El secreto que nos separó

Capitulo 7

Las verdades que nadie quiere contar

La lluvia comenzó a caer poco después de las seis de la tarde.

Desde el ventanal de su despacho, Adrián observaba cómo las gotas resbalaban por el cristal, distorsionando las luces de la ciudad. Tenía varios informes pendientes, dos llamadas que debía devolver y una reunión importante a primera hora de la mañana.

Sin embargo, no había conseguido concentrarse en ninguna de esas cosas.

Desde que Valentina había aparecido en su vida con aquella sonrisa calculada y sus insinuaciones cada vez menos disimuladas, su rutina se había complicado. La mujer era inteligente, hermosa y sabía exactamente cómo llamar su atención. Pero Adrián empezaba a sospechar que sus intenciones iban mucho más allá de una simple atracción.

Y, para su propia irritación, tampoco podía dejar de pensar en Lucía.

En la manera en que lo miraba cuando él cuestionaba su palabra.

En el dolor que había visto en sus ojos cuando le pidió una prueba de ADN.

Y en aquella frase que llevaba días persiguiéndolo.

Eso es lo que hice durante diez años.

Adrián se pasó una mano por el rostro.

—Maldita sea, Lucía —murmuró.

—Espero que no estés hablando de mí.

La voz femenina lo hizo girarse.

Valentina estaba en la puerta, con un vestido oscuro que resaltaba su figura y el cabello cayéndole sobre los hombros. Sostenía dos tazas de café.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué haces aquí todavía?

Ella entró sin esperar invitación.

—Podría hacerte la misma pregunta. Son casi las siete y sigues encerrado en tu despacho.

—Tengo trabajo.

—Siempre tienes trabajo.

Valentina dejó una taza sobre la mesa y se acercó al ventanal.

—A veces me pregunto si te quedas aquí para evitar volver a casa.

—No sabía que ahora también analizabas mis horarios.

Ella sonrió.

—Solo me preocupo por ti.

Adrián tomó la taza, pero no bebió.

—No tienes por qué hacerlo.

La sonrisa de Valentina se debilitó.

—Últimamente estás muy distante conmigo.

—He tenido muchas cosas en la cabeza.

—¿Y todas tienen nombre de mujer?

Adrián la miró directamente.

—Si tienes algo que decirme, dilo.

Valentina se volvió hacia él.

—Lucía.

El nombre cayó entre ambos como una piedra.

—¿Qué pasa con ella?

—Nada. Ese es precisamente el problema. Desde que regresó, parece que no existe nada más en tu vida.

—Lucía trabaja en esta empresa.

—Y tiene un hijo.

—Lo sé.

—Un hijo al que apenas conoces y por el que estás dispuesto a cambiarlo todo.

Adrián dejó la taza sobre el escritorio.

—No sabes de qué estás hablando.

—Sé más de lo que imaginas.

Él entrecerró los ojos.

—¿Qué significa eso?

Valentina vaciló apenas un segundo.

—Que una mujer que te ocultó la existencia de un hijo durante diez años no merece que destruyas tu vida por ella.

Adrián se levantó lentamente.

—No vuelvas a hablar de Mateo como si fuera un problema.

—No he dicho eso.

—Lo has insinuado.

Valentina levantó las manos.

—Solo intento protegerte.

—No necesito que me protejas de mi propio hijo.

Ella guardó silencio.

Por primera vez desde que había entrado, parecía no encontrar una respuesta adecuada.

Adrián recogió su chaqueta.

—Me voy.

—¿Adónde?

—A casa.

—¿Quieres que te acompañe?

—No.

Valentina apretó los labios.

—Adrián, somos adultos. No puedes seguir huyendo de las conversaciones difíciles.

Él se detuvo junto a la puerta.

—Tienes razón. Por eso voy a ser claro contigo: no voy a permitir que nadie me diga cómo debo relacionarme con Mateo.

Y salió del despacho.

Valentina permaneció inmóvil, mirando la puerta cerrada.

Su expresión había perdido toda dulzura.

—Entonces tendré que encontrar otra manera —susurró.

Lucía estaba terminando de preparar la cena cuando Mateo apareció en la cocina con el teléfono en la mano.

—Mamá, ¿puedo preguntarte algo?

Ella dejó la cuchara sobre la encimera.

—Claro.

—¿Adrián va a hacerse la prueba?

Lucía sintió que el estómago se le encogía.

—¿Quién te ha hablado de eso?

—Te escuché hablando por teléfono con la tía Clara.

Lucía cerró los ojos un instante. Había intentado mantener aquella situación lejos de su hijo, pero Mateo era demasiado observador para no notar que algo estaba ocurriendo.

—Todavía no lo sé.

—¿Y si sale que no es mi padre?

Ella se acercó inmediatamente.

—Mateo, mírame.

El niño levantó la cabeza.

—Que Adrián se haga una prueba no cambia quién eres ni cuánto te quiero. ¿Entiendes?

—Sí, pero…

—No hay ningún pero. Tú no tienes que demostrarle nada a nadie.

Mateo bajó la mirada.

—Yo quiero que sea mi padre.

La confesión le rompió algo por dentro.

Lucía se arrodilló delante de él y le tomó las manos.

—¿Por qué?

—Porque cuando estoy con él siento que lo conozco. Es raro. No sé explicarlo.

Ella tragó saliva.

Durante años había imaginado aquella conversación. Había temido el día en que Mateo empezara a preguntar por su padre con una curiosidad que ella ya no pudiera satisfacer con respuestas vagas.

Pero nunca había imaginado lo difícil que sería verlo desear al mismo hombre que la había herido tanto.

—No tienes que decidir nada ahora —le dijo—. Puedes conocerlo poco a poco.

—¿Aunque tú estés enfadada con él?

Lucía tardó en responder.

—Aunque yo esté enfadada con él.

Mateo pareció tranquilizarse.

—¿Y tú todavía lo quieres?

La pregunta la dejó sin palabras.

—Termina tus deberes —respondió finalmente, levantándose—. La cena estará lista en diez minutos.

—Eso no es una respuesta.

Lucía se volvió hacia él.

—Lo sé.

Mateo se marchó sin insistir.




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