La verdad tiene un precio
Adrián no consiguió dormir.
El mensaje seguía iluminando la pantalla de su teléfono, aunque ya lo había leído tantas veces que conocía cada palabra de memoria.
Encuentra el expediente original antes de que Valentina lo haga.
No había firma. Ninguna explicación. Solo aquella advertencia que convertía todas sus sospechas en algo mucho más peligroso.
Durante diez años había vivido convencido de que Lucía lo había traicionado. Había construido su vida sobre aquella certeza, utilizando el resentimiento como una excusa para no preguntarse si alguna vez se había equivocado.
Ahora, por primera vez, tenía miedo de conocer la respuesta.
No porque pudiera perder algo.
Sino porque quizá ya lo había perdido todo.
A las siete y veinte de la mañana, Elena entró en su despacho con una carpeta bajo el brazo.
—He conseguido localizar una dirección relacionada con Gabriel Montes.
Adrián levantó la mirada de la pantalla.
—¿Dónde está?
—En un edificio de oficinas del centro. Según los registros, allí funcionó una pequeña asesoría financiera hace diez años. La empresa cerró poco después de que tu padre enfermara.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver mi padre con esto?
Elena dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Todavía no lo sé. Pero encontré transferencias entre una de las empresas vinculadas a tu familia y otra sociedad que desapareció poco después. Gabriel aparece en algunos documentos como intermediario.
—¿Y Valentina?
Elena vaciló.
Ese pequeño gesto bastó para que Adrián se incorporara en su silla.
—Habla.
—Su nombre no aparece en las transferencias. Sin embargo, encontré algo extraño. Hace dos semanas solicitó acceso a unos archivos antiguos de la empresa. Archivos que, según el registro, no tenían relación con sus responsabilidades actuales.
Adrián sintió que la mandíbula se le tensaba.
—¿Qué archivos?
—Los correspondientes al año en que Lucía desapareció de tu vida.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
—Quiero saber qué buscaba —ordenó él—. Pero no la confrontes. No todavía.
Elena asintió.
Cuando llegó a la puerta, Adrián la detuvo.
—Elena.
Ella se volvió.
—¿Crees que una persona puede pasar diez años odiando a alguien por una mentira?
Elena lo observó con seriedad.
—Puede. Pero lo más triste no es que crea una mentira, Adrián. Es que se niegue a comprobar si es verdad porque tiene miedo de descubrir que fue injusto.
La respuesta lo dejó inmóvil.
Elena salió sin añadir nada más.
Adrián miró hacia la ventana. En algún lugar de la ciudad, Lucía estaría preparando a Mateo para la escuela, como había hecho durante todos aquellos años en los que él ni siquiera sabía que existía un niño con sus ojos.
Un niño que podía ser su hijo.
Y él había desperdiciado la posibilidad de conocerlo desde el primer día.
Lucía estaba terminando de preparar el desayuno cuando Mateo apareció en la cocina con la mochila colgada de un hombro.
—Mamá, ¿Adrián vendrá hoy?
La pregunta la tomó desprevenida.
—No lo sé, cariño. ¿Por qué?
Mateo se encogió de hombros, intentando disimular su interés.
—Porque ayer dijo que volvería a verme.
Lucía dejó la taza sobre la mesa.
—Mateo, hay cosas que los adultos todavía tenemos que resolver.
—¿Es porque ustedes se pelean?
La sinceridad de su hijo le apretó el corazón.
—A veces los adultos tenemos problemas que no sabemos solucionar de inmediato. Pero eso no significa que tú hayas hecho algo malo.
—Ya lo sé.
Mateo bajó la mirada y jugueteó con la cremallera de su mochila.
—Es que cuando estoy con él siento que lo conozco desde hace mucho tiempo.
Lucía sintió un nudo en la garganta.
¿Cómo podía explicarle que aquella sensación quizá no era casualidad? ¿Cómo decirle que el hombre por el que preguntaba era el mismo que había sido su primer amor, el mismo que la abandonó y el mismo que, sin saberlo, había perdido diez años de la vida de su hijo?
Todavía no podía hacerlo.
No hasta estar segura de que Adrián había dejado de verla como una mujer capaz de engañarlo.
—Vamos a llegar tarde —dijo finalmente, acariciándole el cabello.
Mateo aceptó la respuesta, pero antes de salir la abrazó por la cintura.
—Prométeme que, pase lo que pase, no dejarás que nadie nos separe.
Lucía lo estrechó contra su pecho.
—Te lo prometo.
Y mientras pronunciaba aquellas palabras, comprendió que no sabía si podría cumplirlas.
Adrián llegó a la empresa antes de las ocho, pero no fue directamente a su despacho.
Se dirigió al departamento donde trabajaba Lucía.
La encontró revisando unos documentos, con el cabello recogido de cualquier manera y una expresión de concentración que le resultó dolorosamente familiar.
Durante un instante, volvió a verla como diez años atrás: riéndose bajo la lluvia, discutiendo con él por tonterías y mirándolo como si el mundo no pudiera ofrecerle nada mejor.
Entonces recordó las fotografías.
La rabia regresó por costumbre, pero esta vez no consiguió sostenerla.
—Tenemos que hablar —dijo.
Lucía levantó la vista.
—Si vienes a pedirme otra explicación, ahórratela. Ya te he dicho todo lo que tenía que decir.
—No vengo a acusarte.
Ella soltó una risa breve, sin alegría.
—Qué novedad.
Adrián aceptó el golpe sin defenderse.
—He descubierto que las fotografías pudieron haber sido manipuladas para hacerme creer algo que no ocurrió.
La expresión de Lucía cambió. Por primera vez, la incredulidad desplazó parcialmente su enojo.
—¿Y ahora qué? ¿Quieres que te felicite por empezar a pensar?
—No. Quiero pedirte que me ayudes a encontrar la verdad.
—¿Después de diez años?
—Sí.
Lucía se puso de pie.