Una densa nube gris cubría Chuugi. Las cenizas subían al firmamento como si de la ascensión de almas se tratara, y un clima de profunda tristeza envolvía al pueblo. Las familias aún recogían los escasos bienes que habían podido salvar de sus hogares; casas, edificios, autos, hasta la vegetación: todo había quedado destruido por el ataque de las fuerzas de Neipoy.
Al día siguiente, por fin lograron apagar las llamas. Pronto se hizo evidente que sería más fácil construir un pueblo nuevo que reconstruir el destruido. Los soldados ayudaban a familiares y amigos a acomodar lo poco que quedaba en los vehículos, entre el llanto desconsolado de madres, hijos y familias por sus muertos. Era una escena terrible de mirar, y más terrible aún para quienes la vivían. Los soldados comentaban entre ellos, desconcertados, que tanta destrucción no era normal en un enfrentamiento; no lograban entender tanta crueldad. Algunos aseguraban que los invasores parecían estar en trance, como robots, sin voluntad propia.
En una de las pocas casas que seguían en pie, Markethe esperaba sentado junto a la ventana a que su hermano despertara. Tenía fe en que volviera a ser el mismo de siempre; de lo contrario, la orden de Kandros era clara: no podía permitir que perdiera el control otra vez y asesinara a los supervivientes. No se podía arriesgar al pueblo una segunda vez. Ansioso, con la mente dividida entre lo que quería y lo que debía hacer, empezó a recordar las peleas de su infancia con Ron, peleas de juego en las que disfrutaban la inocencia de la vida y que, lejos de separarlos, los habían vuelto inseparables. Fue una época alegre, pero esa alegría se había ido desvaneciendo poco a poco, a medida que el mundo que conocían se corrompía y caía al vacío.
Envuelto en sus recuerdos, pero atento a su alrededor, Markethe escuchó un gemido. Al voltear, vio que Ron empezaba a moverse. Se acercó a la cama: su hermano estaba despertando. Con una mano le tomó el hombro; con la otra desenfundó la daga que daría el golpe de gracia si fuera necesario. Las lágrimas se acumulaban en sus ojos color mostaza mientras se repetía en silencio: "No me dejes, no te atrevas a dejarme. Levántate como el mismo de siempre, no como lo que el mundo cree que eres".
Ron abrió los ojos lentamente y, todavía adormecido y confundido, gritó con la voz ahogada: —¡Papá! —alargando la última sílaba—. ¿Dónde está papá? —Su voz sonaba agobiada; respiraba muy rápido.
—Calma, Ron. Hermano, estoy contigo, soy Markethe. Tranquilo, estoy contigo —dijo Markethe, tratando de tranquilizarlo; conocía todo el dolor y la rabia que podía llevar dentro.
Ron reconoció de inmediato la voz de su hermano de crianza, pero la desesperación no lo abandonaba: seguía sin saber nada de su padre.
—Markethe, ¿dónde está papá? —insistió Ron.
Kandros, que estaba atento a lo que ocurría desde afuera, entró a la habitación al escucharlo. —Hijo, cálmate. Respira profundo, respira.
—Tío, quisiera haber sido más fuerte para salvarlo. Perdón por haberme desmayado —dijo Ron mirando a Kandros. Cerró los ojos de nuevo y empezó a respirar despacio; luego volvió a abrirlos.
—Pero si... —replicó Markethe.
—No le digas nada, no ahora —lo interrumpió Kandros, mientras trataba de calmar a Ron.
Ron se incorporó lentamente, apoyándose en el hombro de Markethe. Cada movimiento parecía pesar el doble de lo normal, como si el dolor físico fuera un eco del vacío que sentía en su interior. Miró por la ventana hacia la plaza, donde descansaba el féretro con el cuerpo de su padre, y aunque intentó mantenerse fuerte, sus piernas temblaban bajo el peso de la realidad. "Esto no puede estar pasando", pensó, pero sabía que no había vuelta atrás.
—Es hora de irnos a la capital. No podemos perder tiempo; los preparativos están casi listos. Solo te esperábamos a ti, Ron, para que puedas despedirte de tu padre y así llevarlo a su lugar de descanso —dijo Kandros con voz suave, aunque cargada de un dolor inmenso. Hablaba del funeral de su amigo, de su hermano de vida, con quien había compartido incontables batallas y las alegrías de su juventud.
Salieron de la casa. Todo el pueblo se había reunido alrededor de la plaza, y en el centro descansaba el féretro del líder, del guerrero, del combatiente. Múltiples eran los calificativos, pero por encima de todos estaba el del amigo incondicional y protector, y todo eso cabía en dos palabras: Arthoriuz Tower. Ron empezó a caminar hacia el centro de la plaza, escoltado por Markethe y Kandros. Sabía que su padre era respetado, incluso admirado, pero no salía de su asombro al ver cómo todos le rendían respeto. El dolor era inmenso; cada tanto se detenía a respirar profundo y miraba al cielo, buscando alguna respuesta, alguna señal de que todo estaría bien. Markethe y Kandros no le quitaban la vista de encima, sin saber si tanta tensión podría hacer que Ron explotara de nuevo.
Fueron los treinta metros más largos y difíciles de sus vidas. Al llegar al féretro, Ron se cuadró, inclinó la cabeza y apoyó una rodilla en el suelo en señal de respeto. Todo el pueblo lo siguió, y en un instante la plaza entera estaba de rodillas.
Con lágrimas en los ojos y un fuerte deseo de gritar, se levantó y cerró la tapa del féretro de su padre. Luego se volvió hacia su gente. —Seguiremos los principios que mi padre nos enseñó. No tomaremos venganza, pero sí buscaremos justicia.
Markethe vio cómo su hermano dejaba atrás su infancia y su inmadurez; lo malo era que lo hacía de la peor forma posible.
Editado: 29.05.2025