El secreto que nos separó

Capítulo 10

La llave

Lucía no respondió al mensaje de Adrián. Se presentó en su puerta a las siete de la mañana, con la fotografía en una mano y la carpeta de Gabriel en la otra.

Adrián abrió sin haber dormido, con la camisa arrugada.

—Esteban —dijo ella, y le tendió la foto—. Detrás de la imagen está el nombre de tu padre.

Adrián la miró durante un largo rato. Su rostro no mostró rabia, sino algo más difícil de sostener: una especie de reconocimiento.

—Mi padre llevaba años diciéndome que dejara el pasado quieto —murmuró—. Que las mujeres como tú, decía, solo traen problemas.

—¿Las mujeres como yo?

—Eso decía entonces. Yo nunca le pregunté qué quería decir.

Lucía apretó la carpeta contra el pecho.

—Gabriel dijo que mi padre guardó el expediente original en una caja de seguridad. No sabemos en qué banco.

—¿Tu padre tenía cuenta en alguno?

—En el Banco del Norte. Lo recuerdo porque me llevaba allí de niña a ver cómo contaban las monedas.

—Entonces empezamos por ahí.

—Hay un problema. Necesitamos la llave.

Se quedaron en silencio. Lucía miró la carpeta y, sin saber por qué, pasó los dedos por la contraportada de cartón. Sintió un bulto diminuto bajo el forro.

Con las uñas despegó el papel.

Una llave pequeña, plateada, con un número grabado, cayó en su palma.

—Estaba aquí desde hace diez años —susurró—. Yo la guardé sin saber que la llevaba.

Adrián cerró los ojos un segundo.

—Tu padre pensó en todo.

En el Banco del Norte, el empleado revisó el número, consultó el sistema y frunció el ceño.

—La caja está a nombre de Ramón Morales. Solo puede abrirla su titular o un heredero con documentación.

—Soy su hija —dijo Lucía.

—Necesito su certificado de herederos.

Lucía lo tenía, guardado desde la muerte de su padre. No lo traía.

—Vuelvo en una hora.

Salieron a la calle. Adrián iba a hablar cuando Lucía lo agarró del brazo.

Un coche negro estaba detenido frente al banco, con el motor encendido.

—Nos han seguido —dijo ella.

—Entra en la sucursal. Yo me ocupo.

—No. No vamos a separarnos.

Adrián la miró. Había temor en sus ojos, pero también una determinación nueva.

—Entonces corramos juntos.

Tomaron un taxi. El coche negro los siguió dos calles y luego, de pronto, giró en dirección contraria.

—¿Por qué se fue? —preguntó Lucía.

—No lo sé.

Pero lo supo en cuanto sonó su teléfono. Era Elena.

—Adrián, tienes que volver a la empresa. Valentina acaba de entrar en mi despacho y se ha derrumbado.

—¿Qué?

—Dice que quiere hablar. Pero solo contigo. Y con Lucía.

Valentina estaba sentada en el sofá del despacho de Elena, sin maquillaje, con el cabello recogido sin cuidado. Parecía diez años mayor que la mujer que había coqueteado con Adrián en la terraza.

Cuando los vio entrar, se puso de pie.

—Voy a contarlo todo —dijo—. Pero primero quiero que sepan que no sabía lo de Mateo.

Lucía se detuvo.

—¿Qué quieres decir?

—Hace diez años me pidieron que vigilara tu casa. Que enviara las fotos a Adrián. Me dijeron que eras una interesada, que solo querías el dinero de su familia. Yo era joven, trabajaba para una firma que debía favores, y creí que hacía un favor a un hombre que estaba siendo engañado.

—¿Quién te lo pidió? —preguntó Adrián, con voz baja.

Valentina lo miró.

—Tu padre.

El silencio fue total.

—Esteban Andrade —continuó ella—. Me dijo que Ramón Morales, el padre de Lucía, había descubierto un desvío de fondos en su empresa y que quería usar a su hija para chantajearlo. Me dijo que tenía que sacar a Lucía de tu vida antes de que tú descubrieras el expediente.

Lucía sintió que las rodillas le fallaban. Adrián la sostuvo del codo.

—Mi padre murió dos meses después —dijo ella, con un hilo de voz.

—No sé nada de su muerte —respondió Valentina rápidamente—. Lo juro. Pero cuando regresaste, cuando vi a tu hijo en la escuela, entendí lo que habíamos hecho. Esteban me ordenó que mantuviera a Adrián distraído y averiguara si buscaban el expediente. Y amenazó con arruinarme si hablaba.

—¿Y por qué ahora?

Valentina bajó la mirada.

—Porque vi a Mateo. Y porque ese coche negro que los sigue es de Esteban. Si encuentran el expediente, no se detendrá.

Adrián cerró los puños.

—Entonces tenemos poco tiempo.




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