Un año después
La casa tenía un jardín pequeño y un limonero que Mateo había plantado con sus propias manos.
Lucía salió al porche con una taza de té y se quedó mirando a los dos mientras discutían, entre risas, sobre cómo debían pintar la portería de madera que Adrián había construido el fin de semana anterior.
Esteban Andrade cumplía condena. Valentina había declarado en el juicio y había colaborado con la justicia; Lucía no la había perdonado del todo, pero había aprendido que se puede dejar de odiar sin olvidar. Gabriel, por fin libre del miedo, se había mudado cerca y visitaba a Mateo los domingos con un cuaderno de dibujos. Elena dirigía ahora la empresa junto a Adrián, y el nombre de Ramón Morales figuraba en una fundación que ayudaba a trabajadores víctimas de fraudes.
Adrián levantó la vista y la vio.
—¿Vienes? —gritó—. Necesitamos a alguien que decida el color.
—¡Amarillo! —gritó Mateo.
—¡Azul! —replicó Adrián.
Lucía sonrió, dejó la taza sobre la barandilla y bajó los escalones.
Durante diez años había creído que el amor era algo que se perdía para siempre con una puerta que se cierra.
Ahora sabía que a veces, con paciencia y con verdad, esa misma puerta puede volver a abrirse.
Y que detrás había una familia esperándola.
FIN