El secreto que nos separó

Capitulo 6

CAPÍTULO 6

La verdad que nadie quería revelar

Victoria Salvatierra volvió a leer el mensaje.

La prueba de ADN puede cambiarlo todo.

No era una advertencia vaga ni una amenaza lanzada al azar. Quien lo había escrito sabía que Adrián estaba intentando confirmar la paternidad de Mateo. Sabía que la prueba estaba en marcha y, sobre todo, parecía temer su resultado.

Victoria dejó el teléfono sobre la mesa.

Durante años había construido su carrera sobre una regla sencilla: nunca involucrarse en asuntos que no pudiera controlar. Sin embargo, aquella vez había cometido el error de acercarse a un hombre sin conocer por completo las consecuencias.

Adrián le interesaba desde mucho antes de que Lucía regresara. Su inteligencia, su carácter difícil y aquella manera de mantener a todo el mundo a distancia habían despertado en ella una atracción que se había convertido, poco a poco, en una obsesión.

Pero Victoria no estaba acostumbrada a conformarse con una negativa.

Y ahora alguien le ofrecía una oportunidad de conseguir lo que quería.

Solo tenía que mantener a Adrián alejado de Lucía.

El problema era que, cuanto más pensaba en ello, más comprendía que no sabía en qué estaba metiéndose.

Volvió a tomar el teléfono y escribió:

Necesito saber quién eres.

La respuesta tardó casi un minuto.

Ya sabes lo suficiente.

Victoria apretó los dientes.

No voy a arriesgar mi reputación por alguien que ni siquiera tiene el valor de dar la cara.

Esta vez, el mensaje llegó inmediatamente.

Entonces pregúntale a Lucía quién llevó aquellos documentos a su casa la noche en que Adrián la abandonó.

Victoria dejó de respirar durante un instante.

Aquello era demasiado específico para ser una simple suposición.

La persona que le escribía conocía el origen de la ruptura.

Y, al parecer, también sabía que la historia que Adrián llevaba diez años creyendo podía no ser cierta.

Victoria miró la pantalla durante varios segundos antes de responder.

¿Qué documentos?

No recibió contestación.

Esperó un minuto.

Después dos.

Nada.

Finalmente, guardó el teléfono en el bolso.

Si quería respuestas, tendría que encontrarlas por su cuenta.

Y conocía a una persona que podía ayudarla.

A la mañana siguiente, Lucía llegó a Grupo Andrade antes de las ocho.

Había dormido poco. No dejaba de recordar la conversación del día anterior con Adrián, especialmente aquel instante en el que él había mirado sus labios.

Durante un segundo, había vuelto a sentirse como la mujer que fue diez años atrás: enamorada, vulnerable y convencida de que bastaba una mirada para comprenderse.

Pero aquel tiempo había terminado.

No podía permitirse confundir el deseo con la confianza.

Adrián todavía dudaba de ella. Todavía consideraba posible que le hubiera mentido sobre Mateo. Y, aunque hubiera rechazado los avances de Victoria, eso no borraba el hecho de que ambos seguían separados por una herida que nunca habían conseguido cerrar.

Lucía dejó su bolso en el cajón y encendió el ordenador.

Sobre el escritorio encontró una carpeta que no había visto el día anterior.

En la portada aparecía el nombre de una empresa: Salvatierra Capital.

La abrió y comenzó a revisar los documentos. Eran contratos relacionados con el proyecto hotelero, pero entre las últimas páginas encontró una hoja que no parecía pertenecer al expediente.

Era una copia de una factura antigua.

La fecha correspondía a diez años atrás.

Lucía frunció el ceño.

En la parte superior figuraba el nombre de una empresa de mensajería. Debajo, una dirección que reconoció inmediatamente.

Su antigua casa.

Sintió que el corazón empezaba a latirle con fuerza.

¿Por qué había una factura de aquella época dentro de los documentos de un proyecto actual?

Revisó la hoja por ambas caras.

Había un nombre escrito a mano junto a la firma de recepción.

Gabriel Montes.

Lucía palideció.

Hacía diez años que no escuchaba aquel nombre.

Gabriel había sido amigo de su padre desde mucho antes de que Adrián entrara en su vida. Era un hombre de confianza de la familia, alguien que visitaba su casa con frecuencia y que, aquella noche, había ido a entregarle unos documentos que su padre necesitaba.

Los mismos documentos que Adrián había visto en sus manos.

Los mismos que habían provocado la ruptura.

Lucía se sentó lentamente.

Recordaba haber explicado todo aquello. Recordaba haberle dicho a Adrián quién era Gabriel y por qué había ido a verla.

Pero Adrián había visto las fotografías y había decidido que ninguna explicación podía cambiar lo que creía saber.

¿Por qué aparecía ahora aquel nombre?

—¿Lucía?

Ella levantó la cabeza de golpe.

Adrián estaba en la puerta.

Su mirada pasó de su rostro a la hoja que sostenía entre los dedos.

—¿Qué estás mirando?

Lucía reaccionó y cubrió parcialmente el documento con la mano.

—Una factura que no debería estar aquí.

Adrián se acercó.

—¿De qué factura hablas?

Ella vaciló.

No quería darle otra razón para sospechar. Pero tampoco podía ignorar algo que parecía estar relacionado con la noche que había cambiado sus vidas.

Le entregó la hoja.

Adrián leyó el nombre.

Su expresión cambió.

—Gabriel Montes.

Lucía asintió.

—Era amigo de mi padre.

—Lo recuerdo.

—Entonces recordarás que te expliqué quién era.

Adrián levantó la mirada.

—Sí.

—Y que te dije que había ido a casa para entregarme unos documentos.

—También lo recuerdo.

Lucía esperó.

Durante diez años había imaginado aquella conversación de mil maneras diferentes. Había pensado que, si alguna vez volvían a hablar de aquella noche, Adrián terminaría comprendiendo que se había equivocado.




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