El secreto que nos separó

Capitulo 4

## El hombre detrás de las fotografías

Adrián llevaba casi veinte minutos escuchando el tono de llamada.

Estaba a punto de colgar cuando una voz masculina respondió al otro lado.

—¿Diga?

—¿Gabriel? Soy Adrián Andrade.

Hubo un silencio.

—Vaya. No esperaba volver a escuchar tu voz.

—Necesito hacerte unas preguntas.

—Han pasado muchos años para que me llames a estas horas. Supongo que no quieres hablar del tiempo.

Adrián miró el sobre que tenía sobre el escritorio.

—¿Recuerdas las fotografías que recibí hace diez años? Las de Lucía.

El silencio que siguió fue diferente.

Más largo.

Más incómodo.

—¿Por qué preguntas por eso ahora?

—Porque alguien ha vuelto a enviarme mensajes. Sabe cosas de mi hijo y quiere impedir que descubra la verdad.

Gabriel soltó el aire lentamente.

—¿Tienes un hijo?

—Sí.

—¿Y es de Lucía?

Adrián apretó el teléfono.

—Eso intento averiguar.

—Adrián, hay cosas que es mejor dejar enterradas.

La mandíbula de Adrián se tensó.

—No vuelvas a decirme eso. Llevo diez años viviendo con una historia que quizá sea mentira. Si sabes algo, vas a contármelo.

—No sabes en lo que te estás metiendo.

—Entonces explícame por qué debería tener miedo.

Gabriel no respondió inmediatamente.

Cuando volvió a hablar, su voz había perdido toda ligereza.

—Mañana. A las seis. En el Café Central, junto a la plaza. Ven solo.

—¿Vas a decirme quién tomó las fotografías?

—Voy a decirte lo que recuerdo.

—No es suficiente.

—Es lo único que puedo prometerte.

La llamada terminó.

Adrián permaneció mirando el teléfono.

Gabriel había trabajado como fotógrafo en varios eventos privados de la ciudad. Diez años atrás, él mismo lo había contratado para una celebración a la que había asistido con Lucía.

Si alguien había tomado aquellas imágenes, Gabriel podía saberlo.

Pero había algo que no encajaba.

¿Por qué había reaccionado con tanto miedo al enterarse de que Mateo existía?

---

A la mañana siguiente, Lucía recibió una llamada de un número que no reconoció.

Contestó mientras preparaba el desayuno de Mateo.

—¿Diga?

—¿Lucía?

La voz masculina le resultó extrañamente familiar.

—Sí. ¿Quién habla?

—Me llamo Gabriel. Necesito hablar contigo sobre Adrián.

Lucía se quedó inmóvil.

El nombre le removió un recuerdo que creía olvidado.

Gabriel.

Hacía diez años, aquel hombre había aparecido en una de las fotografías que Adrián utilizó para acusarla de traición. Ella lo había visto aquella noche, cuando intentó explicar lo sucedido, pero Adrián no quiso escucharla.

—¿Cómo has conseguido mi número? —preguntó.

—No importa. Lo importante es que alguien ha empezado a hacer preguntas sobre las fotografías.

Lucía sintió que el estómago se le encogía.

—¿Qué sabes de ellas?

—No puedo explicártelo por teléfono.

—Entonces no me llames para hablar con acertijos.

Gabriel guardó silencio.

—Lo siento. Sé que te hice daño.

Lucía apretó los dedos alrededor del teléfono.

—¿Tú me hiciste daño? Fuiste parte de una historia que destruyó mi vida.

—No todo ocurrió como crees.

Lucía cerró los ojos.

La misma frase, después de tantos años.

No todo ocurrió como crees.

—Si tienes algo que decirme, dilo ahora.

—Necesito verte. Esta tarde, a las cinco, en el Café Central.

—¿Por qué debería confiar en ti?

—No deberías. Pero tienes derecho a saber qué pasó aquella noche.

Lucía sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Por qué ahora?

—Porque Adrián ha vuelto a investigar.

La llamada se cortó.

Lucía se quedó mirando el teléfono.

Mateo apareció en la cocina, con la mochila colgada de un hombro.

—Mamá, ¿estás bien?

Ella levantó la cabeza y esbozó una sonrisa.

—Sí, cariño. Solo era una llamada del trabajo.

Pero mientras ayudaba a Mateo a ponerse la chaqueta, comprendió que el pasado acababa de abrir una puerta que llevaba diez años intentando mantener cerrada.

Y esta vez no sabía quién estaba al otro lado.

---

A las cinco en punto, Lucía llegó al Café Central.

Había elegido una mesa junto a la ventana, desde donde podía ver la entrada y la calle. No quería encontrarse allí, pero la posibilidad de conocer por fin la verdad había sido más fuerte que su miedo.

Gabriel llegó cinco minutos después.

Era un hombre de unos cuarenta años, de cabello oscuro con algunas hebras grises y una expresión cansada. Llevaba una chaqueta sencilla y no tenía la seguridad de alguien que se siente cómodo en su propia piel.

Al verla, se detuvo.

—Gracias por venir.

—No he venido a hacerte un favor.

Gabriel tomó asiento.

—Lo entiendo.

—Entonces habla.

Él miró alrededor antes de sacar un sobre del bolsillo interior de su chaqueta.

Lucía reconoció inmediatamente el papel amarillento.

Se le secó la boca.

—¿Qué es eso?

—Una copia de las fotografías que recibió Adrián.

—¿Por qué la tienes tú?

Gabriel dejó el sobre sobre la mesa, pero no lo soltó.

—Porque fui yo quien las tomó.

Lucía sintió una oleada de rabia.

—¿Y ahora pretendes que te crea?

—No. Pretendo que escuches lo que ocurrió después.

—Adrián vio esas fotografías y decidió que yo lo había engañado. No quiso escucharme. No me dio la oportunidad de explicarme. ¿Qué puedes decirme que cambie eso?

Gabriel bajó la mirada.

—Que las fotografías no muestran todo lo que pasó aquella noche.

Lucía soltó una risa amarga.

—Eso ya lo sé.

—Hay algo más.

Gabriel abrió el sobre y sacó una fotografía distinta de las que Lucía recordaba.

En ella aparecía ella misma, de pie junto a una puerta, con una expresión de angustia. Al fondo se distinguía una figura masculina que no miraba hacia la cámara.




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