El secreto que nos separó

Capitulo 12

Lo que importa

El resultado de la prueba de ADN llegó una mañana de noviembre, en un sobre blanco sobre el escritorio de Adrián.

Lo miró durante un minuto entero sin abrirlo.

Cuando por fin rompió el sello y leyó la última línea, no sintió sorpresa. Sintió que algo, dentro de él, se acomodaba por fin.

Probabilidad de paternidad: 99,99 %.

Se quedó quieto. Después, despacio, se llevó la mano a la cara y lloró en silencio.

Elena entró sin llamar, vio el sobre y se detuvo en la puerta.

—Es tuyo, ¿verdad?

Adrián asintió, sin poder hablar.

Ella cerró la puerta con cuidado y lo dejó solo.

Aquella tarde, Adrián esperó a Lucía y a Mateo en el parque junto a la escuela, el mismo donde se habían encontrado por primera vez.

Llevaba el sobre en el bolsillo y una pelota de fútbol en la mano.

Mateo corrió hacia él antes de que su madre pudiera detenerlo.

—¡Adrián!

—Hola, campeón.

—¿Es para mí? —preguntó, señalando la pelota.

—Es para los dos.

Jugaron un rato, torpes al principio, riéndose después. Lucía los observaba desde el banco con las manos en el regazo, intentando no llorar.

Cuando se sentaron juntos, agotados, Adrián sacó el sobre.

—Mateo, hay algo que tu madre y yo queremos decirte.

El niño miró a Lucía. Ella asintió, con los ojos húmedos.

—Mamá me dijo que cuando todo terminara me lo contarías —dijo Mateo.

—Lo hice —respondió Lucía—. Pero esta vez quiero que lo escuches de él.

Adrián respiró hondo.

—Soy tu padre.

Mateo no dijo nada durante unos segundos. Después lo miró con aquellos ojos idénticos a los suyos.

—Ya lo sabía.

—¿Lo sabías?

—Desde el primer día. Tenemos el mismo gesto cuando nos ponemos nerviosos.

Adrián soltó una carcajada rota y lo abrazó. Mateo le rodeó el cuello con los brazos.

—¿Te vas a quedar? —susurró.

—Para siempre. Si tú quieres.

—Sí quiero.

Lucía se tapó la boca con la mano. Las lágrimas le caían sin que pudiera detenerlas.

Adrián levantó la mirada y se encontró con la suya. Había tantas cosas en ese instante: diez años de silencio, de rabia, de ausencia y de amor que nunca se había ido del todo.

—Lucía.

—No digas nada —susurró ella—. Todavía no.

—Tengo que decirte algo.

—Dímelo despacio.

Adrián se acercó y le tomó las manos.

—Te debo una disculpa que no cabe en una frase. Te amé siempre, incluso cuando creía odiarte. Y no te pido que me perdones hoy. Te pido que me dejes ganármelo.

Lucía lo miró largo rato.

—Un día a la vez —dijo por fin.

—Un día a la vez.

Y entonces, bajo los árboles del parque y a la vista de su hijo, Adrián la besó. Fue un beso suave, tembloroso, con el sabor de las lágrimas y de todo lo que habían perdido y empezaban a recuperar.

Mateo, sentado en el césped, sonrió y volvió a patear la pelota.




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