El secreto que nos separó

Capitulo 8.

El secreto detrás de las fotografías

—¿Valentina? —repitió Lucía, incapaz de ocultar su desconcierto.

Gabriel no respondió inmediatamente.

Seguía mirando hacia el automóvil negro que acababa de desaparecer al final de la calle. Tenía el rostro tenso y las manos cerradas en puños, como si acabara de reconocer algo que llevaba años temiendo.

—Gabriel, mírame —insistió Lucía—. ¿Qué tiene que ver Valentina con todo esto?

Él volvió la cabeza.

—No podemos hablar aquí.

—Llevas diez años sin darme explicaciones. Ahora apareces de repente, me dices que alguien amenaza a mi hijo y pretendes que vuelva a confiar en ti sin más.

Gabriel bajó la mirada.

—Tienes razón.

—Entonces habla.

—No aquí, Lucía. Por favor.

Ella miró hacia el automóvil donde Mateo esperaba. El niño observaba a través de la ventanilla, claramente preocupado.

Lucía no podía permitirse correr riesgos. No cuando alguien acababa de enviarle una amenaza tan explícita.

—Voy a llevar a Mateo a casa —dijo—. Si realmente quieres contarme la verdad, tendrás que demostrarme que puedo confiar en ti.

Gabriel asintió.

—Te llamaré esta noche.

—No. Tú no me llamarás. Yo decidiré cuándo y dónde hablaremos.

Por primera vez, Gabriel no intentó discutir.

Lucía abrió la puerta del automóvil y se sentó junto a su hijo.

Mientras arrancaba, observó el retrovisor.

Gabriel seguía en la acera, inmóvil bajo la lluvia.

Y, por alguna razón, Lucía tuvo la terrible sensación de que aquel hombre no había regresado para reparar el pasado.

Había regresado porque el pasado estaba a punto de alcanzarlos.

—Mamá, ¿quién era ese hombre?

Mateo formuló la pregunta cuando llevaban varios minutos en silencio.

Lucía mantuvo los ojos en la carretera.

—Un amigo de tu abuelo.

—¿El abuelo que yo no conocí?

—Sí, cariño.

Mateo guardó silencio unos segundos.

—¿Y por qué parecía tener miedo?

Lucía apretó ligeramente el volante.

No quería mentirle. Pero tampoco podía contarle algo que ella misma apenas empezaba a comprender.

—Porque hay cosas de los adultos que a veces se complican demasiado.

—¿Tiene que ver con Adrián?

La pregunta la tomó desprevenida.

—¿Por qué piensas eso?

—Desde que apareció Adrián, tú estás preocupada. Y ahora ese hombre también parecía preocupado.

Lucía respiró profundamente.

—Sí. Tiene que ver con algunas cosas que ocurrieron hace mucho tiempo.

Mateo se quedó mirando por la ventanilla.

—¿Cosas malas?

—Cosas que todavía no entendemos.

El niño asintió lentamente.

Después apoyó la cabeza contra el asiento.

—Quiero que todo se arregle.

Lucía sintió una punzada en el pecho.

—Yo también, mi amor.

Pero mientras conducía hacia casa, no podía dejar de pensar en la última palabra que había pronunciado Gabriel.

Valentina.

¿Por qué habría relacionado a aquella mujer con el automóvil?

¿Y qué tenían que ver los documentos que había recibido diez años atrás?

Por primera vez, Lucía empezó a sospechar que su separación de Adrián no había sido solamente consecuencia de los celos y la desconfianza.

Tal vez alguien había preparado aquella noche para que todo terminara exactamente como terminó.

Y si eso era cierto, diez años de su vida habían sido construidos sobre una mentira.

Adrián estaba revisando un informe cuando su asistente entró apresuradamente.

—Señor Andrade, acaba de llamar Elena.

—¿Ha encontrado algo?

—Sí. Ha conseguido localizar a Gabriel Montes.

Adrián levantó la cabeza.

—¿Dónde está?

—No ha podido confirmar su dirección actual, pero ha encontrado registros recientes relacionados con él. Además, descubrió que Gabriel Salvatierra y Gabriel Montes son la misma persona.

Adrián se quedó inmóvil.

—¿Salvatierra?

—Sí. Parece que utilizaba ambos apellidos en diferentes documentos.

Adrián recordó el mensaje anónimo y las fotografías que había recibido.

—¿Y qué más?

—Elena también encontró una antigua relación comercial entre Gabriel y una empresa que ahora pertenece a Salvatierra Capital.

Adrián se levantó.

—Quiero hablar con ella.

Tomó el teléfono y marcó el número de Elena.

—Dime que has descubierto algo más.

—Lo he descubierto —respondió ella—, pero no te va a gustar.

—Habla.

—Hace diez años, Gabriel trabajó como intermediario en una operación financiera vinculada a la familia de tu padre.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué operación?

—Todavía no tengo todos los documentos. Pero hay transferencias que no coinciden con los registros oficiales.

—¿Estás diciendo que alguien robó dinero?

—Estoy diciendo que hay movimientos sospechosos. No puedo afirmar más sin revisar la documentación original.

Adrián caminó hasta la ventana.

—¿Y qué tiene que ver Lucía?

—Eso es precisamente lo que no entiendo. Su nombre aparece en una declaración relacionada con aquella operación.

Adrián sintió que el estómago se le encogía.

—¿Una declaración de qué tipo?

—No lo sé todavía. El archivo está incompleto.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Adrián recordó las fotografías de Lucía y Gabriel, la carpeta que el hombre llevaba aquella noche y la furia que lo había dominado al creer que su novia lo engañaba.

¿Y si aquella carpeta contenía documentos que no tenían nada que ver con una infidelidad?

¿Y si había interpretado como una traición algo que en realidad era una reunión relacionada con un problema familiar?

—Elena, necesito que encuentres esos documentos.

—Ya estoy trabajando en ello.

—Y no compartas esta información con nadie hasta que sepamos qué está ocurriendo.

—¿Ni siquiera con Lucía?

Adrián dudó.

Hacía unos días habría respondido inmediatamente que no.




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