo creyendo en otra.
Adrián cerró la carpeta.
—Eso es precisamente lo que necesito saber.
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Al terminar la jornada, Lucía encontró a Mateo esperándola en la entrada del edificio.
El niño corrió hacia ella.
—¡Mamá!
Lucía lo abrazó y le besó la frente.
—¿Qué haces aquí tan temprano?
—Hoy salí antes. La señora que me cuida me trajo.
Ella sonrió.
—¿Te has portado bien?
—Sí. Pero tengo una pregunta.
La sonrisa de Lucía se debilitó.
—¿Cuál?
Mateo miró hacia las puertas del edificio.
—¿Voy a volver a ver a Adrián?
Lucía tardó en contestar.