El secreto que nos separó

Capitulo: 5

CAPÍTULO 5

La mujer que sabía demasiado

Adrián Andrade llevaba tres noches durmiendo mal.

No era el trabajo. Había pasado años acostumbrado a cerrar contratos millonarios, resolver conflictos empresariales y tomar decisiones que podían arruinar o levantar una compañía. La presión formaba parte de su vida.

Tampoco era únicamente el regreso de Lucía, aunque se empeñara en convencerse de lo contrario.

Era Mateo.

Cada vez que cerraba los ojos, recordaba al niño sentado frente a él en aquella oficina, hablando con una naturalidad que le resultaba desconcertante. Tenía diez años, una sonrisa que aparecía sin esfuerzo y una forma de observar el mundo que le recordaba demasiado a alguien.

A sí mismo.

Adrián detestaba aquella comparación. No porque le molestara imaginar que Mateo pudiera parecerse a él, sino porque empezaba a encariñarse con un niño al que todavía no sabía si tenía derecho a llamar hijo.

La prueba de ADN estaba en marcha. Hasta conocer el resultado, había decidido no hacerse demasiadas ilusiones.

Sin embargo, cada vez que veía una fotografía de su infancia, buscaba semejanzas entre su rostro y el de Mateo.

Era absurdo.

Y, aun así, no podía evitarlo.

El teléfono vibró sobre el escritorio.

Adrián lo tomó, esperando encontrar alguna actualización sobre la prueba.

No era eso.

Número desconocido:

Deberías preguntarle a Lucía qué ocurrió realmente la noche en que te marchaste.

Adrián leyó el mensaje dos veces.

Aquello ya no parecía una advertencia cualquiera. Quienquiera que estuviera escribiéndole conocía detalles de su pasado y sabía exactamente qué palabras utilizar para mantener abiertas sus heridas.

Respondió:

¿Quién eres?

La contestación llegó unos segundos después.

Alguien que estuvo más cerca de ustedes de lo que imaginas.

Adrián se incorporó en la silla.

Antes de que pudiera escribir otra pregunta, el teléfono volvió a vibrar.

Ten cuidado con las personas que regresan fingiendo que no tienen nada que ocultar.

Adrián dejó el dispositivo sobre la mesa.

—Maldita sea…

—Espero que no estés hablando de mí.

La voz femenina lo sorprendió.

Adrián levantó la mirada.

Su secretaria estaba en la puerta, acompañada por una mujer que parecía haber salido de la portada de una revista de negocios.

Alta, cabello castaño claro perfectamente peinado, vestido color vino y unos tacones que resonaban con seguridad sobre el suelo. Llevaba un bolso elegante en una mano y una sonrisa calculada en los labios.

Adrián tardó un instante en reconocerla.

—Victoria.

—Veo que todavía recuerdas mi nombre.

Victoria Salvatierra se acercó sin esperar una invitación. Le ofreció la mano y, cuando él se la estrechó, mantuvo el contacto un segundo más de lo necesario.

—Han pasado meses —comentó ella—. Empiezo a pensar que me estabas evitando.

—He estado ocupado.

—Eso dicen todos los hombres que no quieren admitir que alguien les interesa.

Adrián soltó una sonrisa breve.

—Sigues teniendo una opinión demasiado elevada de ti misma.

—Y tú sigues creyendo que puedes intimidar a todo el mundo con esa cara de pocos amigos.

Victoria se sentó frente a su escritorio.

No necesitaba preguntar si podía hacerlo. Siempre se había comportado como si las puertas se abrieran para ella por derecho propio.

Se conocían desde hacía varios años. Victoria dirigía una empresa de inversiones que había colaborado con Grupo Andrade en dos proyectos importantes. Era inteligente, persuasiva y extraordinariamente buena detectando las debilidades de los demás.

También era una mujer que no soportaba perder.

Y Adrián era una de las pocas cosas que no había conseguido.

Todavía.

—He venido a hablar del proyecto del complejo hotelero —anunció ella, cruzando las piernas—. Mi equipo revisó tu propuesta y tenemos algunas observaciones.

—Podrías haberlas enviado por correo.

—Podría. Pero entonces me habría perdido la oportunidad de verte.

Adrián la observó con frialdad.

—Victoria.

—¿Qué? ¿No puedo decirle a un hombre atractivo que me alegra verlo?

—Puedes decir lo que quieras. Eso no significa que yo tenga que interpretarlo como algo más.

La sonrisa de ella se ensanchó.

—Precisamente por eso me gustas. Nunca haces las cosas fáciles.

—No estoy intentando gustarte.

—Lo sé. Ese es parte del problema.

Victoria abrió una carpeta y comenzó a hablar del proyecto. Durante los siguientes veinte minutos se mostró profesional, incisiva y preparada. Sus argumentos eran sólidos, y Adrián tuvo que reconocer que había estudiado cada detalle de la propuesta.

Al terminar, él cerró el documento.

—Aceptaré revisar las condiciones que has planteado.

—Sabía que llegaríamos a un acuerdo.

—Hemos llegado a un acuerdo empresarial.

—Por supuesto.

Victoria se levantó y rodeó el escritorio.

Adrián siguió sus movimientos con la mirada.

—¿Qué haces?

—Quiero ver esa cicatriz.

Él frunció el ceño.

—¿Qué cicatriz?

—La que tienes cerca de la ceja. La última vez que nos vimos apenas se notaba.

Victoria se acercó demasiado. Levantó una mano como si fuera a tocarle el rostro, pero Adrián se apartó ligeramente.

Ella bajó la mano.

—Tranquilo. No voy a hacerte daño.

—No necesito que me examines.

—Qué pena. Siempre he tenido curiosidad por saber qué hay detrás de esa expresión tan seria.

—Nada que te interese.

Victoria lo estudió durante unos segundos.

Entonces su expresión cambió. La sonrisa perdió parte de su frivolidad y sus ojos se volvieron más atentos.

—He oído que tu antigua novia ha regresado.

Adrián se quedó inmóvil.

—¿Quién te lo ha dicho?

—La ciudad es pequeña cuando se trata de personas como tú.




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